UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL #4
—¡NOOOOOO! QIMUGLUKPIURAQ, ¡PERRAAAAAAA! — Nils disparó varias veces, Elena cerró los ojos.
“Al fin, tu hora. Adiós”
Hugo corrió hacia su compañera, mientras Martina disparaba en dirección a Nils, cegado por la rabia. Elena cayó al suelo. Nils se dobló y retrocedió un paso, llevándose la mano con el arma al abdomen. Uno de sus proyectiles había rebotado impactando en su propio cuerpo.
En la parte superior, los disparos también cesaron. Valeria y Roberto habían neutralizado a sus tangos, centrándose en la escena que se estaba produciendo abajo.
—¿Jefe?
—Alfa 1, órdenes.
—… — Hugo se incorporó sobre el cuerpo de Elena.
Había caído sobre ella, cubriéndola de cualquier impacto directo.
Miró a Nils, apoyado en la puerta del pick-up.
Solo quería vaciarle su cargador en la cabeza.
Había tratado de matar a un miembro de su equipo.
Se incorporó, y cegado por un odio repentino, le golpeó en la cabeza con sus puños hasta perder la cuenta.
Lo que tenía delante era una cara sanguinolenta sobre un cuerpo con un balazo en el abdomen.
A ese científico con ínfulas le quedaba poco de vida, pero eso no le impidió que sus instintos primarios tomasen el control.
Hugo odiaba que le ocurriese eso. Levantó el cañón de su HK416 y se lo colocó en la frente.
Sabía que su oponente ya no tenía armas, por lo que aquello sería calificado como una ejecución a sangre fría.
Aquel aprendiz de científico ya era una presa inofensiva.
—¿Últimas palabras?
Un disparo resonó en el hangar. Cuatro fueron los que se oyeron acto seguido.
Uno de los mercenarios no estaba muerto, abriendo fuego contra Hugo.
No acertó. Valeria y Roberto acabaron finalmente con la distracción que fue suficiente para que Nils, sacando fuerzas de a saber Dios dónde, sorprendiera a su verdugo golpeando su costado dolorido y empujándole unos metros hacia atrás.
El científico les mostró el frasco en su mano.
Hugo volvió a encañonar directo a la cabeza de Nils.
—¡Hugo! — La doctora se había incorporado. Ningún proyectil la había herido. —Hugo, eres mejor que él. — La razón volvió a tomar el control de su enajenado compañero que teniendo que respirar profundamente, ordenó.
—Suelta eso que llevas en la mano. Estás detenido. Tienes derecho a…
Nils sabía que su final era inminente. Su cara empapada de sangre regalaba lentamente una sonrisa, más demoníaca y tenebrosa si cabía, que le confería un aspecto de psicópata enfermizo.
Miró a Elena tirada en el suelo y después fijó su mirada en el hombre que le apuntaba con un arma a un par de metros delante de él. —Ahora sé por qué te odia tanto.
—Jefe, tenemos tiro ¿escorpio? — Repitió Roberto por el intercomunicador.
—Alfa 1, su muñeca. — Algo llamó la atención de Valeria sin perder de vista el objetivo.
Hugo lo vio.
—No lo repetiré. Suelta lo que llevas en la mano. Colócalo lentamente en el suelo. Date la vuelta, coloca las dos manos en la nuca y ponte de rodillas. ¡Estás detenido!
—Si. Pondré esto en el suelo. — Exhaló una última carcajada desde lo más profundo de su ser. Cerró los ojos y respiró profundamente una última vez.
—¡Última oportunidad¡ — Advirtió Hugo
—¿Jefe?
—¿Alfa?
Lo siguiente ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Apenas unos segundos en los que el engranaje del equipo funcionó a la perfección.
Nils abrió los ojos hasta su máximo, dio un paso al frente, levantó la mano en la que sujetaba fuertemente el cilindro metálico y cuyo brillo deslumbró a través del humo residual de la explosión que acelerase todo aquello.
Estaba a punto de estrellarlo contra el suelo cuando el grito de Elena desgarró el aire.
—¡NOOOOOOOO!
No dio tiempo a dar ninguna orden y aun así, los disparos resonaron de inmediato: Val, Roberto y Hugo apretaron los gatillos casi al unísono.
El resplandor del fogonazo que produjeron las bocas de sus armas iluminó el hangar con destellos breves y consecutivos.
Nils retrocedió tambaleante hasta topar con la camioneta, soltando el contenedor.
Martina, dominada por un impulso temerario, se lanzó al frente, rodeada por los casquillos aún humeantes y los proyectiles silbando sobre su cabeza, tropezando con Elena y cayendo a los pies del científico.
El cilindro caía casi en cámara lenta buscando el estrellarse contra el suelo.
El retumbar de los disparos cesó casi igual que comenzaron, simultáneamente.
En apenas una décima de segundo, por sus cabezas corrió la posible consecuencia que podía provocar que ese contenedor liberase cualquiera que fuese la sustancia desconocida que había en su interior.
Hugo quiso salir corriendo para evitarlo, sin embargo, ya se encontraba un miembro de su equipo allí.
Martina, en el suelo, boca abajo y con las manos ligeramente alzadas y cerradas, habían conseguido sujetar en el aire aquel cilindro de metal.
El silencio se apoderó de nuevo del hangar, roto únicamente a lo lejos por el rugido de la feroz ventisca exterior.
El cuerpo inerte de Nils se desplomó sobre el cilindro y la joven informática.
Hugo, que ya estaba corriendo hacia su compañera, apenas tardó un par de segundos en quitarle el peso muerto de encima, mientras que por un instante, le sobrevoló el pensamiento de la fractura del cilindro sobre su compañera bajo el peso de aquel psicópata.
Valeria y Roberto se acababan de reunir con el resto del equipo en la planta baja. Elena, restablecida, había aprovechado para entrar en el pequeño despacho donde minutos antes estaban reunidos Kodiak y Nils.
Martina aferraba fuertemente el contenedor de metal.
Sus dedos estaban blancos de la presión.
Aquel contenedor tenía una pequeña ventana de vidrio por donde se podía ver el parte del contenido.
Se trataba de un líquido de color anaranjado que copaba casi el cien por cien de la capacidad del cilindro.
Hugo se encontraba en cuclillas frente al cuerpo inerte de Nils.
—¿Quién cojones es este? ¿Stern? — Preguntó Rob.
—No. — Respondió secamente Hugo. Para él, nunca era fácil arrebatar una vida, aunque la de aquel hombre, sinceramente, no le costó nada. No es lo que le enseñaron, aunque por desgracia, sus últimos años había tenido que aprender a vivir con situaciones para las que no había sido preparado.
—¿Entonces?
Hugo se levantó y al pasar junto a Roberto, le entregó algo en la mano. Una pieza que había pasado inadvertida en todo el incidente salvo para una persona, Alfa-2. Un detalle que ahora recobraba especial importancia.
—Joder, pero si esto es…
—G-Shock Artic Edition en color carbono. Tenemos a nuestro asesino del faro. — Descubrió Valeria.
Elena había revuelto el pequeño despacho. Allí no había nada. Ningún documento o expediente que les arrojase algo de luz a alguna de las decenas de preguntas que amenazaban aquella investigación. La doctora, reclinada sobre el escritorio, mostraba su frustración.
—No hay nada. ¡Aquí no hay nada! — Golpeaba la mesa con sus puños.
—Tranquilízate. — Hugo le extendió un papel arrugado escrito a máquina.
—¿Esto qué es?
—Léelo. — Le dio un par de segundos para que lo leyese. La doctora le miró fijamente. Este le preguntó. —¿Es cierto lo que dijiste?
Extrañada por la pregunta, respondió con otra. —¿El qué?
—Que solo tú podías crear el antídoto de Érebo.
Elena dudó. —Lo dije, pero… pero para descontrolarlo, para sacarlo de sus casillas. Necesitaba tratar de arrebatarle el control que estaba ejerciendo sobre mí.
—Sé que se te da muy bien esto de las fórmulas y la química y todo este mundo.
Eres la creadora de la base de esa sustancia.
Te conozco y conozco tu forma de trabajar.
Además, tú lo has dicho antes. No crearías nada que no tuviera su anti…
eso. Algo para interrumpir los síntomas en caso de que los resultados no sean los esperados. Un reset, como en los ordenadores.
—Eso fue hace mucho tiempo. No he vuelto a estudiar química, la formulación es compleja, ha habido muchos avances y…
—Elena, a mí no me vengas con excusas. Tú no. Te veo todos los días leyendo investigaciones, estudios y rollos de esos. Ese tío te tenía ojeriza por una razón. Estaba celoso porque eras la mejor. Y sé que lo sigues siendo.
—No lo sé Hugo. Mira como estoy. Me quedan ¿qué? horas, días a lo sumo.
—Tienes tiempo de sobra, un equipo de chicos obedientes y voluntariosos y un laboratorio.
—¿Qué laboratorio?
—¿Dónde hemos estado casi un día entero encerrados?
—Aquello está destruido.
—O no. Y en caso de que esté destruido, en el Point Barrow había material. ¿Recuerdas que no sabíamos que era todo aquello? Ya lo sabemos.
—Pero necesito la fórmula original, documentos… algo. Lo que tenemos está incompleto y, suponiendo que pudiera hacerlo, tardaría meses, años.
—La fórmula la tienes en tu sangre. De todas formas, si te encuentro esa fórmula del Érebo. ¿Lo podrías hacer?
“¿Lo ves? Te está utilizando. No han dejado que mueras porque te necesitan. Solo quiere que le prepares el antídoto por si se infecta él. Hay que acabar con esto. Hay que matarlos a todos”
Elena volvió a colocarse las manos en la cabeza. Hugo se percató de que estaba volviendo a tener problemas. Los efectos de la dosis que se le aplicó unas horas atrás estaban desvaneciéndose.
—Hugo. Agradezco todo esto, pero no voy a…
—Elena. Eres fuerte. Estoy a tu lado. Todos estamos a tu lado.
Y solo necesito una respuesta para… — Hugo calló.
Pensó que quizás estaba presionando en exceso a su amiga, y más con la lucha interna que comenzaba otra vez a apoderarse de ella.
En ese momento, la doctora levantó la cabeza y pudo ver a toda su familia en el umbral de la puerta. —Por favor. Solo dime ¿Lo puedes hacer?
Únicamente necesitaba una palabra para tirar cualquier puerta, llegar hasta donde fuera necesario o matar a quien fuese preciso.
El abrazo que le regaló Elena no supo cómo interpretarlo, esperanza o desesperación.
Sin embargo, una sola palabra, susurrada al oído, fue lo que le sacó de dudas y devolvió la esperanza al equipo.
—Sí.