1945 #2
Se trataban de dos hombres que, a pesar de que la explosión había ennegrecido parte de su piel, aún se distinguía su palidez caucásica, el cabello rubio ceniza chamuscado y la mandíbula afilada, rasgos que nada tenían que ver con los iñupiat de la región.
—Estos debían ser los hombres de los que habló el sheriff. Los que intentaron manipular la compuerta.
Hugo trató de abrir la exclusa, ya sin el peligro de que la trampa que colocaron se activara.
—¿Qué es lo que intentas hacer? Tenemos los vehículos aquí. Reagrupémonos en el hostal y entremos en calor.
—En las primeras salas había un laboratorio. Quizás haya material que sirva a la doctora. Val, tenemos que salvarla. No lo dice, pero está mal.
Roberto y Hugo trataron de abrir aquella puerta de metal sin éxito.
Cuando se dieron por vencidos, una luz roja se abrió paso entre la tormenta de viento y nieve que no daba tregua.
Valeria había colocado marcha atrás uno de los pick up dejándolo a escasos tres metros de la exclusa.
Tras bajarse, agarró unas cinchas que había en la parte trasera de la camioneta y las ató fuertemente al sistema de apertura.
—Martina, trae la otra pick up. — Martina obedeció sin rechistar e imitó a su compañera.
La compuerta había quedado bloqueada por una deformación estructural tras el impacto directo de la onda expansiva de la deflagración producida por la trampa de Roberto.
La compuerta también presentaba marcas de apalancamiento y rastros de soldaduras superficiales que indicaban que los hombres de Stern, o del sheriff, hicieron lo posible para abrirla,
aunque lo único que consiguieron fue el bloqueo total de la compuerta y una muerte lenta y dolorosa gracias a la metralla que salió disparada de la propia exclusa tras la detonación.
Los novecientos caballos de potencia combinados de las camionetas y varios acelerones fueron suficientes para arrancar toda la compuerta, dejando libre la entrada a aquel nodo.
El acceso estaba muy dañado y daba la impresión de que pronto cedería ante el peso del permafrost.
—Hemos de ser rápidos y cuidadosos. Si esto colapsa, quedaremos atrapados entre dos derrumbes, y será imposible salir de aquí. Entraré yo y os iré pasando el material que encuentre.
—Yo también bajo. — Dijo Elena. —Tú no sabes qué material es imprescindible y cual no.
—La energía que desprendía era la que siempre había tenido.
Vivaz, activa, empoderada. Esa era la Elena que a Hugo le gustaba ver.
—No te ofendas, pero tus experiencias en un laboratorio no son precisamente dignas de reseñar.
La sonrisa tímida de Hugo brotó en aquella tormenta de nieve y hielo.
Tenía motivos, pues la esperanza de que Elena, su amiga y compañera, bromease en la situación en la que se encontraba, le aportaba algo de tranquilidad en aquel infierno.
A su mente regresó un recuerdo vívido, de sus comienzos en el equipo.
«25 de octubre de 2023. Cuartel del Equipo HOSTES. Salamanca.
En el edificio acristalado que se podía ver desde la carretera que atravesaba el polígono industrial de Salamanca y cuya estética negra y futurista destacaba entre fábricas y concesionarios, el cual emulaba a un edificio de oficinas y que daba cobertura al cuartel general del equipo HOSTES,
el laboratorio de investigación criminal y ciencia forense que Elena había ayudado a crear estaba por fin terminado.
Olor a acero inoxidable, mobiliario reluciente, vitrinas sin un solo arañazo, lámparas LED que bañaban todo a su alrededor de una luz blanca casi quirúrgica y aquellos equipos que parecían piezas futuristas recién sacadas del embalaje formaban uno de los laboratorios de criminalística más avanzados
del país.
Para Elena, era su templo, su espacio recién acabado y acorde a sus peticiones como jefa del departamento científico y de investigación.
Para Hugo, aquello era un campo de minas.
Tocase lo que tocase, seguro que la cagaba.
Pero como colíder de aquel equipo, él tenía que conocer lo básico del funcionamiento de aquel lugar.
—Esto no es una comisaría, Navarro. — Le advirtió ella con tono serio mientras le entregaba una bata blanca impecable, aunque tres tallas más grandes.
Se tomaba su laboratorio muy en serio, al igual que Hugo su galería de tiro.
—Con tu sueldo, no tendrías ni para pagar una mínima parte de este material.
—Esto suena a advertencia de que el que rompe, paga. — Hugo se la puso con aires de alumno de Hogwarts que entra por primera vez en una clase de pociones.
Elena le mostró una mesa con reactivos comunes usados en criminalística: frascos de ninhidrina para revelado de huellas, disolventes como acetona y metanol, y un par de contenedores con restos de fibras de ropa selladas para prácticas.
En la otra esquina, bajo una campana extractora, el flamante espectrómetro Raman esperaba como la joya de la corona que era.
Un aparato de seis cifras luchado en una dura negociación con el coronel Pastor para adquirirlo pues les reventaba el presupuesto asignado.
Estaba conectado a su ordenador personal.
Un ordenador con una pantalla que aún tenía el protector de fábrica.
—Ayer aprendí a disparar, hoy tú aprenderás a moverte por un laboratorio.
Has de ser prácticamente aséptico, meticuloso y muy cuidadoso.
Esto puede ser más peligroso que un arma de las tuyas.
— Elena le señaló una pipeta automática.
—Vamos a empezar por algo sencillo: unas gotas de este reactivo en esta fibra para ver su espectro en el regalo del coronel. Así lo estrenamos.