Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL REY DEL PÁRAMO #2
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EL REY DEL PÁRAMO #2

—Más concretamente, el que lo cree soy yo.

Le voy a proponer algo sheriff. Llevamos aquí ya unos minutos y esto no nos lleva a ningún sitio, así que quitémonos las caretas Jack.

Para demostrarle mi buena voluntad, voy a empezar exponiendo lo que yo sé.

Verá, sé que usted tiene órdenes de matarnos.

— El oficial se quedó ojiplático ante aquella revelación tan directa.

Hasta hacía unos minutos, no esperaba que aquellos forasteros fueran agentes encubiertos, y menos aún que supieran de sus planes.

Se había imaginado que serían alguna especie de investigadores, pero no a aquel nivel.

—Eche un vistazo a mi compañera. — El sheriff miró a Val.

—Lleva apuntándole desde que hemos entrado aquí y no se ha dado cuenta.

Usted quiere acabar con nosotros, y yo no voy a permitir que a mi equipo le ocurra nada.

— Rob entregó un trozo de papel a Hugo, quién tras ojearlo, se lo guardó en el bolsillo.

En un ademán de coraje, Kodiak respiró hondo y volvió a golpear la mesa.

—¡Pero qué insulto es este! Amenazando a un oficial del Estado de Alaska. El estado número cuarenta y nueve de los gloriosos Estados Unidos. Si yo quisiera, no saldrían vivos de este edificio.

—Creo que sí. — Dijo Roberto desde el quicio de la puerta.

— Aquí únicamente hay cuatro ayudantes, como mucho cinco, si contamos a la secretaria que llegará en unos minutos, cargada con los cafés de la unidad, desde el bar de la calle de enfrente.

Únicamente dos de ellos están armados, pues el resto ha dejado sus armas en las taquillas que, si no me equivoco, están en aquella habitación del fondo.

Cinco segundos para saber que está ocurriendo, diez hasta llegar a la habitación y al menos otros veinte para buscar sus armas y tratar de reaccionar.

En menos de tres segundos desde que yo reciba la orden, estarían todos neutralizados.

—Créame cuando le digo que me dolería mucho tener que continuar así nuestra relación, Sheriff Kodiak.

Me da la sensación de que esos jóvenes de ahí fuera no tienen ni idea de quién es realmente su jefe.

¿Me equivoco? — Hugo no dejaba de mirar fijamente a los ojos del sheriff que ardía de rabia por dentro.

—Me tomaré su silencio como un “no”. Le voy a hacer una serie de preguntas que usted, voluntarioso y muy amablemente, va a contestar.

Con la verdad, por supuesto. ¿Lo ha entendido?

—¡Fuera de mi despacho!

—Primera pregunta ¿Ha interactuado con algún cadáver en las últimas cuarenta y ocho horas? ¿Por aquí, por la zona?

—¡No! ¡Fuera de mi despacho!

Hugo bajó la cabeza mostrando decepción. Realmente no lo estaba, pero aquella actuación añadía dramatismo a la escena.

—Sheriff, le he pedido que no me mintiera. — Rob comenzaba a bajar las cortinillas que daban privacidad a la estancia.

—Ha encontrado el cadáver de una mujer desnuda y en estado de congelación a escasos metros de aquí.

Exactamente, junto a su pick-up, la cual fue vista hace unas horas en un hangar donde se ha producido un tiroteo con resultado funesto, para los otros, por supuesto, pero eso es otra historia.

El cuerpo de esa joven fue abandonado a unos kilómetros de aquí, en medio de la nada, por una persona que, sinceramente, creo que fue usted, aunque no tengo pruebas para afirmarlo, pero dice mucho de usted el que nadie haya oído nada de un cuerpo abandonado junto al departamento.

Por cierto, sé que ha sido usted porque la mandíbula se le ha tensionado y ha elevado parcialmente su ceja mientras desviaba, por apenas un microsegundo, la mirada hacia la puerta del exterior.

Como curiosidad, fue una doctora a la que tengo mucho aprecio la que me enseñó a fijarme en esos pequeños detalles.

Casualmente, la persona a la que sus jefes necesitan con vida.

La involuntaria kinesis del cuerpo del sheriff mostraba que faltaban pocos minutos para que explotara. —¡No lo repetiré! ¡FUERA!

—¿Negociaciones fracasadas jefe? — Murmuró Val que se levantaba de la silla.

—Me temo que sí. — Respondió Hugo mientras se abría el abrigo y empuñaba su fusil de asalto.

Roberto se dio la vuelta vigilando el exterior del despacho.

El sheriff trató de echar mano a su arma hasta que un cuchillo de combate se clavó en la mesa.

Valeria soltó el cuchillo clavado y encañonó al sheriff con su CZ Scorpion.

—Nils no te dijo quién soy, ¿verdad? Ni quiénes somos.

¿Me equivoco? — La rabia y el desconcierto le bloqueaban.

—No, no me equivoco. — Sacar a relucir ese nombre fue otro golpe a la moral de Jack.

—Me preocupa qué has hecho con la mujer que te dejamos donde ahora tienes la pick-up.

Ya sabes, la que utilizaste para irte del hangar donde departías con él de tu incapacidad para acabar con nosotros. Por eso sabemos que mientes.

—Está bien. ¿Qué queréis saber? — El sheriff se recostó en su sillón de trabajo, con las manos pesadas y la mirada fija en el suelo.

—Para empezar. ¿Qué sabe de nosotros? ¿Quién le ordenó asesinarnos? Y, ¿Por qué?

La arrogancia le sostuvo la voz, aunque la vacilación le quebró el gesto.

—No sé nada. Únicamente me dijeron que tenía que hacerme con una doctora y al resto haceros desaparecer.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—No me sea como un niño pequeño. No me creo que haga las cosas sin preguntar. ¿Por qué tenía que matarnos? ¿Por qué tenía que secuestrar a la doctora?

—¡Que no lo sé! No sé sus motivos.

—Sus motivos. Vamos avanzando.

—Jefe, la secretaria ha llegado con los cafés. Se dirige para acá. — Informó Rob.

—Ya sabes lo que hacer. — Ordenó Hugo mostrando tener el control operativo. A Jack le quedó claro quién era el que tenía el mando total de aquella unidad suicida.

Rob salió del despacho con una sonrisa. Estaba seguro de que utilizaría sus encantos con la joven secretaria.

—Continuemos. ¿Quién es el que le ha dado esas órdenes?

—Santa Claus. — Una sonrisa burlona, desafiante y sociópata afloró en su rostro. Una sonrisa que apenas duró un par de segundos.

—Perfecto. Archor se acaba de cambiar el nombre a Santa Claus. — La sonrisa desapareció de golpe. —Veo que sabes de quién hablo. Te repito por última vez, no quiero más mentiras.

En el exterior, unas risas rompieron el silencio que reinaba en aquel departamento. Roberto estaba coqueteando con la chica que llevaba los cafés.

—¿Dónde se encuentra Archor?

—Ya te he dicho bastante. — Espetó Kodiak. —Si te digo algo más, me matarán. — No quedaba ni un ápice de la sonrisa burlona ni de la prepotencia que emanaba segundos antes aquel hombre.

Un golpe en el costado sorprendió a Hugo.

Acababa de aparecer aquel dolor recurrente en el peor momento posible.

Instintivamente, miró hacia la puerta. Fuera, todo seguía igual.

Tenía que ir concluyendo el interrogatorio.

Hugo miró a Valeria que había sustituido a Rob en la puerta.

Aquella sacó un teléfono móvil, avanzó hasta Kodiak y le mostró una fotografía.

Era del sheriff, junto a una niña de dos años y una mujer.

A juzgar por las sábanas de la cama, se trataba de un hospital.

—No podéis amenazarme con nada. Esas personas están muertas.

—No te estoy amenazando. Simplemente quiero que vea esta foto.

Hace tiempo fue condecorado por su valentía y honor en un accidente costero.

No dudó en arriesgar su vida por salvar la de otras personas aun teniendo usted a alguien esperándole en su casa.

¿Dónde está este hombre? — El sheriff no apartaba la mirada del teléfono.

Sentía que aquella imagen fue tomada hacía siglos.

—Ese hombre murió.

—¿Por qué trabaja para O.N.O.?

—¡Yo no trabajo para nadie que no sea este pueblo!

—Mientes. — El tono que comenzó a utilizar Hugo se volvió más personal y apremiante. —Te vimos entregarle una nota al ayudante de Stern.

—¿De quién? —Preguntó Jack.

—Kairo Stern, el científico que está utilizando tu pueblo como si fuera una jaula de ratones de laboratorio.

—No sé quién es ese…

—¡Cállate! — Sacó el trozo de papel que le dio Roberto instantes antes y se lo lanzó a la cara. —¡La nota que le entregaste a Nils fue escrita desde esta máquina de escribir! Deja de tratarme como si fuera imbécil.

Roberto, a su llegada al despacho, no solo estuvo trasteando con los cuadros y toqueteando la máquina de escribir para poner nervioso a Kodiak.

Sutilmente, había realizado la comparación tipográfica entre la nota hallada en el hangar y la que arrojaba aquella máquina.

Jack cogió el pedazo de papel y lo desplegó.

Aunque arrugado, lo que rezaba en aquel trozo de papel era perfectamente legible. Un mensaje que él mismo escribió y al que se le habían añadido un par de renglones, uno de ellos sin sentido alguno.

Está preparado. 9/12 - 00:00AM. Cessna 208 GC confirmado. KB - Destino no especificado. Tripulación mínima. 3 pasajes. N.K. / K.S / XX.