Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS #4
63%

EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS #4

—Debe ser el número de la taberna del pueblo. — Sostuvo Martina mientras organizaba el listado de llamadas. —Y… o hacía el pedido de cafés para la comisaría o, ¿cómo podría tener explicación la cantidad de llamadas que tiene?

—No. Le llamaban a él. Kodiak era quién recibía las llamadas. —Observó Kay.

—Oh, es cierto. Bien visto. — Apuntó Martina. —Bueno, sería normal. El único bar para poder alternar un poco en el pueblo: con marineros, petroleros, camioneros, prospectores, buscadores de oro… es carne de cañón para reyertas y altercados. Le llamarían a él para que fuera a poner orden. — Teorizó.

—Pero eso no era así. — Las tres mujeres se giraron hacia la puerta.

En ella, Rob estaba acompañado de la joven ayudante en prácticas del sheriff.

— Aquí nunca ha habido problemas en el bar, al menos, desde que yo estoy en el departamento.

De hecho, entre los chicos se jactaban de que imbuían miedo en los extranjeros pues nadie se atrevía a causar problemas en los bares del pueblo.

—Pues tiene varias llamadas en los últimos cinco días.

—Qué extraño. Vamos, al menos que yo sepa. Me leo los reportes de las llamadas y los partes de todos los incidentes del pueblo, y os puedo asegurar que ahí no ha ocurrido nada en los últimos meses. — Informó Margareth.

—Curioso, entonces tendremos que preguntarle al tabernero sobre sus intereses comunes con el sheriff. — Ironizó Roberto con una mueca en la cara.

—Lo curioso es que tenga el número de su casa en llamadas realizadas. —Kay era la que estaba señalando ahora los registros del historial de llamadas. —Tiene diecisiete llamadas a su casa en los últimos siete días.

—Sería para ver si tenía mensajes en el buzón, o para decirle a su familia que la echaba de menos o que su trabajo como extorsionador, asesino y secuestrador de jovencitas le llevaba mucho tiempo y llegaría tarde a cenar. La vida del delincuente de élite es muy dura. — Bromeó Roberto.

—No tenía a nadie. Estaba solo. — Apuntó Kay.

—No. Tenía una mujer y una hija. Tratamos de ablandarle en el interrogatorio mostrándole una fotografía suya. — Valeria sacó su propio teléfono y mostró la imagen. —Es muy parecida a la que hay en su teléfono.

—No sé quiénes son las personas de esa foto, pero sí sé que Kodiak no tiene a nadie esperándole en casa. — Concluyó la mujer.

De repente, el altavoz del teléfono móvil del sheriff emitió un tono, dos segundos después otro. Al tercero, sonó una locución. Se trataba de dos mujeres, una por su timbre de voz, aparentaba mayor edad que la otra.

«—Hola, ha llamado a la casa de la familia Kodiak. Somos Jack, Sakari y Kathleen. En estos momentos no estamos en casa.

—Claro, porque estaremos jugando en la playa o navegando con mi papá.

—Kathleen, silencio, estoy grabando el mensaje para el contestador.

—Lo siento mamá. ¿Sabes cuándo llega papá? Me dijo que arreglaríamos juntos la barca para salir a navegar el fin de semana.

—No lo sé, papá está a trabajar.

—Vale.

—Kath, que estoy grabando. Ahora tengo que volver a empezar.

—Perdón. Adiós y gracias por llamaaarrr.

—¡Kathleen! En fin, a ver si se cómo borrar esto.»

—¿Pero cómo se te ocurre llamar así? ¿Y si lo llegan a coger en su casa que les ibas a decir?

Hola, soy una mujer a la que no conocen, lamento informarle que su marido era un poquito corrupto, aparte de un secuestrador y un asesino, eso sí, ahora está muerto, acribillado a balazos por quienes eran sus camaradas. Que pase un buen día. — Bufó Valeria.

—Bueno, visto así… — Titubeó Martina.

De repente, uno de los dispositivos envió una notificación verde fluorescente de “acceso concedido” a la pantalla principal. Acto seguido, una única ventana se abrió. Contenía un único archivo de video. Estaba marcado con el nombre “Sakari/Kathleen Kodiak”.

—¡Joder, qué oportuno! — Irrumpió Rob.

—¿Puedo iniciarlo jefa? — Dijo con cierto sarcasmo Martina dirigiéndose a Valeria.

—¿Tú eres ST-3 verdad? — Respondió Valeria a la joven informática. A ella no le gustaba entrar en ese juego de quién tenía más rango, pues en el equipo se trataban todos por igual. Esos rangos únicamente los empleaban en informes y cuando tenían que dar cuenta al General.

Martina sonrió mientras aportaba su acento francés a la expresión. —¡Touchez!

—En fin, quizás deberíamos llamar a Elena y Hugo.

—Voy. — Roberto tocó dos veces en la puerta opuesta a la que se encontraba. Martina aprovechó para pasar el video por varios programas de análisis de imagen y extracción de metadatos.

Hugo abrió la puerta. Al fondo del cuarto, Elena estudiaba con detenimiento los documentos recogidos.

—¿Qué tenéis? — Preguntó Hugo, ligeramente sorprendido al ver allí a todos.

—Se ha descodificado uno de los discos duros. Únicamente tiene un archivo de vídeo. Íbamos a verlo. Ahora te cuento lo del teléfono del sheriff.

«La imagen grabada por el sistema de seguridad tenía poca resolución.

Diecisiete minutos grabados el uno de diciembre a las doce y veintitrés de la mañana.

La imagen era estática y a color. En ella se veía un sala rectangular, blanca y muy iluminada.

Esa iluminación ayudaba a contrarrestar en parte la mala calidad de la imagen.

En el centro de la sala, dos cápsulas como las encontradas en el bunker.

Como las de la imagen de la galería del teléfono de Jack Kodiak.

En su interior, dos mujeres, cada una en una unidad, totalmente inmóviles.

Parecía apreciarse en cada hibernáculo como si su interior estuviera lleno de algún tipo de líquido, pues los cabellos de las mujeres se movían en una lenta danza algo tétrica.

Bajo las capsulas, se podía leer:

«EREBO-6 / SUJETO DE PRUEBA 3 – FASE 2»

«EREBO-6 / SUJETO DE PRUEBA 4 – FASE 2»

Por delante de los contenedores, un hombre con bata blanca, alto y muy delgado.

Presenta una ligera curvatura en la espalda.

En un momento dado, mira a la cámara de seguridad.

En su rostro alargado y anguloso se marcan fuertemente los pómulos con una piel tan cetrina que parece translúcida.

Su pelo grisáceo está cuidadosamente peinado hacia atrás.

No sonríe, no gesticula. Simplemente, se observa cómo estudia a las mujeres suspendidas en aquellos cilindros.

Mientras toma notas, una mujer se le acerca.

No se aprecia su rostro, apenas se aprecia su figura tras la amplia bata blanca que viste ella también.

Únicamente se estima su estatura, más baja que la del hombre, y se distingue una coleta alta, perfectamente perfilada, de un color dorado.

Instantes después, desaparece del encuadre.

El hombre da la espalda a los dos sarcófagos para tomar lo que, con la baja resolución del video, parece un cilindro metálico con un líquido naranja en su interior. La grabación, antes muteada, ahora reproduce una pista de audio activada en la que se escucha la voz de una mujer.

—Buenos días Mr. K., aquí puede comprobar que el estado de conservación, tanto del cuerpo de su mujer como de su hija, es excelente.

De antemano, permítame agradecerle nuevamente sus aportaciones para la investigación.

Sé que lo que le pedimos suponía un reto moral importante, pero esos sujetos eran necesarios e imprescindibles para llegar a donde hemos llegado.

Los últimos resultados son alentadores. Como le expliqué la primera vez que hablamos, la enfermedad que está apagando la luz de su familia es incurable para la medicina tal y como la conocemos tradicionalmente.

Yo, personalmente, le ofrecí todas las garantías de que daríamos con su cura.

Me congratula informarle que la respuesta fisiológica de ambas ha mostrado una estabilización sostenida, y los indicadores principales se mantienen dentro de un margen controlado.

No hay ningún signo de avance degenerativo, al contrario, el organismo está asimilando el tratamiento experimental rápidamente.

Sabemos que ha llevado tiempo, pero la pesadilla está llegando a su fin.

Ya tenemos preparadas las últimas dosis que podrán ser suministradas en su propio hogar.

El doctor Nils le llevará una muestra para que pueda verlo usted con sus propios ojos.

Antes de despedirme, tengo la obligación de recordarle que nuestro pequeño acuerdo sigue en vigor. Finalice el trabajo y puede que antes de lo que usted cree, usted y su mujer volverán a navegar juntos con su hija.

Fin de la grabación.»

—¿Qué me he perdido?

—Le estaban chantajeando. —Apuntó Valeria.

—¿Quiénes eran esos dos que han aparecido en el vídeo? — Preguntó Roberto, que se quedó un poco desconcertado con aquella locución, pues algo en aquella voz le resultaba familiar.

Kay se apoyó contra la pared dando la espalda a la pantalla. Elena, que estaba viendo el vídeo desde la puerta de la habitación, se abrió paso hasta la imagen congelada del fotograma final.

—Os presento a Kairos Stern. Ya tenéis su cara.

—¿Éste es el súper inteligentísimo doctor que ha creado estas toxinas? Parece un esqueleto andante.

—Sí, ese es Stern, y eso son cámaras criogénicas de conservación activas. He encontrado documentación que… —Apuntaba Elena cuando fue interrumpida por Hugo.

—Son las mismas que había en el segundo nivel del bunker.

—¿En el bunker? ¿Dónde? Yo no vi nada de eso.

—¿Cómo que no las viste? Cuando registrábamos la instalación antes de llegar a la habitación final. Mientras seguíamos las huellas de Kay. —Le respondió Hugo.

—Tenía en la cabeza otras cosas en ese momento. Más concretamente, una voz que me estaba convenciendo que me queríais matar, un dolor de cabeza que sobrepasaba el diez en la escala EVA y un control casi nulo de las funciones motoras de mi cuerpo, así que, disculpa si no las vi.

Hugo se tapó la boca emitiendo un leve murmullo. —Lo siento. Prosigue.

—Gracias. Solo hay un fabricante en el mundo con la patente y la capacidad de crear esas cápsulas, Alcor Life Extension Cryonics S.L. Propiedad de un conocido nuestro que se encuentra en prisión desde hace dos años. Alaric Monroe.

Los ojos de Hugo se incendiaron, inyectados en sangre, pareciera que habían nombrado al mismísimo diablo.