Sin voz en la tormenta (Hostes 2) DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO #2
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DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO #2

Stern era un científico brillante, pero que quería ir mucho más allá de lo éticamente permitido en sus investigaciones.

—Eso ya lo sabíamos.

—Sí, pero en cierto momento de su etapa en el Instituto de Ciencias Aplicadas, contactaron con él. ¿Adivinas quién? — Sin dejar que respondiera, continuó. — O.N.O. contactó con él. Justo un año antes de que Elena llegase a Oslo.

—¡Archor!

—No se sabe. Pero alguien le ofreció financiación ilimitada para concluir sus investigaciones y no solo eso, crear determinados compuestos a la carta para sus “benefactores”.

Uno de esos compuestos debía de emular una muerte clínica manteniendo las constantes vitales activas para su posterior resurrección.

—El Érebo-3.

—Parece ser que Stern no daba con la tecla y…

—Y ahí entró Elena.

—Correcto. Más concretamente, el informe dice que se creó una beca específica para el científico que más se aproximara en sus estudios a la creación de un…

déjame leer… neuromodulador sintético de regeneración sináptica.

Excusa perfecta para cumplir los objetivos de O.N.O. Lo que no sabía Stern era que Elena no fue la única “reclutada” por ellos.

Solo que el caso de ese otro becario fue más flagrante. Adivina.

—Señorita Velázquez, no tengo el cuerpo para adivinar mucho ahora mismo.

— Se aquejó Hugo. Solo había dos situaciones en las que el ST-1 la llamaba así: Cuando estaban bromeando en un ambiente distendido o cuando Hugo estaba exhausto, al borde de darse por vencido, esperando a que ella le mostrase el camino a seguir.

Y se dio cuenta. Martina se sentó en la cama junto a él.

Sabía que lo de Artemisa había sido un golpe muy duro pues realmente, ella no era solo una compañera de trabajo.

Alicia Rodríguez era mucho más. Amiga desde hacía más de quince años, la madrina de su hija y aunque él nunca lo dijo, amores platónicos mutuos.

“Movería cielo y tierra para encontrarla”, pensaba.

—Esa otra persona nació en una pequeña isla perdida en el Ártico, hijo único de una familia paupérrima, se graduó con honores en su instituto local y recibió una beca para sus estudios universitarios.

Cursó sus grados en la universidad de Harvard, y se doctoró en genética molecular e informática biomédica.

—Con razón no tenía ni puta idea de disparar.

—¿Cómo?

—Nada, cosas mías. — Hugo tenía la teoría de que no era común que a las personas que se les dieran bien los estudios, se les diesen igual de bien los trabajos físicos.

—Sí, pues este cerebrito parece que entró en el radar de nuestra organización favorita. Le ofrecieron medio millón de dólares si trabajaba para ellos.

—Un pobre chico que se encuentra con medio millón al año. Un milagro, puede pagar sus carreras, mantener a su familia y vivir varias vidas con tanto dinero.

—¿Al año? Al mes.

—¡Joder! — Esa cantidad era abrumadora, pensó. —Bueno, pues me temo que ya no va a poder disfrutar de su dinero.

—No podía de todas formas. Lo tenían en un fideicomiso. Dispondría del dinero si conseguía los objetivos y parece que su objetivo era concluir los estudios de Stern, ayudarle a terminar sus investigaciones y crear el resucitador definitivo. Y ahí era donde…

—Dónde Elena sobraba. — Dedujo Hugo.

—Correcto. Si Elena lo conseguía, el no recibiría ni un dólar.

La suerte que tuvo fue que la organización, al ver la solidez moral de la doctora, y que ésta anteponía su integridad y valores éticos a la investigación, poniéndola en riesgo, influyeron en Zurich para que prescindieran de sus servicios,

apartándola definitivamente y apostando todo a su caballo ganador.

Perfecto para él. Lo que no sabían era que la única persona que podía completar su propia investigación era ella.

Érebo fue el siguiente paso a los estudios preliminares de la tesis doctoral de Elena.

—¿Qué?

—Aunque ella no lo sabía, su tesis doctoral fue la semilla para algo hermoso que cambiaría el mundo, pero que Stern contaminó y O.N.O. terminó de pudrir.

El resto coincide con lo que nos contó Elena o, al menos, con lo que podía saber.

Se archivó la investigación, en parte. Alicia ha logrado encontrar los archivos originales de la investigación en la segunda copia de seguridad de la base de datos central del Instituto de Ciencias de Zúrich, en unos servidores ocultos en un centro de tratamiento de datos de Suiza.

En las otras dos, la base de datos principal y la primera copia de seguridad, adivina, bueno, yo te lo digo, las borraron. Un acceso remoto desde…

—Ámsterdam. No me digas más.

—Casi. Una pequeña cabaña oculta bajo un maravilloso molino del siglo XVIII en el pequeño pueblo de Zaanse Schans.

Sin embargo, ahí no se encontraban las modificaciones realizadas posteriormente por Stern.

Nadie cayó en la cuenta de que los suizos hicieran una doble copia de seguridad.

Así que a efectos prácticos, las anotaciones de la investigación original de la doctora, y las que podían arrojar algo de luz a la mutación de Erebo…

simplemente… desaparecieron. Por un nimio error de previsión.

Hugo se llevó las manos a la cabeza al llegar a la conclusión final.

—¡Por eso es por lo que la necesitan! Quieren completar la investigación.

Querían a Elena para que les ayudara a finalizar el estudio que ellos mismos no han sabido completar, y envenenándome en el viaje mataban dos pájaros de un tiro.

Se aseguraban de que ella aceptara colaborar con la investigación del compuesto para tratar de salvar a su compañero y ya de paso, se vengaban de mí por lo ocurrido hace dos años cuando disparé a Archor.

—Exacto. — Concluyó Martina.

—¿Pero por qué el instituto de Oslo no clausuró las investigaciones antes?

—¿Financiación ilimitada? Eso sí que era un caramelito para el prestigio de la institución.

—Dinero. Puto dinero. Siempre es el dinero. —Hugo todavía permanecía con las manos sobre la cabeza. Trataba de analizar millones de situaciones posibles para terminar con todo aquello, y en ninguna acababa bien la cosa.

Martina continuó. —Alicia subió algo más.