Sin voz en la tormenta (Hostes 2) DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO #3
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DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO #3

Hugo, resignado ante aquella resolución del móvil del caso, dijo. —Sorpréndeme.

—Subió también una carpeta con el listado de personas desaparecidas en Alaska en la última década.

Informes oficiales del Centro Nacional de Personas Desaparecidas y No Identificadas, el NCMA de Alaska.

Cuatrocientas noventa y tres personas han desaparecido en el país desde dos mil quince.

De ellas el noventa y seis por ciento reaparecieron con vida.

De las veinticinco restantes, seis siguen desaparecidas y las otras aparecieron muertas.

De esas que aparecieron muertas, ocho fueron de aquí.

—¿Cómo que de aquí?, ¿De dónde?

—De la zona. Mujeres jóvenes que supuestamente fallecieron por causas naturales en medio de la nada.

—¡Hijos de puta! Las usaron y las abandonaron.

—Como a la mujer que encontrasteis Valeria y tú.

—Todavía hay seis desaparecidas. ¿Tenemos fotos?

—Sí. — Martina hizo un collage en la pantalla con las fotos de las seis personas desaparecidas. Al igual que las asesinadas, todas eran mujeres entre dieciocho y treinta años. —¿No te suena ninguna?

La expresión de Hugo se contrajo más si cabía. Acababa de identificar los dos cuerpos que se encontraban en los laboratorios bajo el faro y a la mujer que habían abandonado junto a la Comisaría del Sheriff.

Tratar con la muerte, con personas sin vida y con el dolor de sus familiares, era por desgracia algo habitual para cualquier miembro de un cuerpo policial que no pasase toda su vida en un despacho.

Pero cuando a esas víctimas se les ponía nombre, cuando su historia, su entorno y su pasado adquirían forma, todo cambiaba.

Entonces dejaban de ser solo un caso más y la empatía que sentía Hugo hacía que el dolor y el sufrimiento fueran también parte de su historia.

Y eso era, precisamente, lo que le estaba ocurriendo en ese instante.

Aquello hacía tiempo que había dejado de ser trabajo. Se había vuelto muy personal.

—Suraq Ileyuk, de veintitrés años y Maggie Thomassen de veinticinco. Las dos mujeres del faro. Y la chica Frozen, Tanya Arluk de veintinueve. Todas ellas vivían en Kovac Bay. ¿Reconoces a alguna más?

—La verdad es que… un momento. La número veinticuatro no está desaparecida. — Apuntó mientras señalaba una de las instantáneas.

En la foto se veía una joven risueña, de veintisiete años y metro sesenta y tres de estatura, cabello rubio dorado y ojos avellanados color azul. Martina lo corrigió.

—Realmente, ésta sí está desaparecida.

—No, es la mujer que nos encontró. ¿Cómo se llamaba? ¿Key, Kay…?

—Kay, y no, ésta no es ella. Se trata de su hermana.

A la que se refirió en su conversación con el sheriff.

— Martina retomó la tablet y tocó sobre la foto abriéndose un pequeño dosier.

—Nuna Aqsarniq. Natural de Prudhoe Bay al igual que su hermana.

Estudiante Cum Laude graduada con honores en ciencias naturales y matemáticas, obtuvo una beca parcial para la Universidad de Alaska en Fairbanks, cursó tres años de Biología Marina y Ciencias Ambientales.

— Siguió deslizando el expediente hacia abajo.

—Hace tres años recibió una oferta de intercambio con la Universidad de Harvard para trabajar en…

déjame ver, The Harvard Museum of Comparative Zoology y en el The Woods Hole Oceanographic Institution, ¡joder!

Esta tía era más inteligente que el reparto de The Big Bang Theory juntos.

—Una chica con proyección pero, ¿cómo acabó aquí?

—Según la declaración de su supervisor en el Museo de Harvard, parece ser que poco antes de dimitir, recibió un headhaunting de un supuesto inversor privado, dueño del Institute of Marine Biological Sciences and Arctic Zoology.

—Un… ¿qué?

—Un headhaunting. —Martína sonrió. Había olvidado por un instante que Hugo era de la vieja escuela.

Lo que antes era generación Z y ahora, cualquier niñato imberbe les conoce como Boomers.

—Jefe, es lo que nos hicieron a nosotros al reclutarnos para HOSTES.

Una oferta tentadora de trabajo pero con condiciones secretas.

Únicamente las conocían ella y el inversor.

—Estamos empobreciendo nuestro idioma con tango anglicismo. — Tomó una botella con agua que tenía en su mesilla y bebió un trago.

—Cómo te he dicho, la oferta fue secreta, pero se lo comentó a su hermana y ésta lo hizo constar en la denuncia por la desaparición. En la oferta de trabajo se le ofrecía mejor salario y recursos en lo que definían como un “centro costero experimental”, y lo crearían aquí, en Kovac Bay.

—O.N.O.

—Debió de aceptar, pero aquí no pone nada más. Simplemente que días más tarde, su familia no supo más de ella.

En la mente de Hugo le asaltaban imágenes de Isabella Martínez, llorando desconsoladamente sobre el cuerpo de su hermana Diana, asesinada por O.N.O. dos años atrás. Su primer caso en la unidad HOSTES. La comparación era obvia, aunque el móvil fuera diferente. ¿O no?

—Otra familia destrozada por esos hijos de puta. Hay que acabar con esto, ¡ya! —Hugo se lo susurraba para él mismo, pero al decirlo en voz alta, Martina se hizo partícipe.

—Lo haremos jefe.

—Vamos a por Rob y Valeria. Es hora de hablar con el Sheriff.