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“Esto es una prueba. Coincide plenamente.”
Fuera del despacho, dos ayudantes se dirigieron a ver qué ocurría entre su jefe y aquellos forasteros. Roberto, al quite, trató de entretenerles indicando que le gustaría intercambiar sus parches policiales como signo de hermanamiento entre los dos cuerpos.
En silencio, una ráfaga helada, acompañada de hielo y nieve, se hizo un hueco por la puerta principal. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Valeria, y Hugo recibió un nuevo golpe en el costado.
Cinco hombres con ropa táctica de color blanco y fusiles de asalto AK-74, precedidos por unos haces de luz láser verde, irrumpieron en el edificio.
—¡JEFE, LA PUERTA! — Gritó Rob. En ese instante, cientos de detonaciones se apropiaban de la sala, decenas de salvas estallaron y los impactos destrozaban el mobiliario del departamento.
—¡YA ERA HORA! — Tronó Kodiak sacando las manos de debajo de la mesa y colocando el móvil sobre ella. —¡Estáis muertos!
El sheriff no se había sentado sin más, en el sillón tras su escritorio, para responder a las preguntas de aquellos extranjeros.
No había escondido las manos derrotado ni tampoco había bajado la mirada al suelo con arrepentimiento.
Había escondido las manos para manejar su dispositivo móvil y escribir a quien fuese, que las personas que buscaban estaban allí y le estaban interrogando.
Los dos ayudantes más próximos a la entrada fueron los primeros en morir.
Roberto intuyó la amenaza mientras esta accedía por el hall, dándole tiempo para sacar su fusil oculto bajo el anorak North Face que vestía y acabando con uno de ellos.
Los casi cuarenta grados bajo cero del exterior engulleron la cálida temperatura que desprendía la calefacción de aquella sala.
Los disparos se centraban ahora en la oficina del sheriff que no dejaba de gritar.
—¡OS HE LLAMADO YO, IMBÉCILES! ESTOY AQUÍ ¡NO ME DISPARÉIS Y SACADME DE AQUÍ!
Valeria no dejaba de apuntarle.
—Me parece que no vienen a ayudarte, precisamente. — Murmuró Hugo mientras se parapetaba tras uno de los sillones.
Los impactos se acercaban cada segundo más a la butaca donde se encontraba Kodiak.
Uno de los disparos paso rozando a Valeria, quién instintivamente se giró para disparar a través de lo que quedaba de los ventanales del despacho del sheriff.
Los tres miembros del equipo se colocaron el auricular.
—No sé a quién están disparando. — Dijo Rob.
—A Kodiak. Me da la sensación que se ha convertido en un cabo suelto.
—Tiene gracia. A O.N.O. no le gustan los cabos sueltos, ¿verdad jefe? — Bromeó Valeria.
«Hugo recordó cuando un par de años atrás, un sicario de la facción Misos trató de asesinarle. Tras salir de su cafetería favorita y después de una huida y persecución en coche, a toda velocidad por las calles de Salamanca, Val disparó desde la azotea del cuartel de HOSTES,
neutralizando el vehículo de los asesinos y a uno de los atacantes. Justo antes de morir, uno de esos sicarios, en holandés, espetó amenazante que “O.N.O. no dejaba cabos sueltos.”»
—Cierto. — Afirmó Hugo.
Valeria neutralizó a uno. Roberto a otro. Uno de los ayudantes acababa de sacar su Glock 17 cuando recibió cuatro impactos en el pecho cayendo a plomo al suelo.
—¿Estos son tus aliados? ¿Los que no dudan en acabar con un lastre? ¿Aunque seas tú? Yo de tí cambiaría de amigos.
—¡Pero…! ¡Ellos me dijeron…!
—Ya no les eres útil. Dime dónde están para que podamos acabar con ellos.
Nuevos impactos golpearon el escritorio de madera de cedro, astillándolo por todas partes. La botella de Jack Daniel´s reventó con otro impacto.
—Quedan dos. — Informó Roberto. —Pero no tengo tiro. ¡NO TE LEVANTES! — Trató de ordenar al cuarto ayudante del sheriff, quién cayó a plomo junto a la puerta de los vestuarios.
—¿Dónde está la secretaria? – Se preocupó Hugo.
—Conmigo.
—Como no. — Dijo Valeria por el equipo mientras se incorporaba y abatía al cuarto hombre.
Hugo se giró hacia el sheriff. —¿Dónde puedo encontrarlos? ¿Dónde están?
Tras dudar unos segundos, Kodiak comenzó a decir. —Cerca. Sacadme de aquí y os lo diré.
—Dímelo o no saldrás de aquí.
Tras un silencio incómodo, accedió. —Archor y Stern …
—¿Dónde?
—Yo no quería esto. Solo quería que estuvieran a salvo. Me dijo que se haría cargo de ellas. Que las curaría. Que el tratamiento estaba… Que… — Comenzó a divagar Kodiak.
—¿Dónde está Archor?
—En el antiguo distrito escolar. Está con Stern. Ella…
Una ráfaga de siete disparos alcanzó a Kodiak, quién ahora yacía muerto tras su escritorio.
Val alcanzó al último tirador.
La calma se apoderó de la recepción del departamento del sheriff. De fondo, el ruido de la ventisca continuaba azotando el exterior.
—¿Ella?
—¿Ella?
—¿Ha dicho, ella?
Tras asegurar la estancia y el exterior, el equipo cerró la puerta. La gélida temperatura exterior ya se había apropiado del lugar y las manos desnudas comenzaban a entumecerse. El silencio se hizo uno con el ambiente helado allí reinante.