Sin voz en la tormenta (Hostes 2) UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL #3
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UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL #3

—Intuí que alguien me habría sustituido en el instituto cuando abandoné el proyecto, y me supuse que, en caso de ser así, el tipo aquel no habría perdido la oportunidad, pero nunca lo supe a ciencia cierta pues, se suponía que cerraron el proyecto.

—Hasta hoy.

—Nos ha llamado “iglaat” o algo así. ¿Eso que es? — Preguntó en un susurro Martina.

—Tiene pinta de ser iñupiaq, y algo no demasiado bonito, pero mi vocabulario no llega a tanto. — Contestó Valeria a quien respondió Roberto con su habitual ironía.

—Cómo no. Pues sí que es extraño que no lo sepas el significado de…

—Vete a la…

—Silencio. — Hugo silenció a todos. Había visto algo moverse en el interior de la instalación, pero no dio tiempo a decir nada más.

Una explosión en la pared del hangar provocó el caos en pocos segundos al tiempo que los dos vehículos que llegaban por la carretera nevada aparecían por la puerta.

Creyendo que les habían descubierto, Rob y Valeria comenzaron a disparar hacia la marabunta de mercenarios que entraban por la puerta.

Del despacho salieron los dos hombres. El primero, oculto por el caos y la humareda formada por la explosión. Pero aquella espalda y aquel sombrero eran inconfundibles a pesar de haberlos visto tan solo una vez. Abandonó el hangar en uno de los Raptor sin mirar atrás.

—¿Ese era…?

—¿El Sheriff?

—Lo sabía. Ese hijo de puta me dio mala impresión desde que le vimos en la cabaña. — Dijo Rob.

El otro, un varón de metro setenta, delgado y con la cara picada ya no por acné, sino por la viruela, salía decidido del despacho. Con una pistola en una mano y un tubo metálico en la otra.

Al ver lo que estaba ocurriendo, corrió hacia el otro Ford y ya en su interior y con el motor arrancado echó un vistazo hacia el despacho.

Se había dado cuenta que había olvidado algo.

Sin embargo, sus ojos se toparon con los de la mujer a la que estaba buscando, parapetada tras unos neumáticos.

La sonrisa demoníaca que Elena recodaba se marcó en los labios del científico.

Lentamente, levantó el arma que portaba encañonando a la doctora.

—¡La camioneta blanca! — Apremió Hugo, quién se dio cuenta de cómo aquel hombre reconoció de inmediato a Elena y que este la estaba encañonando.

Tuvo el tiempo justo para agarrarla por el cuello del traje y retirarla para atrás mientras con la otra mano realizaba dos disparos con su fusil en dirección a la camioneta.

Dos impactos estallaron la ventanilla lateral del vehículo.

El científico recibió una lluvia de esquirlas y fragmentos rotos del cristal.

De su cara, ya marcada de por sí, comenzaron a brotar gotas de sangre.

Su mirada fría y siniestra, se volvió más desafiante aún.

Ahora sabía a ciencia cierta que el sheriff Kodiak no había podido cumplir su misión de acabar con aquellos extranjeros, y en su mano estaba el cumplir las órdenes que había recibido de una instancia superior.

Eliminar al líder de HOSTES y recuperar el cuerpo de la infectada.

Salió del vehículo con decisión. Observó cómo, desde el exterior del hangar, dos grupos de mercenarios, de sus mercenarios, estaba disparando al piso superior.

No sabía más, no quería saber más. El blanco ya estaba elegido: la estudiante estrella y pupila de Kairos Stern.

La niña de oro de la que tanto alardeaba el viejo maestro y de la cual únicamente escupía elogios.

—Hola Elena. Gracias por venir a morir aquí. No debía ser así pero, adivina: finalmente eres la paciente alfa de tu propia investigación.

Elena, desde su parapeto, escuchaba aquello con zozobra. Era la confirmación de que había sido infectada con la evolución de la sustancia química que ella misma ayudó a crear.

“Ves como al final, tu muerte está cerca”

La doctora se llevó las manos a la cabeza.

La pesadilla volvía a reactivarse. Hugo se giró de golpe hacia el despacho.

“Joder, juraría que algo se ha movido ahí”, aunque pensó que se trataba simplemente del efecto túnel que hacía su aparición.

Sin embargo, volvió a centrarse en el hombre de la pick up.

—¡No sé quién cojones eres, ni que haces aquí! pero te recomiendo que digas a tus hombres que dejen de disparar y se rindan. Somos agentes de la ley…

—Sois unas simples kautiqtuq iglaaq, ratas de laboratorio que están dando más problemas de lo normal. — Levantó de nuevo su arma, esta vez con más rabia y realizó varios disparos en dirección a los neumáticos. Ninguno acertado.

—Este tío no ha disparado en su vida o lo disimula muy bien. — Susurró por el equipo Hugo.

—¡Alfa 1, necesitamos ayuda aquí! — Solicitó Valeria.

Martina disparó en dirección hacia donde se encontraban aquellos mercenarios logrando abatir a un par de ellos. No se lo podía creer.

“Joder ¿Y ese quién es?”. Hugo vio esta vez a una figura tratando de ocultarse de todo lo que allí estaba sucediendo mientras salía corriendo del despacho. La silueta llevaba en la mano un maletín.

Elena se asomó tras los neumáticos.

—¿Por qué haces esto Nils? Yo no te he hecho nada.

—Tú me arrebataste las enseñanzas maestras de K.

—¿Yo? fue él quien me eligió. Tú no habías llegado cuando iniciamos la investigación. A quien deberías pedir explicaciones es al doctor Stern. Yo no hice nada.

—Eras la más brillante del Instituto, pero no conseguiste finalizar tu investigación. Yo la mejoré y la finalicé.

—¡Imposible! Sin modificar las secuencias de proteínas no se iban a eliminar los efectos secundarios, y sin solucionar eso, el Érebo-3 nunca se podría comercializar.

Hugo, tras perder de vista a la figura que salió del despacho abandonando el hangar por el agujero de la explosión, le susurró a Elena. —Pregúntale por el antídoto.

Una sonrisa demoníaca inundó el hangar. —Jajajaja.

¿De verdad sigues creyendo que el Érebo se estaba creando para tratar las lesiones cerebrales?

¿Para vendérselo por una miseria a cualquier hospital o farmacéutica?

Jajajajaja. — Miró a los ojos a Elena. —A juzgar por tu expresión, sí. Simple, inocente, ¡estúpida!

Elena no daba crédito. Ahora tenía la certeza más absoluta de que la habían utilizado.

Hugo realizó un par de disparos, acertando en uno de los mercenarios que estaba ganando posiciones y acercándose peligrosamente hacia ellos. —¡Elena!, ¡el antídoto!

—Doctora Cruz, me gustaría tratar este asunto tomando una taza de café, pero sencillamente el tiempo corre y el destino ha querido que fueras tú el espécimen prime de la evolución de tu creación, el Érebo-6.

Elena miró con preocupación a Hugo, y este, bajando el arma le colocó la mano en la espalda. Quería demostrarle que no estaba sola y que nadie la culpaba por aquello.

—¿Érebo-6? ¿Habéis sido capaces de continuar mi investigación?

—¡La mía! ¡Mi investigación! Doctora de pacotilla. Todavía no sé qué te vio.

—¡Elena! — Volvió a apremiarla Hugo.

La doctora trataba de mantener la calma, pues había comprendido que fue un instrumento de usar y tirar para Stern. —¿Y qué llevas ahí? — Sabía que esos frascos herméticos se utilizaban para trasladar toxinas o sus antídotos.

—¿Esto? — Reveló la mano que ocultaba el frasco metálico. —Esto es, digamos… un pedido especial.

En ese momento, quiso tomar el control de aquella situación, volviendo a ser la ST-2 de HOSTES. Su equipo, su familia, la necesitaba. Con decisión, volvió a fijar la mirada en Nils. —¿Hay antídoto?

—Bueno… digamos que… No. — La risa diabólica volvió a estallar en el hangar. —No, no, no… no la hay.

La desesperanza sobrecogió a Elena.

—¿Sabes que es lo más gracioso? K. siempre dijo que la única persona que podría crear un antídoto para salvar a la humanidad de ella misma serías tú. Así que… ¿para qué me iba yo a molestar en intentarlo?

“Ya está. Muerta al fin.”

Elena giró la cabeza ligeramente hacia Hugo susurrándole —No existe antídoto.

— Hugo sintió la desesperación y el miedo cuando miró a los ojos de Elena.

Había tomado una decisión por el bien de todos.

Una decisión que tomó por sorpresa a sus compañeros.

Estaba saliendo de detrás de su parapeto de neumáticos cuando se giró hacia Martina lanzándola un beso de despedida.

Miró nuevamente a Nils. Ahora, quien se reía era Elena dejando descolocado a aquel desdeñoso investigador.

—¿De qué te ríes?

Las carcajadas de Elena eran cada vez más estruendosas, consiguiendo sacar de quicio a Nils.

—¡Puta niñata! Qimuglukpiuraq.

Elena cesó y le miró fijamente.

—¡Eres tan inútil como tu maestro! Y ambos tan incompetentes como Archor.

— Al oír aquel nombre, a Nils le tembló el pulso y le cambió el rictus de su cara picada.

—Con todos los laboratorios de los que disponéis, con toda vuestra tecnología e inteligencia, sois tan imbéciles que creáis un arma de destrucción masiva y tan inútiles que no sabéis crear su propio antídoto.

— Aquello confundía a la par que desquiciaba cada vez más al científico.

No concebía que una mujer, infectada, acorralada y a punto de morir, fuera capaz de poner en evidencia a las tres mentes más inteligentes del planeta.

La suya, la de su mentor, y la de su jefe.

—Escúchame quiero y no puedo. Siempre serás un segundón ayudante de alguien.

Tus ínfulas de grandeza no hacen más que evidenciar que eres un inútil que no sirve ni para llevar una taza de café en una bandeja, cuanto menos para crear algo útil para la humanidad.

Te estás atribuyendo méritos de otros únicamente por modificar componentes a nivel molecular, que otras personas con más cerebro que tú nunca hubieran modificado por ética profesional.

—Elena observaba que la rabia crecía dentro de él al ver que su mano, portando una Beretta, comenzaba a temblar de ira.

—¡Mírame bien payaso! Seguramente yo moriré.

Millones de preguntas en mi cabeza se quedarán sin respuesta, pero gracias a tu torpeza, acabo de responder a la que más atormentaba en los últimos días.

Ahora sí estoy segura de porqué me escogió Stern para ese trabajo y no a ti.

— La rabia y la ira estaban inundando a aquel científico hasta casi desbordarle.

Elena se expuso más. Giró su cabeza ligeramente hacia Hugo guiñándole un ojo.

—Yo sí habría podido crear el antídoto. ¡Soy mejor que tú!