Sin voz en la tormenta (Hostes 2) 1945 #3
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1945 #3

En el rincón, el espectrómetro Raman mostraba en su carcasa el logo del proveedor y una etiqueta con el código de activación.

Caro, frágil y para la doctora, sagrado.

Elena daba las instrucciones con la seguridad de quién ha hecho eso millones de veces mostrándole la exhaustividad de la preparación en los compuestos, su disposición milimétrica de los utensilios,

la pulcritud de su método de trabajo y los signos de alarma que se utilizan en los laboratorios de investigación.

—¡Navarro! gafas y guantes puestos. Vamos a empezar con algo sencillo.

Crearemos una reacción al verter unas gotas de reactivo en esa fibra.

Acto seguido la introduciremos en el Raman para ver su espectro y compararlo con algún otro que tengamos de muestra.

Quiero que me identifiques a que prenda de ropa pertenece.

Con sumo cuidado, Hugo inclinó la pipeta con pulso de cirujano, pero con la precisión de una escopeta de feria.

Al liberar las gotas de reactivo, estas cayeron fuera del porta, rebotaron en la mesa metálica y salpicó sobre la ranura de ventilación del espectrómetro.

Tras un segundo de silencio, un chasquido metálico acompañado de unas chispas salió del aparato.

Aquello comenzó a expulsar humo, la pantalla sobre la mesa parpadeó y como si se acabase el mundo, un pitido ensordecedor llenó la estancia.

La confusión se apoderó de los allí presentes.

—¡Dime que eso no ha sido el Raman! —Elena corrió hacia el equipo, intentado apagarlo de inmediato.

El pitido se transformó en un aviso estridente del sistema de seguridad integrado en todo el edificio.

“Vapores detectados. Contaminación química potencial. Comiencen la evacuación inmediata. Por favor, abandonen el laboratorio mientras se descontamina la sala”.

La campana extractora comenzó a zumbar con más fuerza y al mismo tiempo, las luces de emergencia del techo se volvían estroboscópicas en color rojo.

—¡Pero si no he hecho nada! — Afirmaba al igual que un niño pequeño que no quería que le reprendieran.

—Hugo, yo a ti te mato. ¡Muévete! —Gritó Elena empujándole hacia la salida. —¡La que has liado!.

Los protocolos automáticos se activaron: cierre hermético de compuertas, aspersores de contención y la alarma que no dejaba de repetir el mismo mensaje: “Vapores detectados. Contaminación química potencial. Comiencen la evacuación inmediata. Por favor,

abandonen el laboratorio mientras se descontamina la sala”.

Ya en el exterior del laboratorio, los miembros del equipo de investigación no le quitaban ojo. Algunos con gesto serio, otros con una sonrisa irónica en la boca.

—Bueno… ahora sí que he dejado huella. — Trató de disipar la tensión.

Elena, con el ceño tan apretado que parecía cincelado en mármol, lo fulminó con la mirada.

—Acabas de clausurar el laboratorio nuevo durante veinticuatro horas y dañado un aparato de cuatrocientos mil euros. ¿Sabes cómo se llama eso?

—¿Vocación científica? — Se arriesgó él, esbozando una tímida sonrisa.

—Elena respiró hondo. No toleraba esos fallos en sus laboratorios, en sus investigadores, pero él no era investigador. Finalmente, al ver su expresión de niño regañado por su madre, se permitió una media carcajada.

—Se llama “nunca más tocas una pipeta de mi laboratorio sin supervisión”. Y por supuesto, se lo cuentas tú a Pastor.

Cierto fue que el coronel Pastor no se lo tomó tan bien como ellos y aquello se convirtió en leyenda interna de la unidad.

Cada vez que Elena mencionaba aquel incidente, añadía que Hugo había conseguido lo imposible: que un laboratorio recién inaugurado tuviera en las primeras veinticuatro horas su primera evacuación completa y daños por valor de casi medio millón de euros.

Cada vez que Hugo lo recordaba, sonreía al pensar que, en el fondo, había encontrado la manera más cara del mundo de romper el hielo con una nueva compañera, su colíder, la doctora Cruz.»

Entraron por la abertura hasta donde se encontraban los primeros laboratorios. Más adentro, la estructura de acero y roca había colapsado totalmente haciendo imposible ampliar la búsqueda.

Encontraron, sin embargo, suficiente material en uno de los armarios de muestras semidestruido de las primeras salas. Cajas con instrumentación, dos neveras con reactivos, carpetas y un par de discos duros en los que, probablemente, Martina debería hacer su magia.

Elena supervisó que el material sensible fuese embalado con cuidado y transportado al BV206, más estable y seguro que los pick up.

Una de las motos presentaba daños considerables debido a los disparos recibidos en la emboscada, sin embargo, el vehículo articulado únicamente mostraba un par de desconchones en la pintura por el impacto de algún proyectil perdido.

De regreso al hostal, Hugo no paraba de darle vueltas a cuáles serían sus siguientes pasos.

Tendrían que tenderle una emboscada al Sheriff Jack Kodiak para ver qué sabía, tenían que lograr contactar con Artemisa, Elena debía crear el suero para contrarrestar la infección y él debía descubrir quién fue aquella sombra del hangar que vio salir con un maletín.

Esa sombra todavía no tenía nombre.