EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS #2
—Kay, me han salvado. Han tratado de matarnos en la comisaría y ellos… ellos me han salvado la vida. — Indicó la joven agente.
—No te dejes engañar niña. Te quieren hacer lo mismo que a ella.
—No, de verdad. No son de aquí. Vienen a ayudar.
—Ellos tampoco eran de aquí, y también mintieron. En cuanto les dejaron, pudrieron el pueblo y lo hicieron suyo.
—Sabes que yo no estaba. No sé qué ocurrió, pero lo que sí sé es que ellos me podían haber dejado morir, o haberme quitado de en medio, y han hecho todo lo contrario. Me han salvado la vida.
La mujer comenzaba a cesar sus envites y poco a poco, levantaba las manos en señal de rendición.
—¿Es cierto eso? — Titubeó la mujer.
—Sí. — Respondió Valeria.
—Le pregunto a él. — Dijo, señalando a Hugo con un movimiento de cabeza. Aquel correspondió sutilmente con un gesto de afirmación con su cabeza, pero sin bajar su arma.
Kay cesó toda oposición. Valeria la soltó, estirando los brazos entumecidos por la fuerza realizada y la presión ejercida.
—Tienes fuerza.
—No lo sabes bien. — Respondió amenazante la mujer.
Su pálido rostro y su cabello dorado habían cobrado protagonismo.
Su mirada era penetrante y misteriosa. Su rostro, dañado en los tres últimos años por la pena y el sufrimiento, infundían respeto.
Seguía siendo hermosa, aunque su belleza ahora estuviera endurecida por el clima helador del Ártico.
Tan alta como Hugo, ocultaba su figura bajo su grueso abrigo de lana con el que la vieron por primera vez.
Se agachó para recoger el arma que había arrebatado de un golpe a Valeria.
Notó como el hombre que tenía frente a ella daba un paso adelante.
Ella, sujetando el arma por la parte del cañón, se la entregó a su dueña.
—¿Puedo bajar ya el arma? — Ahora, la que respondió con el gesto afirmativo fue Kay.
—Ahí sube nuestro tentempié. —Señaló Roberto mientras sentía como Aniak encaraba las escaleras.
—Rápido. A una de vuestras habitaciones. No nos puede ver nadie. — Urgió la mujer.
La habitación de Hugo parecía el camarote de los Hermanos Marx en la película “Una noche en la ópera”.
Elena y Martina se habían unido al grupo.
Tras contarle lo ocurrido al resto del equipo: el interrogatorio, la emboscada, el tiroteo posterior, el intrigante comentario final de Kodiak y su ejecución para nada fortuita, había más preguntas que respuestas.
Kay, no obstante, dejó que ese grupo de forasteros se pusiera al día antes de interrumpir con una pregunta.
—Vosotras no sois estudiantes de ninguna universidad, ni vosotros su escolta. Eso le dijisteis a Kodiak, pero es mentira. ¿Quiénes sois?
—Somos los buenos. Quédate con eso. — Indicó Elena mientras cerraba los ojos y bajaba la cabeza. Había estado tratando de mitigar su lucha interna con una voz que nuevamente, cada cierto tiempo aparecía y quería acabar con ella.
—Mucha gente ha venido aquí diciendo eso. La mayoría están muertos, y el resto se marcharon de vuelta por donde vinieron.
—Nosotros no. Pertenecemos a una unidad policial un tanto especial. — Murmuró Hugo.
—De donde sois. Americanos no, desde luego.
—España. — Respondió Rob.
—¿España? ¿Qué cojones hacen unos españoles aquí?
—Eso mismo me pregunto yo. — Dijo inconscientemente Martina.
Hugo se levantó y tomó una de las cinco tazas calientes que Aniak les había subido para dársela a Margareth. —Resumiéndolo mucho, hace dos años, quienes secuestraron a tu hermana, asesinaron a una periodista que iba a destapar los entresijos de una red criminal internacional.
—La organización O.N.O. — Apuntó Martina.
—Gracias. Trataron de secuestrar a su hermana para entregársela a un multimillonario que la utilizaría como un juguete sexual solicitada por encargo.
Ahí comenzó su investigación. Ese asesinato derivó en que cierta gente intentó matarme a mí, a mi familia y a mi equipo.
Creímos haber acabado con todos ellos hasta que hace unos días descubrimos un vídeo que mostraba que quizás, esa organización había vuelto a operar. Esta vez aquí, en Kovac Bay.
—Pero de eso hace dos años. Mi hermana desapareció hace tres.
—Nadie de mi equipo encontró ningún indicio que indicase que sus tentáculos se extendiesen hasta aquí. —Trató de justificar Elena.
Kay quería creer lo que decía aquel grupo. Tras unos segundos en silencio, salió de la habitación causando la confusión en los presentes.
—Y ahora se va. — Susurró Martina.
—Ella es una buena mujer. — Apuntó Breslin.
—¿De qué la conoces?
—De sus visitas al departamento del sheriff.
Casi todos los días se acercaba por allí a preguntar si había algún progreso en el caso de su hermana.
El sheriff Kodiak la trataba fatal. Llegó a arrestarla en numerosas ocasiones y, en algunas, se sobrepasaba con ella, más de la cuenta.
La golpeaba y… y, a mí me decían que me fuera a por cafés o…
o… — Se notaba que la joven agente estaba sufriendo en su interior pues no acertaba con las palabras.
—Me entregaba a sus ayudantes para que me violaran, sistemáticamente.
Para ellos no era más que la loca del pueblo.
Para él, alguien que daría menos problemas viva y vagabundeando como una loca que muerta en una cuneta.
— Kay volvió a la habitación. —La borracha y solitaria a la que nadie creerían si acusaba al sheriff de ser un criminal.
La indigente que servía como saco de boxeo para recibir sus golpes o sus embestidas.
—Y aun así, ¿volvías todos los días? — Preguntó Martina.
—Necesitaba encontrar a mi hermana.
Nadie se percató que ahora, al entrar en la habitación, llevaba un maletín de la mano. Estaban demasiado conmocionados por lo que acababan de oír.
Valeria apretaba los puños inconscientemente.
Estaba sintiendo algo que no le gustaba.
Una bestia que llevaba controlando años, desde que se hartó de ser una víctima de acoso escolar en el colegio de secundaria.
En ocasiones, su voluntad inquebrantable de hacer el bien colisionaba frontalmente con la necesidad imperiosa de impartir justicia, y en ese momento, hubiera dado cualquier cosa por volver atrás en el tiempo,
tan solo un par de horas atrás para ser ella misma la que acabase con la vida del sheriff y su piara de ayudantes.
Elena se sentó en la cama, tapándose los ojos. —Necesito ir a mi habitación. — El reloj de Valeria comenzó a emitir unos pitidos intermitentes.
—¿Tienes la dosis aquí?
—La tengo en la habitación.
—No puedes salir sin una dosis encima, por lo que pueda pasar.
—¿Sigues a rajatabla lo de las seis horas? — Expuso Kay. —Espero que no te hayas saltado ninguna.
Las caras de sorpresa afloraron en los rostros de los miembros del equipo. Margareth no entendía nada.
—¿Fuiste tú? — Dijo asombrado Hugo.
—¿Cómo? ¿Por qué? Pero… — Acompañó incrédula Val.
—Hace un par de meses que encontré ese lugar.
Lo estuve explorando y hallé allí cosas horribles.
Entre los materiales de aquellos laboratorios, cientos de dosieres, y archivos de audio y vídeo, había uno en concreto que me llamó la atención.
En la grabación, el hombre de la bata blanca que se encontraba en el hangar mostraba su frustración porque decía que no encontraban la cura para los efectos causados tras la exposición de los sujetos a algo llamado Érebo.
Que “el doctor”, no sé a quién se refería todavía, únicamente había conseguido retrasar los efectos con las dosis de una antígeno que mostraba en unas cajas.
Encontré unas cuantas de aquellas cajas y decidí ponerlas a buen recaudo.
— Suspiró. —Gracias a Dios, dejé una allí.
Algo dentro de mí me decía que debía tenerlas por si mi hermana las necesitaba.
Sí, llevo mucho tiempo creyendo que la secuestraron para experimentar con ella. Y ahora lo sé a ciencia cierta.
Mientras Elena volvía a la habitación colocándose el jersey negro que llevaba, tras inyectarse el compuesto retardante, Kay colocaba el maletín que portaba sobre la cama.
Hugo creyó reconocer aquel portafolio negro. —¡La sombra! Tú fuiste la sombra que vi salir del hangar.
—Estaba buscando a mi hermana por la zona cuando sentí la explosión.
Entré por el pasadizo y os oí hablar. Algo dentro de mí me decía que erais buenas personas.
Sobre todo, por cómo os preocupabais por ella.
— Señalaba a Elena. —Tras dejaros la caja, volví a mi búsqueda, corriendo por el pasadizo hasta la salida.
En el hangar, vi a Kodiak reunirse con un tipo.
Al acercarme comprobé que era el de los vídeos.
Quise aprovechar la oportunidad de acabar con Kodiak antes de que sus matones me encontrasen merodeando por allí.
Era una buena ocasión ya que estaba lejos del pueblo y nadie me relacionaría con lo ocurrido, así que provoqué la explosión.
Un trozo de tela empapado en combustible y enrollado en la llave del tanque de propano que había fuera del hangar.
Pero no salió como pensaba. Kodiak se escapó.
Quise entrar para ver si podía terminar con lo que empecé, o al menos, conseguir algo que me condujese a Nuna, pero allí estabais vosotros, disparando a diestro y siniestro.
Vi un maletín en el despacho donde habían estado hablando los dos hombres, me colé aprovechando la confusión, lo cogí y desaparecí.
—Sabía que no estaba loco. — Afirmó Hugo.
—¿Qué hay en ese maletín? — Preguntó Martina.
Kay lo abrió y lo volteó para que todos vieran su interior. —Yo no tengo ni los conocimientos ni los medios para resolver sola esto. He venido porque necesito ayuda. —Elena tomó uno de los dossiers que había dentro junto a unos discos duros y comenzó a echarle un vistazo. Asombrada, miró a Hugo.
—Hace unos minutos querías matarnos, y ahora, ¿nos ofreces esto y nos pides ayuda? — Cuestionó Roberto.
Tras analizar la mirada de Elena, Hugo supo enseguida que era aquello y musitó. —¿Cómo podemos agradecértelo?
—Si es cierto lo que me habéis contado, encontrad a mi hermana. Con eso me doy por compensada.
—Sabes que no puedo asegurarte que siga con vida ¿Verdad?
—Solo… encuéntrala.
***
Hugo giró su brazo izquierdo para mirar el reloj.
Llevaba la corona hacia el interior de la muñeca.
Era uno de sus rituales supersticiosos cuando estaba trabajando fuera de la oficina, aunque también era cierto que tenía cierta parte de ciencia probada.