EL REY DEL PÁRAMO
“5 de diciembre. 18:00 PM (hora local) – Departamento del Sheriff de Kobac Bay.”
Un golpe sordo y seco resonó en toda la dependencia.
El despacho del sheriff Jay Kodiak ocupaba el extremo norte del pequeño edificio de aquella comisaría.
Desde la única ventana al exterior de su despacho apenas se distinguía la calle principal del pueblo.
Esta se encontraba cubierta casi en su totalidad por la acumulación de nieve contra el cristal.
El lugar en sí evocaba a los años sesenta.
Madera por todas partes y un ventanal desde el cual supervisar lo que sucedía en el resto del departamento, calabozos incluidos.
La sala se encontraba caldeada con una estufa de hierro que quizás fuera lo más antiguo de allí junto a la lámpara.
Esta, de astas de alce, colgaba sobre sus cabezas, iluminando una piel de oso grizzli que ejercía de alfombra bajo una mesita sobre la que descansaban cuatro vasos y una botella de Jack Danniel´s edición Sinatra Century en el despacho de Kodiak.
—¿Cómo se le ocurre venir aquí, a mi pueblo, mentirme en la cara y acusarme de no sé qué fantasías que se ha creado en su puta imaginación?
Forastero, ¿sabe que lo que han hecho se considera un delito federal?
— Jack Kodiak volvió a golpear con sus puños aquel escritorio estilo Frontier.
—¡Puedo encerrarles hasta que me salga de los huevos!
¿entiende? O mejor aún, enterrarlos bajo la nieve y así me evito el papeleo.
—Eso se le da bien. — Susurró para sus adentros Rob, aunque no lo suficiente, pues el sheriff oyó el murmullo.
—¿Tienes algo que decirme, musculitos?
Hugo intervino.
—Mire, no venimos a inmiscuirnos en sus asuntos, y mucho menos hemos venido para decirle como debe hacer las cosas. Pero nos…
—¿Que no han venido a decirme…? Mire, se me está acabando la paciencia y…
—¡Cállese! No voy a tolerar una amenaza más.
He venido aquí por deferencia. He tratado de hablar con usted por las buenas, de oficial a oficial, pero eso se acabó.
—Había otra persona en ese despacho a la que también se le había acabado la paciencia.
—Ya he sido bastante respetuoso con usted.
— Hugo extendió un papel timbrado sobre la mesa propinando también un fuerte golpe, al igual que los que utilizaba el sheriff para tratar de mostrar quién era el que mandaba allí, que retumbó por todo el departamento.
Un par de ayudantes que se encontraban en la sala exterior se quedaron mirando.
—¿Qué cojones es esto?
Hugo se dio la vuelta, respiró hondo, y rezó para que el plan surtiera efecto.
«Una hora y media antes, en la habitación de la pensión Pikalujak, el equipo se reunió en el comedor para dar cuenta de una comida caliente y exponer el plan que llevarían a cabo para el interrogatorio del sheriff.
Roberto y Hugo tuvieron varias discrepancias pues Rob quería realizar el interrogatorio rápido, directo y si era necesario, con cierto uso de la fuerza.
—No entiendo por qué no podemos arrancarle la confesión a hostias. El tiempo corre en nuestra contra y seguro que él tiene toda la información que necesitamos para crear la cura de Elena, recuperar a Alicia y acabar con esto.
—No te lo tomes a mal Roberto, pero lo de Alicia es cosa mía.
—Jefe, te recuerdo que somos un equipo y que no tienes que hacerlo todo tú solo. — Le dijo Martina mientras daba cuenta de un trozo de carne guisada.
—Gracias, pero eso no. Por otra parte y en relación a la cura de la que hablas, esa información no existe Roberto.
No hay antídoto. No se ha creado. — Le respondió Hugo.
—Solo lo puede crear nuestra doctora. — Miró a Elena y le entregó una tablet.
—Elena, aquí está tu estudio y la cadena original del Erebo-3.
Lo único malo es que no disponemos de las modificaciones que Stern haya podido realizar respecto de tu fórmula original.
A Elena se le iluminó la cara y por primera vez en días, una pequeña sonrisa afloró en su rostro. Era esperanza.
—No lo necesito. Con la cadena original y la secuencia de componentes que me arroje el espectrómetro, creo… espero poder hacer algo. — Comió con más ganas, aún con el recuerdo de que fue la comida lo que la infectó. Quería terminar pronto y volver a su habitación para seguir con la investigación.
—Ahora, solo falta saber dónde están Archor y Stern. Cuando los tengamos, junto a Kodiak, pillados por los huevos, cerraremos el caso para siempre.
—¿Y qué propones? ¿Ir con buenas palabras? Por favor señor sheriff, nos puede decir, ¿dónde se encuentran los malos con los que usted colabora? — El tono irónico no molestó a Hugo, más bien le hizo gracia.
—No, pero no le podemos cruzar la cara a las primeras de cambio, y no será por ganas, te lo aseguro.
Este tío está curtido y seguramente soportará muy bien los golpes, pero no creo que la inteligencia sea su fuerte, y ese sí es el nuestro, bueno, el vuestro.
Señaló a Valeria y a Rob. Necesitamos un plan que asegure el éxito para poder quitárnoslo de encima.
—Ha intentado matarnos, varias veces. Sabe quiénes somos.
—No, no lo sabe.
—¿Qué?
—Sí nos conoce físicamente, porque nos ha visto, pero dentro del despacho del hangar, el sheriff le preguntó a Nils que quiénes éramos, y este no se lo dijo. No sabe por qué estamos aquí.
—Da igual. No se creerá nada de lo que le digamos. Únicamente querrá matarnos.
—Sabe que el ayudante de Stern ha muerto, casi seguro. Por ahí quizás podamos apretarle.
Valeria terminó su plato y comentó.
—Kodiak lleva aquí demasiado tiempo para ser solo un segundón.
Su orgullo es desmedido. Si tuviera que hacerle un perfil, sería el de una persona testaruda, egocéntrica, soberbia y arrogante.
Se cree el dueño del pueblo. Solo hay que recordar lo que nos dijo en la cabaña, “este es su pueblo”.
Lo que más le molesta a alguien así es que las autoridades externas se inmiscuyan en los asuntos de su territorio.
Él manda. Él es el juez, jurado y verdugo. Él es el rey del páramo. Su páramo.
—El Rey del Trono de Hierro. — Añadió Martina.
—En parte, sí. Así que tenemos que lograr que crea que estamos aquí para investigar su gestión y no sus tejemanejes.
—¿Creéis que habrá encontrado a la mujer que dejamos junto a la comisaría? —Preguntó Rob.
—Sí. No obstante, pasaremos por allí de camino a la comisaría. Si no dice nada, sabremos que la ha ocultado.
—Le provocaremos con preguntas rápidas, haremos que su carga cognitiva aumente hasta que tengamos el control de la confrontación.
Que no pueda rebatir nada, que se sienta abrumado al no saber qué es real y qué no de todo aquello que le digamos.
Fingiremos tener pruebas sólidas para juzgarlo fuera del pueblo y aislado de las ramificaciones que tenga la organización.
Le haremos creer que nada ni nadie podrán librarle de cargar con la pena que le impongan.
— Añadió Valeria. Y en caso de que no funcione, pasaremos al plan de Rob.
—Ha de creer que somos su verdugo o su salvación.»
El sheriff no comprendía nada, pero no quería demostrarlo ante aquellos forasteros.
Miraba aquel documento sin entender lo que estaba escrito.
Levantó la mirada, observando a la mujer que se sentaba junto a la su bar particular y hacia el hombre que se encontraba bloqueando la puerta y que no tenía nada que envidiarle en cuanto a corpulencia.
Finalmente, miró al hombre que estaba en el centro de la sala, dándole la espalda y que se acercaba peligrosamente hacia la mesita donde se hallaba una botella de whisky de mil quinientos dólares.
Hugo tomó la botella, la abrió y vertió un dedo de aquel líquido dorado en un vaso que Val tomó de un trago. Una apuesta con una puesta en escena demasiado teatral para su gusto, pero que molestó sobremanera a su propietario. Esa era la intención.
—Una botella un poco cara para el sueldo de un funcionario de tercera como el sheriff de un pueblo perdido de la mano de Dios. Jack Daniel´s Sinatra Century. Esto tiene que estar bueno.
—Lo está. — Apuntó Valeria.
La arrogancia y el orgullo del sheriff se diluía poco a poco, como un whisky on the rocks, aunque su tono permanecía firme. —Eso a ti no te importa. ¡Se acabó! Deja eso, fuera de mi despacho y abandonad mi pueblo cagando hostias, antes de que...
Hugo volvió a interrumpirle, manteniendo el control de la situación.
—Eso que tiene ahí, en sus manos, es una autorización para investigar, localizar y detener a todo aquel que esté realizando investigaciones o experimentos biológicos que supongan un riesgo severo contra la salud humana, así como contra todos los colaboradores de la organización Nuevo Orden Mundial.
O.N.O., ¿la conoce? Parece ser que pudiera estar por aquí, en “su pueblo”.
Por cierto, la orden está expedida por el mismísimo presidente de la Cámara Europea.
—¡Esto es Estados Unidos! ¡Ustedes no tienen jurisdicción aquí!
El tono calmado y seguro de Hugo contrastaba con la frustración y rabia que emanaba del agente.
—Míreme ¿Cree que si no tuviera jurisdicción iba a estar mi equipo aquí, jugándose la vida, pasando frio en el culo del mundo, con una comida y un clima de mierda, en vísperas de Navidad, lejos de sus familias, por puro placer?
Razone un poco Kodiak. Le tomaba por una persona más inteligente.
— Aquella seguridad mostrada por ese grupo tan heterogéneo hizo dudar a aquel hombre, y aunque algo no le cuadraba, pues todo era demasiado impostado y muy teatralizado para su gusto, no dejaban de ser europeos, y para él, todos los europeos eran muy afeminados,
mostrando toda la pompa y boato posible para creerse mejores que ellos, los estadounidenses. Los amos del mundo.
—¿Por qué no han venido agentes del FBI? ¿O de la Guardia Nacional? Agentes de mi país. O directamente, ¿por qué no nos han enviado a nosotros esa orden de investigación?
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Demasiadas preguntas sin respuesta. Verá, alguien, en algún despacho de Bruselas, tendría mucho tiempo libre y habrá hablado con Washington y ahora alguien cree que aquí está ocurriendo algo... digamos extraño.
—Y peligroso. — Añadió Rob que ya había estado toqueteando los cuadros, hojeando algún que otro documento y manipulado torpemente una máquina de escribir que se encontraba en un rincón de aquel despacho.