EL HIELO ATRAE A ANTIGUOS FANTASMAS
“5 de diciembre. 18:15 PM (hora local) – Departamento del Sheriff de Kovac Bay.”
El silencio tras el fogonazo final se volvió denso y pesado, únicamente roto por la ventisca exterior y algún quejido de Margareth, la joven agente que ejercía de secretaria y recepcionista en aquel departamento policial.
Valeria se puso en pie. Su CZ Scorpion aún humeaba por la boca de fuego. Junto a ella, Hugo, quién no podía apartar su mirada gris acerada del cuerpo agujereado de Kodiak.
—¡Valeria, barrido rápido del exterior! Asegurémonos que no tenemos más compañía.
Val se movía con rapidez y precisión, aunque el golpe que recibió días atrás en la pierna, tras el aterrizaje en paracaídas, le producía una ligera cojera, esporádica, que en ocasiones daba pie a que su paso no fuera tan firme.
Ella no se quejaba. Nunca lo hacía. No le gustaba mostrar debilidad.
No podía. Lo había aprendido por las malas desde que era pequeña.
Una chica joven, hermosa, dulce, sin apoyo familiar en su decisión de querer trabajar para velar por la seguridad de los demás y rodeada de energúmenos que únicamente querían poseer su cuerpo por unos instantes, debía demostrar más valor,
más fortaleza y más inteligencia que el resto de sus “compañeros” de instituto, universidad y academia para que finalmente la tomaran en serio.
—¡Roberto, quiero todo lo que pueda sernos de utilidad!
Portátiles, tablets, móviles, documentos.
—Hugo se dirigió hacia la joven que continuaba sollozando, oculta tras una de las mesas que, hasta hacía unos minutos, habían servido como puestos de toma de declaraciones y denuncias, y que ahora no eran más que tablones de madera inservibles. —¿Cómo se llama?
—Bre… Breslin, Margareth Breslin.
—¿Se encuentra bien, agente Breslin?
Aquella mujer no paraba de temblar. Hugo sabía bien que los efectos inesperados de una subida de adrenalina y cortisol tardaban en desaparecer.
La incertidumbre por lo ocurrido no ayudaba a reducir el ritmo cardíaco, y el exceso de energía aportado por el aumento de la presión arterial era difícil de mitigar.
Hugo le colocó una mano sobre el hombro para tratar de tranquilizarla.
Tenía la mirada perdida en un horizonte imaginario, y al sentir el contacto ajeno a su cuerpo se sobresaltó.
—Margareth, tranquila. Ya ha pasado todo. — Hugo trató de crearla una zona de confort y confianza. —Estás a salvo.
—Margareth Breslin. Soy… Margar…
—Sí, ya me has dicho cómo te llamas. Necesito que te tranquilices. ¿Estás herida?
La joven agente posó su mano temblorosa sobre la mano que Hugo le colocó sobre uno de sus hombros. Este endulzó ligeramente su gesto y Margareth se arrojó a los brazos de aquel hombre desconocido rompiendo en un llanto sordo.
—Tranquila. Desahógate.
Instantes después, Valeria cerró las puertas y se acercó hasta donde se encontraban los dos. Una mueca traviesa se intuyó en la tiradora. —¿Quieres que me encargue yo?
La joven se agarró con más fuerza al brazo de Hugo, mirando con recelo a aquella mujer, alta, esbelta, preciosa y letal que portaba un subfusil contra su pecho.
—Creo que no. Deberías ayudar a Rob. Buscad todo lo que nos pueda servir. Fotografía a los asaltantes y envíaselos a Martina, a ver si puede identificarlos.
—Recibido. —Respondió mientras se quitaba el auricular.
—Agente Breslin, ¿eres de aquí? ¿De Kovac Bay?
—¿Son ustedes… ustedes son federales?
—No, pero hemos venido a ayudar.
—El sheriff, ¿está bien?
—No. — El rostro de Hugo trataba de transmitir tranquilidad, aunque no ocultaba la gravedad de la situación. La ayudó a levantarse y la acompañó hasta una silla. —¿Sabes quiénes eran esas personas, o por qué entrarían así aquí?
La joven cruzó la mirada con la de Hugo. Una mirada que escondía un secreto. Titubeó y dirigió la vista al suelo.
—N… no.
—Margareth. Necesito tu ayuda. Mírame.
La asustada ayudante del sheriff no pudo levantar la cabeza. Algo en su interior estaba librando una batalla feroz. ¿Podía confiar en aquel desconocido? Hugo, de una manera paternalista, le levantó la cabeza desde el mentón.
—Margareth. Mi compañero se ha jugado la vida para protegerte, y yo no voy a permitir que te ocurra nada. Si quisiéramos hacerte daño, ya lo habríamos hecho. Estás a salvo, ¿Lo entiendes? — La joven asintió quedamente. —Pero necesito tu ayuda.
Apartó nuevamente la vista, pero esta vez se encontró con la de Valeria, quién la estaba estudiando minuciosamente.
—Su amiga intimida bastante.
Hugo soltó una pequeña carcajada. —Para eso la tengo. Es la que nos ha salvado a todos de morir hoy.
—No a todos. — Giró la cabeza un poco más, hasta ver el cuerpo agujereado de Jack Kodiak.
—Mírame Margareth, ¿Sabes quiénes eran estas personas?
La agente Breslin negó airadamente con la cabeza.
Sus pequeños ojos azules se dirigieron hacia una de las cámaras de seguridad del departamento. Valeria se dio cuenta. Se colocó el auricular nuevamente. —Jefe. Creo que deberíamos llevarla al hospital a que le hagan un chequeo.
—Sí, pero primero…
—Jefe, las cámaras. Siguen activadas. Creo que nos pueden estar observando.
— Hugo levantó discretamente la mirada localizando una de las cámaras de seguridad con el rabillo del ojo.
—Estos tíos llevaban AK-74, la potencia y cadencia de disparo coinciden con las que nos dispararon en la emboscada de la compuerta oculta del bunker.
—Tiene sentido. El AK-74 utiliza un calibre 5,45.
Menor que el de su hermana 47. Para este lugar y condiciones es mejor.
Tiene más velocidad, trayectoria más plana, más precisión, es más ligera y no provoca tantas interrupciones en las armas con estas condiciones de temperaturas bajo cero.
— Informó Roberto. Sus conocimientos en armamento eran limitados cuando entró en HOSTES, pero gracias a Hugo, estos se ampliaron bastante.
—Sin móviles, sin radios. Esta gente son profesionales.
—Mercenarios al servicio de O.N.O., pagados por Archor y bajo las órdenes de Stern.
— Teorizó Hugo mientras agarraba a la joven por el brazo, ayudándola a levantarse, mientras le susurraba al oído.
—Te sacaremos de aquí. Te lo prometo. — La firmeza y seguridad que emanaba su voz en ese instante la tranquilizó bastante. —Roberto. ¿Lo tienes todo?
—Un teléfono. El ordenador ha muerto, está hecho un colador, igual que nuestro amigo. Esto no ha sido fortuito, jefe. Ha sido una ejecución en toda regla.
— Recibido. Querían silenciarlo, no querían que hablase con nosotros. No sé por qué no me sorprende. Nos vamos.
La joven agente tiró fuertemente de la mano de Hugo hacia ella y le susurró disimuladamente. —La mesa del sheriff tiene un compartimento oculto. Debajo del primer cajón de la derecha. Se supone que no debía saberlo, pero lo sé.
Hugo esbozó una pequeña sonrisa. —Gracias. Creo que sabes más cosas que no deberías de saber. — La agente en prácticas Margareth Breslin, por primera vez desde que entró en el departamento, relegada a llevar cafés a los oficiales y hacer fotocopias inservibles, se sintió útil y a salvo.
—Rob, escritorio, primer cajón de la derecha, doble fondo. Cuando lo tengas, nos vamos.
Apenas tardó un par de segundos. —Bingo. Paquete encontrado.
Instantes más tarde, los cuatro salían por la puerta fuertemente abrigados, en dirección hacia la tormenta de hielo y nieve.
***
“5 de diciembre. 19:23 PM (hora local) – Hostal Pikalujak. Kovac Bay, Alaska.”
—La doctora tiene que tomarse la medicación en breve. — Señaló Valeria mientras entraba por la puerta de la pensión.
—Esperemos que haya descubierto algo. Se nos acaba el tiempo. — Añadió Rob.
En recepción, Aniak les esperaba en la puerta con su habitual sonrisa.
—¿Cómo ha ido el paseo, Roberto?
—No tan aburrido como pensábamos. Por cierto, ¿Podrías prepararnos algo para entrar en calor? Sigo sin acostumbrarme a este frio que tenéis por aquí.
—Por supuesto, en unos minutos os lo subo a las habitaciones. — Y salió disparada hacia la cocina sin percatarse de que sus huéspedes llevaban compañía.
Margareth Breslin era menuda y delgada. No superaba el metro sesenta de altura, pero sus ojos azules y su media melena rubio ceniza le daban una belleza nórdica sin igual.
Llevaba unos meses como agente en prácticas en el departamento del sheriff, sin embargo todos la trataban como si fuera la secretaria de lugar.
No ayudaba su juventud, veintiún años, su uniformidad dos tallas por encima de lo que su cuerpo era capaz de llevar con cierto porte y dignidad, ni su cara de ángel que reforzaba su inocencia.
Subieron por las escaleras con Hugo al frente.
La joven ayudante del sheriff le seguía.
Tras ella, Valeria y Roberto cerraban la comitiva.
Al pasar el descansillo previo al corredor donde se encontraban las habitaciones, una voz femenina, aunque grave y áspera los sobresaltó desde una esquina en la penumbra.
Nadie se había percatado de aquella presencia.
—¿Margie? ¿Eres tú?
Hugo desenfundó su arma y apuntó a la figura oculta en la sombra. Valeria hizo lo mismo, mientras Roberto se colocaba delante de la joven para protegerla.
—¿Quién eres? Sal de ahí.
—¿Que quién soy? ¿Qué queréis de ella? — En la penumbra se intuía que un brazo se elevaba.
Hugo activó la función estroboscópica del módulo Streamlight de su pistola en dirección a aquella figura.
Ésta se tapó los ojos. Para cuando se quiso dar cuenta, el arma de Valeria descansaba a escasos centímetros de su cabeza.
Hugo desconectó el estroboscópico y conectó la linterna, iluminando a aquel sujeto.
—¿Kay? — Dijo la joven.
—Ella no ha hecho nada. Soltadla. —Rugió la mujer.
—No os llevaréis a nadie más. — Con un movimiento casi felino, propinó un golpe en las muñecas de Val, quien soltó su arma golpeando en el suelo.
Val, sin embargo, tras un pequeño forcejeo, logró inmovilizarla agarrándola por el cuello.
Kay no cesaba en su intento por zafarse, lanzando golpes a todas partes con la esperanza de que alguno alcanzara su objetivo.
—¡Hijos de puta! ¡Ya os llevasteis a mi hermana! ¡No voy a permitir que…!
—¡Detente! Nosotros no vamos a llevarnos a nadie.