Sin voz en la tormenta (Hostes 2) DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO
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DESAPARECIDOS SOBRE EL HIELO

“5 de diciembre. 13:26 PM (hora local) – Pensión Pikalujak, Kobac Bay.”

El calor de las habitaciones invitaba al descanso.

Roberto coqueteaba con la chica de recepción mientras el equipo subía a las habitaciones.

Quería conseguir alguna ración extra de comida pues llevaban casi un día sin probar bocado y Aniak no iba a rechazar los cumplidos de un hombre como aquel.

Roberto era físicamente lo opuesto a cualquier oriundo de Kobac Bay; alto, agradable a la vista, galanura en sus movimientos, educado y con los modales de un caballero español resultando casi anacrónico.

Martina se encerró en su habitación, la cual parecía en ese momento el cuarto de cualquier universitario en época de exámenes, estaba desordenado, todo tirado sobre la cama, y con un escritorio digno de cualquier gamer profesional.

Había desplegado un par de tablets y material de conexión por satélite sobre la mesa.

Mientras duplicaba uno de los discos duros recogidos en el nodo oeste, trataba de activar una conexión segura con Alicia.

Artemisa debía de estar esperando noticias suyas y, con un poco de suerte, ella también habría obtenido algo de información de la solicitada por Hugo, la investigación original del Érebo-3, datos sobre Stern, y actualización del satélite Noaa-20 o del Suomi NPP,

los cuales sobrevolaban la zona de Alaska varias veces al día.

Querían datos en tiempo real de la tormenta, ya que visión de la superficie terrestre, con aquel tiempo, iba a ser imposible.

Elena parecía la perfecta compañera de habitación de campus de Martina.

Tenía la habitación repleta de documentos y material de laboratorio.

Una parte que había conseguido en el refugio y la otra, de material que ella había llevado desde España.

La concentración de amas era máxima, pero se diferenciaban en una cosa.

La meticulosidad y el orden sí reinaban en aquel dormitorio.

Sobre la mesa, junto a su pequeño ordenador portátil, una dosis preparada con el compuesto experimental que mitigaba los efectos de su infección, lista para su administración.

Una de las gotas de esa sustancia ya estaba siendo analizada por el espectrómetro portátil.

Lo siguiente sería tratar de abrir el cilindro con lo que fuera aquel líquido anaranjado y ver de qué se trataba y por qué Nils quiso liberarla, intentando estamparla contra el suelo.

Por su parte, Valeria estaba revisando y limpiando sus armas mientras leía detenidamente los informes de las toxinas creadas por Nekros. Al terminar, cayó en un profundo sueño durante un par de horas.

Hugo mientras, descansaba sobre su cama.

Le dolían todos y cada uno de sus huesos, músculos y articulaciones, trabajadas en el gimnasio y castigadas en cientos y cientos de intervenciones.

Val le había cambiado el vendaje del hombro que ya no sangraba, y el costado parecía que había dejado de propinarle golpes por unas horas.

Durante todo el día se había sentido como si hubiera estado recibiendo una paliza digna de un combate de la UFC.

De fondo, el sonido de la televisión que, más por costumbre que por interés, se encontraba encendida, hizo que se adentrase en el mundo onírico mientras se reproducía un antiguo documental sobre los lagos helados de Alaska.

Un espectáculo en 4D pues el ambiente que reinaba en el exterior de la pensión era muy similar al que aparecía en aquellas imágenes.

Tres horas más tarde, unos golpes apremiantes en el marco de la puerta interrumpieron su descanso reparador.

Hugo se desperezó y abrió la puerta. Tras ella, esta vez no se encontraba la joven recepcionista con algo para comer.

Era otra joven, pelirroja, con una tablet en la mano y con cara de preocupación.

—¡No está!

—¿De qué me estás hablando? — Preguntó con voz soporífera. — ¿Qué no está?

—Qué no, quién. Alicia. No responde.

—Martina, estará descansando, como yo hasta que has golpeado la puerta. — Miró a los intensos y preocupados ojos de su compañera. —O puede que…

—No me has entendido. Que no está en su casa. — Le mostró en la tablet un video en blanco y negro, reproduciendo un lugar que él conocía perfectamente.

«1980 Redwood Lane en Fairfax, California. Una zona tranquila y arbolada a diez kilómetros de la casa donde se ocultaron la mujer e hija de Hugo un par de años atrás. Era el porche de la casa de Alicia.

En él, un hombre se acercaba hasta el lugar donde se encontraba instalada la cámara de seguridad que Artemisa tenía para vigilar su entrada.

El enmascarado llevaba un teléfono móvil en la mano que colocó frente a la cámara.

Mostraba a una mujer atada de pies y manos en lo que parecía un contenedor cerrado.

Instantes después, deslizaba la foto con el dedo y la pantalla del teléfono comenzó a reproducir un mensaje en letras gigantes.

«ST-1, Dra. Cruz X Mss. McKennie. 07/12 00:00. 71,24 N, 156,54 W.»

Hugo no daba crédito a lo que estaba viendo.

—No me jodas. Martina, hay que localizar a Alicia lo antes posible.

—Llevo varias horas buscandola. Desde que hemos llegado y me he enterado.

Hugo agarró del brazo a Martina arrastrándola al interior de su habitación y cerrando la puerta con más fuerza de la que pretendía.

—¿Cómo no me lo has dicho antes?

—Quería tener más información.

—¿Y? — Se aceleró mientras sacaba su Iphone y lo desbloqueaba.

Martina sabía que tenía que andar con pies de plomo al darle la información, pues sabía que, acto seguido saldría en misión suicida a buscarla. —Tranquilo. Su móvil ha dejado de transmitir en Fairfax, pero…

—¿Pero qué? — Apremió Hugo, marcando el contacto de Alicia. El resultado fue un pitido agudo largo. No estaba disponible.

—Pero recordé que, un día hablamos de los localizadores, GPS y ese tipo de dispositivos que permanecían activos mientras un cuerpo seguía emitiendo calor…

—Abrevia. —Hugo volvió a marcar el contacto de Artemisa con el mismo resultado que unos segundos antes.

—Y me dijo que ella llevaba… espera que te lo muestro.

—Cambió la pantalla de la tablet y abrió una aplicación de búsqueda de dispositivos.

Accedió a un área privada y apareció un campo de texto donde introdujo el código “H0ST3S-ST2-Q7-4RT3M1S4”.

De repente, la imagen de un globo terrestre apareció en la pantalla.

Un punto de color rojo intermitente indicaba una ubicación.

—¿Está aquí?

—No, bueno sí, bueno… casi. Según el historial de seguimiento, hace un día se traza una línea recta hasta Fairbanks, así que entiendo que eso es un vuelo. De allí están subiendo por la Dalton Highway que es la única carretera abierta en invierno.

—Al grano Martina. — Reprochó mientras tomaba con una mano la tablet para estudiar bien el mapa.

—Llegaron a Prudhoe Bay hace una hora.

—Tenemos que ir allí, ¡ya! — Hugo se giró para coger su chaleco antibalas y el equipo de exterior cuando una mano le sujetó fuertemente por el brazo. Hugo se sorprendió pues no hubiera imaginado que su joven compañera ocultase tal fuerza.

—Sabía que ibas a hacer esto, por eso no te lo he dicho antes.

—¡Suéltame! — Ordenó Hugo con los ojos inyectados en sangre. Estaba furioso, pero no con Martina, sino con aquellos que estaban orquestando esa película y que, a cada minuto que pasaba, le regalaba otro revés.

—No. — Martina no cedió y utilizó todas las fuerzas y el valor del que era capaz. No dejaba de estar enfrentándose a su jefe y a su amigo. —El camino hacia Prudhoe Bay está muy complicado.

—Pero no imposible.

—No, pero tardarás en llegar un par de días, como poco. Es el tiempo que ellos tardarán en llegar hasta aquí. Quieren un intercambio. Lo has leído, así que Alicia estará a salvo hasta entonces.

—¿Y qué quieres que hagamos? ¿Nada hasta dentro de dos días?

—Eso no es exacto del todo. Vamos a solucionar lo que tenemos aquí, y cuando lleguen, la recuperaremos.

Liberamos a Alicia y nos volvemos a pasar las navidades a España todos juntos.

— Hugo no retiraba la mirada que proyectaba sobre la pequeña informática que, a cada segundo, se hacía más y más grande a su lado.

Él estaba decidido a caminar entre hielo, nieve y hasta un huracán si fuera preciso para llegar a Prudhoe Bay, pero el arrojo y la determinación que mostró su compañera hizo que se detuviese un segundo y pensase que quizás tuviera razón.

—Jefe, tú eres el más valiente de nosotros y el que más sabe de operaciones, intervenciones tácticas y todo eso.

No quiero cuestionarte y si dices que te vas, todos te vamos a seguir.

Pero solo te pido que lo valores durante un par de segundos.

Sabiendo que en infinidad de ocasiones su razón se veía nublada por su temeridad, cerró los ojos, respiró por un par de segundos todo lo profundo que pudo.

Su cabeza estaba procesando la información.

Finalmente, hizo caso a la joven pelirroja que le miraba con la misma cantidad de temor que de esperanza.

Martina no podía creerse que ella sola hubiera detenido lo que seguramente sería el suicidio de aquel a quien más admiraba. Hugo se sentó en la cama, derrotado tras otro golpe, más moral que físico. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué hacer. Martina continuó.

—Hay más.

“¿Más?”, pensó Hugo

—Al tratar de comunicarme con Alicia, y al no conseguirlo, pensé lo mismo que tú.

Que estaría trabajando, durmiendo o en el supermercado, así que, para hacer tiempo, y antes de toparme con el vídeo, accedí a nuestra nube privada para ver si había avanzado algo en la investigación o si había conseguido algo de todo lo que le pedimos.

—¿Y?

—No te lo vas a creer. Logró acceder a los registros del Instituto de Farmacología de Oslo, donde Elena y Stern realizaron sus experimentos.

Resulta que la versión de Elena es cierta, en parte, porque lo que ella no sabe es que el tal Nils trató en varias ocasiones de robar sus investigaciones. Adivina por qué.

—¿Envidia? ¿Narcisismo?… Ni idea. — Hablaba sin ganas. Sus pensamientos se centraban en Alicia.

—¡Para pagar favores! A ver, — Martina abrió una aplicación en la tablet y comenzó a trazar líneas y garabatear nombres.

—por un lado, tenemos a Elena y Kairos con sus investigaciones.