Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS #3
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EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS #3

Apenas habían pasado un par de horas desde que llegaron al hostal tras el desafortunado incidente en el departamento del sheriff.

Estaba cansado debido al jet lag y a la oscuridad continua que reinaba en aquellas latitudes.

Su hombro, su mano, su costado…, aquello que no tenía herido lo tenía dolorido.

En su corazón dominaba un sentimiento de impotencia ante la imposibilidad de poder hacer algo por Alicia.

No quería pensar en lo que estaría sufriendo.

Él la metió en aquel caso hacía dos años.

Lo cierto es que ella no puso ningún pero.

Él la llamó y ella respondió. Sin preguntas.

Y ahora estaba a merced de aquellos psicópatas.

Se recostó sobre la cama de Elena, pues en su habitación había dejado descansando a Margareth.

Ya estaba más tranquila, pero seguía sobrepasada y bastante desconcertada por lo ocurrido.

Valeria y Hugo habían estado interrogando minutos antes a la joven Breslin por el compartimento oculto del despacho de Kodiak, el disco duro encontrado y por el motivo de su reticencia a responder ante aquellas cámaras que quizás no servían únicamente para la seguridad del edificio.

«—Llevo unos meses aquí y me ha tocado controlar las cámaras muchas veces, pero había una cámara que no estaba conectada a los monitores de seguridad del edificio.

La estudié y no era igual que el resto. Ésa era una cámara que emitía señal en directo.

Esto no lo sabía, pero lo deduje cuando un día llegó un forastero que me dijo que quería ver al sheriff.

Yo tenía órdenes de que le informase a todo el mundo que viniese preguntando por él de que no estaba o que estaba reunido y eso mismo le dije.

Pero aquel hombre insistió y no me gustó nada como me habló.

Sobre todo, no me gustó algo que dijo. “He visto que lleva veinte minutos solo en su despacho, así que niña, dile que salga”.

—Y, ¿qué pasó después?

—Nada. Le llamé, salió a recibirle y se metieron en su despacho con las persianas bajadas.

—¿Cómo sabías lo del doble fondo de su escritorio?

—Ayer, sin querer, le vi metiendo algo allí. Tenía la puerta entreabierta. Me gritó al darse cuenta de que estaba mirando a su despacho. Pero yo no lo hice queriendo, de verdad.

—Eso ahora no importa. Puede que ese detalle arroje algo de luz a todo esto.»

A Roberto le tocaba el primer turno de guardia.

Era evidente que, tras lo ocurrido en el departamento del sheriff, la llegada al pueblo de cinco forasteros no pasaba muy desapercibida.

Bien era cierto que, con aquella tormenta de viento, hielo y nieve, los ciudadanos respetables de Kovac Bay no habían salido de sus casas, aunque para Hugo era mejor prevenir que tener que lamentar otra posible emboscada.

Previamente, había bajado a comprobar que los pick up siguieran en el callejón donde los dejaron y al subir aprovechó para pasar por la recepción y pedir la cena a la joven recepcionista, con algún plato más, pues como le dijo a Aniak, “su apetito se había disparado desde que la había conocido”.

Desde el pasillo, custodiaba la puerta donde descansaba Margareth, mientras daba buena cuenta de un espléndido plato de chowder de almejas con bannock, una especie de sopa de almejas con pan frito, muy rico en grasas y típico de Alaska, o al menos eso le había dicho la chica.

Junto a la cama en la que se encontraba Hugo, Elena confesaba la culpa y el miedo que sentía por todo lo que estaba ocurriendo. De fondo, el espectrógrafo trabajaba a máxima potencia.

—Todo esto es culpa mía.

—Elena, no quiero volver a hablar de ello.

—Pero…

—Se acabó. Tú creías que estabas haciendo algo bueno para el mundo.

Sabes que la línea entre el bien y el mal a veces es muy fina, y siempre va a haber gente que se salte esa línea o incluso la rompa.

En nuestra mano está el detenerles. —Hugo se incorporó y miró a Elena a los ojos.

—Te puedo decir que casi siempre, reparar el mal causado, y lo digo por experiencia, es imposible, pero tienes la suerte de tenerme aquí, a tu lado.

Soy el hombre más tozudo que existe y si lo que ha ocurrido hasta ahora tiene algún tipo de solución, la encontraré. O al menos, lo intentaré.

—Gracias. — El brazo de Hugo rodeó el cuerpo de Elena fundiéndolos en un abrazo. Ésta, que no sabía si por el frio del exterior o por los efectos secundarios de la toxina, no había dejado de tiritar en las últimas horas, dejó de hacerlo.

—Si la pequeña friki estuviera aquí me diría, — Trató de emular a Martina imitando a Yoda, utilizando su voz más aguda y quitando las gafas que llevaba puestas la doctora, colocándoselas él a media altura de la nariz. — “No, no lo intentes. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes.”

Una risa afloró en su entristecido rostro. —Eso espero, maestro. — Y los dos rieron durante unos segundos alejando la tristeza y la desesperación reinantes en su interior desde el accidentado aterrizaje en Kovac Bay.

El pasillo amortiguaba muy bien los ruidos, pero el guardia del pasillo, al escuchar a sus jefes reír, no pudo reprimir una mueca de esperanza.

—Todo va a salir bien.

En otra habitación, Martina trataba de descodificar los discos duros robados por Kay, quien se encontraba sentada en una butaca, y el hallado en el escritorio de Jack Kodiak junto con su teléfono móvil. Aquella habitación era el reino del caos.

—¿Cómo puedes encontrar algo aquí? — Dijo Valeria.

—Es mi caos controlado. Yo sé dónde está todo, y si alguien entra, no tiene ni idea de por dónde empezar a buscar aquello que quiera encontrar. — Realmente, aquel caos tenía su lógica en la mente de Martina, pero desataba el trastorno obsesivo compulsivo que tenía Valeria por el orden.

—Bueno, ¿por dónde queréis comenzar? Ya he conectado los discos a la clonadora y les he ejecutado el programa para romper la encriptación, pero el cifrado que tienen es de nivel militar.

AES-256 con autenticación GCM y clave de 512 bits segmentada por saltos SHA3-512, cifrado mediante esquema híbrido RSA-OAEP.

— Respiró hondo. —Es decir, que con el hardware que tengo aquí, esto va a tardar.

Valeria suspiró mientras tomaba un té caliente de la cafetera de capsulas que había en la habitación. —¿Qué hay de las fotos de nuestros asaltantes?

—Nothing, nichts, nani mo, niente, o… naluna en iñupiak, esto último lo he buscado en internet, vamos…

que nada. Bueno, al grano, que la IA de mi software ha procesado sus caras buscando en cada base de datos, en cada esquina digital, incluso en las plataformas de la Dark Web, pero cero coincidencias. Son fantasmas a todos los efectos.

—Qué extraño, aunque con lo que estamos viviendo desde hace unos días, ya nada parece suficientemente raro. — Dijo Valeria. —Pues nada, vamos a ver qué tenía nuestro sheriff favorito en su teléfono. — Aquello era ironía, pero a Kay no le gustó nada que las palabras sheriff y favorito fueran juntas.

—Vamos allá. — Martina sacó de una de sus mochilas un cable y un pequeño dispositivo con una minúscula pantalla de cristal líquido, totalmente retro teniendo en cuenta que tanto el escritorio de cortesía como medio suelo de aquella habitación estaba repleto de pantallas flexibles súper brillantes

de entre seis y catorce pulgadas.

—Os presento a la “Master Key”, un juguetito creado por mí.

—Joder Martina. ¿Esto también? Chica, necesitas pisar más el mundo real. ¿Hace cuánto que no tienes una cita con alguien?

—Eso crees tú. Que esto es el mundo real. — Bromeó. —Este pequeñín me permite acceder a cualquier dispositivo con chip que aterrice en mis manos…

—¿De qué está hablando? — Preguntó Kay.

—Matrix. Pero que, si no es Matrix, es Star Wars, o Harry Potter, El Señor de los Anillos, o fricadas japonesas.

—No lo entiendo.

—Ni nadie. Es su mundo. — Se acercó a Kay para susurrare. —Pero es la mejor en su mundo. No se lo digas.

Kay asintió cómplice. Por un momento se sintió vulnerable. Había bajado las defensas al ver que aquella gente le había ofrecido una mínima esperanza de poder encontrar alguna pista que la condujese a su hermana.

El pequeño artilugio apenas tardó cinco minutos en descifrar la contraseña del teléfono, desbloqueándolo totalmente.

—Perfecto, ahora lo conectamos aquí… — Desconectó el terminal y lo conectó, ahora sí, a una de las pantallas más grandes, duplicándola. La joven informática buscaba en el directorio raíz de aquel IPhone.

—¿Solo tiene eso?

—Eso parece. —Martina abría carpetas del dispositivo y de la nube personal de Kodiak obteniendo en cada una el mismo resultado, nada.

Vacío. Únicamente encontró en la galería algún que otro archivo personal.

Una fotografía de su mujer e hija y un par de fotografías de auroras boreales en la noche invernal.

Martina comenzó a fruncir el ceño mientras seguía descendiendo por la galería de imágenes.

—¿A nuestro sheriff le gustaban las películas de ciencia ficción?

Un momento, eso ya lo hemos visto antes.

En el nodo oeste. — Varias fotografías en la que se apreciaban un par de sarcófagos transparentes con lo que parecía siluetas humanas en su interior, dignas de una película de zombis de culto aparecieron.

Más actuales, un par de imágenes de un avión modelo Cessna y…

—Joder. Hay fotos de Elena, de Hugo y varias más nuestras.

—¡Unas cuantas están hechas en el aeródromo de Thule! Cuando paramos en Groenlandia. — Exclamó Valeria. —Ahí está la conexión. Alguien le envió las fotos para que nos tuviera identificados a nuestra llegada. Por eso sabía que estábamos ya aquí.

—Por eso os localizó en el refugio. — Afirmó Kay.

—Esto lo tienen que ver los jefes.

—Espera. Vamos a ver los últimos contactos a los que ha llamado.

Valeria y Kay miraban fijamente la pantalla.

—A ver, solo tiene ocho contactos en el historial de llamadas.

Oficina, casa, despacho, oficial Hernie, oficial Nukka, rubia de prácticas, Aqpiq y, ¿qué es esto?

— Advirtió Valeria colocando el dedo en la pantalla sobre uno de esos contactos.

No aparecía nombre ni imagen del contacto, únicamente un emoticono.

—Parece una cadena de genes. — Indicó Martina, quién estaba tratando de realizar la trazabilidad de ese número.

—Y qué es esto de Aqpiq. ¿Kay? — Preguntó Val.

—Eso es bar en iñupiak.