Sin voz en la tormenta (Hostes 2) UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL #2
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UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL #2

La doctora contuvo la respiración. Desde que había llegado a ese lugar infernal, su cuerpo no le respondía y su cabeza le jugaba malas pasadas, pero ahora estaba lúcida y algo en el tono de voz, en la cadencia gutural y el ritmo tan particular que tenía ese hombre al pronunciar la i, la q,

y las silabas prolongadas, le produjo un sentimiento de desasosiego y ataraxia simultánea.

En aquel cubículo, uno de los hombres intercalaba su idioma con alguna clase de dialecto local. Martina, ahora pendiente de aquellas voces, creyó identificar aquella jerga.

El otro hombre tenía la voz aún más grave. Se intuía corpulento y por lo que se podía apreciar a través de la cristalera sucia del despacho, vestía una gabardina y un sombrero de ala ancha. Destellos esporádicos se reflejaban en el cristal a la altura de su pecho.

—Se acercan un par de coches, y no creo que vengan a entregar la cena. — Indicó Valeria que estaba observando por la ventana del piso superior.

—Si llegan estaremos en clara desventaja. No nos sobra munición y no tenemos apenas cobertura. — Respondió Roberto.

Elena permanecía rígida, tensa, con la mirada fija en la pared opaca de pladur que separaba su escondite de la tenue luz del despacho. —¡No puede ser! Ese es…

«21 de noviembre de 2014. Instituto Global de Farmacología Aplicada de Oslo.»

Una joven doctora Cruz se encontraba tomando café junto al ilustre doctor Kairos Stern, jefe del Departamento de Biología Estratégica Aplicada y director del programa de Tecnología Disruptiva de Biomedicina.

Un título que a Elena le resultaba gracioso y muy rimbombante, sujeto de bromas entre ellos dos.

Entre tazas cerámicas y el tintinear de cucharillas, y acompañados por una ligera llovizna gris que golpeaban en el exterior de los ventanales de la cafetería,

ambos estaban discutiendo la idoneidad de modificar ciertas proteínas en los componentes de sus ensayos clínicos para evitar algunos de los efectos secundarios del fármaco Érebo-3.

—El porcentaje de efectos secundarios sigue siendo demasiado elevado, Kairos. La fiebre, los temblores y la desorientación, son síntomas leves, pero… el alto porcentaje de daño degenerativo en la memoria de los sujetos de prueba no es un margen tolerable para un ensayo clínico.

—Depende de quién sea el que defina el término “tolerable”. Hay estudios en los que un treinta por ciento de reacción adversa sigue siendo un margen “tolerable”, un bajo precio a pagar en comparación con los beneficios aportados.

—¿Un bajo precio? No estamos negociando con estadísticas K., hablamos de personas. Si ajustamos el modulador BDNF, podríamos reducir las reacciones a la mitad.

Stern arqueó una ceja. —Modificar esa neurotrofina significa tocar la base de Érebo. Si pierde potencia, todo el proyecto se derrumba y créeme, no todos aquí aceptan perdidas de ese tipo.

—¿No todos? Hablas como si hubiera alguien más decidiendo sobre nuestra investigación por encima de nosotros.

¿No eres el director del programa? ¿El jefe de “los batas blancas” de esta institución?

¿O tienes que rendir cuentas a algún supervisor?

¿Alguien más inteligente que el doctor Stern?

— Una mueca sarcástica apareció en el rostro de Elena. — ¿Hay algo que no me has contado?

Stern sonrió, aunque su gesto denotaba cierta evasión en aquellas preguntas. —Llámalo… interés, no supervisión. Este estudio tiene muchas novias, y… hay demasiados ojos en este lugar, Elena. Mejor concentrarse en los resultados que en las políticas. El resto déjamelo a mí.

—Si evitar que un organismo colapse es “política”, entonces sí, prefiero hablar de eso.

—Idealismo puro. Necesario para avanzar, aunque hay que hacerlo con pies de plomo. Solo ten presente que tenemos plazos, financiación limitada y que no todos valoran las mismas prioridades en una investigación de este calibre.

Elena estaba desconcertada. En silencio, ambos bebieron un sorbo de sus respectivos cafés.

En ese minuto de reflexión silenciosa, Stern desplegaba unas notas manuscritas relacionadas con el Érebo-3 sobre la mesa cuando Elena percibió que no se encontraban solos al tiempo que recibió un golpe en su hombro. Una bandeja tambaleante derramó unas gotas de café sobre la mesa.

—Excuse me…— La voz era grave, con un timbre irregular, como si se arrastrara entre los dientes. Se intuía que no era su lengua común ni materna. —…no era my intención.

El hombre que la observaba tenía el rostro joven, imberbe y con acné juvenil severo. Sostenía la bandeja con torpeza intentando recomponerse y mantener el equilibrio de la misma.

—Eres… Elena, perdón… la Doctora Cruz ¿Verdad? — Preguntó, aunque lo sabía de sobra. Ella asintió, aún molesta por el golpe. Él sonrió con una mueca demasiado ensayada hacia su acompañante. —My nombre es Nils. Nils Kuaruq, de Puppebu. Una pequeña ciudad en la isla de…

—¿Qué quieres? —Cortó secamente la doctora. —Estamos en medio de…

—Debe de ser… fascinante trabajar tan de cerca con el doctor Stern. Su metodologya es… brylliante, única. —Se apreciaba una devoción enfermiza. Elena notó que el hombre no la miraba a ella, sino que trataba de leer las anotaciones que había sobre la mesa.

—Es… exigente. — Respondió ella con distancia.

La conversación se deshizo en banalidades mientras trataba de ocultar la investigación. Pero esa voz, se le grabó en el cerebro.

Desde ese día y hasta que la doctora abandonó el Instituto de investigación en Oslo, el joven trataba de coincidir con ella de un modo que casi rozaba niveles psicopáticos, pero sobre todo, con quién trataba de coincidir era con el doctor Stern por los pasillos,

cafetería e incluso en algún box de laboratorio.

Aunque de vez en cuando tuviera pesadillas con él, lo que más le molestaba era su sonrisa.

Una sonrisa afilada, vacía, siniestra, que infundía más pavor y turbación que alegría.

La joven doctora le mostraba indiferencia pues Nils Kuaruq, como se llamaba el joven estudiante, defendía a Stern con un fanatismo casi enfermizo, como si el doctor fuera su padre, su mentor, su único mesías y salvador. Sus opiniones eran incuestionables.»

—Necesita la confirmación de que los iglaat están muertos. Todos. Tenéis que recuperar los cuerpos. — Dijo el primero de ellos. Su voz era grave, oscura, arrastraba las palabras y parecía que tenía cierta superioridad respecto al otro individuo.

—Los inútiles que tenéis a vuestro cargo no saben hacer la “o” con un canuto. No sé quiénes son esos forasteros, pero han conseguido cargarse a ocho de tus mercenarios de un plumazo.

—Y ¿quieres usar a tus hombres?

—Mis hombres no aceptarían esta barbarie.

—Te pagamos para que hagas la vista gorda con nuestros asuntos y para que limpies la mierda que dejamos. ¡Hazlo! O el trato se rompe.

—Si me tuvieras informado de todo y no me ocultaseis nada, estas mierdas no pasarían.

—“Tengo un contacto en el aeropuerto. Yo me encargo”.

— Dijo el primero de ellos mostrando en la voz con claros signos de mofa, aunque rápido volvió a adoptar el tono autoritario que había tenido hasta ahora.

—La cagasteis al infectar al sujeto equivocado.

Lo dijo bien claro. Teníais que infectarle a él, no a la investigadora.

Esa doctora era importante para nosotros. ¡Kinnauq!

—No te atrevas a faltarme al respeto. Tu no me das órdenes, y si de mi dependiese…

—De ti no depende nada. Tu dependes de nosotros. Haz lo que tengas que hacer, ¿entiendes? Lo que sea.

Cogiendo aire y tomándose un segundo para tratar de calmarse, el hombre de la gabardina dijo. —La exclusa ha explotado, y se ha llevado por delante a un par de tus hombres. Ha habido otra explosión en el interior y se ha derrumbado más de medio complejo. Ahí no queda vivo nadie.

—Quiere ver sus cuerpos. Y yo también.

—Pues que baje él mismo a por ellos. Y si no, baja tú y buscas entre los escombros lo que te salga de los cojones.

—No tienes ni idea…

—Mira, hago todo lo que puedo. Por si no te has dado cuenta, hacía casi cuarenta años que no había una tormenta de hielo y nieve como esta.

Estamos a casi cuarenta grados bajo cero ahí fuera, tengo a un par de tus hombres tratando de forzar con un soplete un amasijo de hierro y roca en la que se ha convertido la entrada de tu laboratorio, y el resto vienen hacia aquí para tratar de acceder por el túnel.

—Cuando te comuniquen que están muertos, coloca cargas y dinamita toda la instalación. Que desaparezca. No puede quedar rastro. Pero primero… primero tienes que confirmar que están muertos.

—Pero, ¿quién es esa gente? ¿Qué los hace tan importantes?

—No son nadie que te importe. Solo obedece.

—Cuando me topé con ellos no parecían gran cosa.

—No te importa. Solo tienes que saber que a él si le importa que no salgan con vida de aquí. Sobre todo, el que se dice jefe.

—Insisto, sino me informáis no puedo hacer mi trabajo. Y lamento informarte que, si realmente esa mujer ha empeorado desde que la vi, probablemente ya esté muerta.

—Por tu bien, espero que no sea así. Para nosotros, esa es la más importante del grupo. Él quiere verlos muertos a todos, pero nosotros dos la necesitamos. Aunque esté infectada. Aunque sea su cuerpo moribundo. Al menos, su cuerpo infecto, pero tráenosla.

—¿Para qué?

—Si vuelves a hacer otra pregunta estúpida, te jubilo. ¿Ha quedado claro?

Elena no tenía duda y se llevó las manos a la boca tratando de ahogar un grito. Martina y Hugo no la perdían de vista. Ella se dio cuenta.

—Ese hombre… — Susurró.

—¿Le conoces? — Preguntó Hugo levantando el cañón de su arma y apuntando a la pared del despacho.

—Si. Se llama Nils… no sé qué. Trató de quitarme mi beca de investigación en Oslo. Quería a toda costa trabajar con Stern.

—Pues creo que lo ha conseguido. — Interrumpió Martina.

—Estaba a todas horas hablando de sus estudios, de que Stern era el científico más grande y brillante de su tiempo. Le idolatraba.

—Joder con Stern. — La voz de Roberto se coló por el auricular.