Sin voz en la tormenta (Hostes 2) UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL
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UNA LUZ AL FINAL DEL TUNEL

“5 de diciembre. 05:17 AM (hora local). 71,14º N, 156,96º O. Túnel bajo el permafrost, 20km al sur de Kovac Bay.”

El pasaje excavado en el terreno gélido de aquella latitud era de aspecto similar a las galerías de las minas que proliferaron años atrás en el Valle del Nalón asturiano, aunque totalmente opuesto en su composición.

El suelo pizarroso y silíceo del norte de España nada tenía que ver con la roca helada y el permafrost endurecido que formaba aquella parte de suelo del norte de Alaska.

La estrecha galería con paredes irregulares presentaba un ambiente oscuro, frio e inundado por un aire difícilmente respirable, impregnado de un olor mineral mezclado con el moho que proliferaba en la estación veraniega del norte ártico.

El equipo llevaba andando en torno a una hora y media y no conseguía ver el fin de aquel túnel.

Ni salida ni señales de vida. Habían tenido que avanzar a través de zonas donde el agua, casi congelada, les llegaba hasta los tobillos y los crujidos bajo sus botas anunciaban que aquellas lagunas estuvieran a punto de convertirse en hielo sólido.

En otros tramos, la galería se estrechaba de forma brutal; la roca era tan dura y antigua que el túnel apenas permitía el paso de una persona.

Tenían que girarse de lado, contener la respiración y rozar con los hombros y el pecho las paredes frías y húmedas, sintiendo cómo la piedra parecía querer atraparlos y devorarlos.

Roberto y Hugo fueron los que más dificultades tuvieron en esos puntos.

—Llevamos casi tres kilómetros y no se intuye una salida cercana.

—Este túnel es la única vía de escape que tenemos de aquella tumba. ¿Prefieres que nos demos la vuelta? — Respondió Hugo a Martina. Estaba más tranquila tras lo sufrido en el bunker. Además ya no tenía que estar pendiente de Elena, por lo que por unos minutos, podía ocuparse de ella misma.

—A ver qué explicación damos para justificar que hemos abandonado los vehículos.

—Ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos. — Respondió mientras sentía de nuevo las palpitaciones en su costado.

—¡Madre mía! — Se detuvo Martina de repente echándose las manos a la boca. — El material. Llevábamos parte del material en los vehículos. ¿Cómo vamos a…?

—He dicho que tranquilidad. Lo primero es salir de aquí. Después a nos ocuparemos del material y de los vehículos.

Tras un par de giros inesperados de la galería, el claustrofóbico y agónico pasaje comenzó a cambiar. Aparecieron listones de madera en el suelo y, sobre sus cabezas, una hilera de cables y bombillas apagadas se extendían hacia delante.

—Creo que estamos llegando al final del túnel. — Apuntó Val que había tomado el relevo en la vanguardia del grupo.

Unos cien metros más adelante, una pared vertical anunciaba que el trayecto había llegado a su fin. Clavado en la pared, unos peldaños de metal ascendían en vertical hacia lo que parecía una exclusa metálica de apertura manual.

—¿Tenemos la cámara flexible? — Solicitó Hugo.

—No. La dejamos en el hotel. — Respondió Val mientras tomaba posiciones tras Hugo.

Éste, mostrando una mueca lastimera, comenzó el ascenso peldaño a peldaño soportando el dolor del costado, que se acuciaba a cada paso que daba.

No obstante, el dolor de brazo herido, al tratar de forzar la esclusa de salida sobre su cabeza, hizo que el anterior se le olvidara.

Con un giro en el mecanismo, logró desbloquear el acceso y levantó ligeramente aquella pesada losa de hierro permitiendo que una ráfaga de aire helado entrase en aquel túnel, acompañado de un rugido atronador provocado por las rachas de viento del exterior.

Tras un rápido y furtivo vistazo, volvió a cerrarla y se reunió con el equipo.

—¿Qué has visto? — Urgió Martina, sacudiendo de su cabello rojizo la nieve que acababa de entrar.

—Parece un hangar. A unos cincuenta metros. Hay poca luz y se escuchan voces.

—Podrían ayudarnos a…

—Negativo. — Hugo se colocó el auricular.

Ya sabían lo que aquello significaba y le imitaron.

—Hay dos tangos de blanco en la entrada.

Armados. — Al oír aquello, Roberto y Valeria empuñaron sus armas instintivamente.

—Me ha parecido ver a un tercer tango, en uno de los laterales.

Creo que ese estaba haciendo la ronda por el perímetro.

—Lo mismo son instalaciones federales. — Insistió Martina. —Ahora mismo no sabemos dónde estamos.

—No había federales en cuatrocientos kilómetros a la redonda, y no los hemos andado.

Además, esos que he visto, tenían más pinta de mercenarios que de policías.

No voy a arriesgarme. Puede que sean los mismos que nos emboscaron cuando llegamos a la puerta principal del nodo oeste.

Seguramente tengan algún vehículo en su interior, así que vamos a por todas.

En silencio. — Hugo miró a la doctora. —Elena, te ves capaz de…

—No te preocupes. El aire fresco me terminará de espabilar.

Asintió con la cabeza mientras continuaba. —La tormenta ha regresado y la visibilidad no es muy buena. Así que, en cuanto los tengamos a tiro, neutralizadlos. No dudéis. Martina, usa el escáner térmico para ver si hay más.

—Recibido. —Dijo mientras echaba mano a su mochila.

Valeria fue la primera en salir por la escotilla, tras ella, Roberto y Hugo. Para cuando salió Elena, dos cuerpos se intuían tendidos en el suelo.

—Puerta despejada.

Los disparos certeros de Valeria quedaron totalmente amortizados por el sonido de la ventisca.

Un destello iluminó la cara de Hugo. Acababa de realizar otro disparo, neutralizando al tercer hombre que se encontraba reconociendo el exterior de las instalaciones antes de que llegara a la zona donde se encontraban los otros dos cuerpos y pudiera dar la voz de alarma.

—Lado izquierdo despejado. — Indicó Hugo que, al tiempo, buscaba posibles huellas en la nieve.

“Si hubiera pasado alguien por aquí en los últimos minutos, esta puta borrasca habría hecho desaparecer también las huellas, como lo hizo en la estación meteorológica.”

—Por cierto, no hay huellas procedentes del túnel más que las nuestras, así que es imposible saber si alguien más ha utilizado el túnel antes que nosotros.

Martina apuntaba tras ellos con el escáner para asegurarse de que no había nadie a sus espaldas y, tras comprobarlo, lo dirigió al frente.

Como dijo Hugo, a unos cincuenta metros, la silueta de un hangar emergía como un bloque oscuro y abandonado en mitad de la nada.

Localizó un vehículo estacionado con el motor aún caliente.

Al ampliar un poco la búsqueda, en silencio tocó el hombro de Rob para mostrarle que, ocultos por la oscuridad, acercándose rápidamente, dos manchas térmicas se acercaban corriendo en dirección a la puerta de entrada de personal del hangar.

—Derecha, dos corriendo hacia el hangar. — Indicó al resto por el transmisor.

Los tres tiradores apuntaron hacia su derecha con sus armas y realizaron dos disparos cada uno.

Aquellos borrones térmicos de color amarillo cayeron al suelo, comenzando a fusionarse lentamente con el color azul del entorno en la pantalla del escáner.

Estaba claro que un cuerpo inerte, en aquellas condiciones, perdía temperatura a una velocidad más rápida de lo normal.

Hugo se dio cuenta de aquello y en seguida pensó en lo ocurrido con la mujer desnuda un par de días antes.

“Ahora entiendo las lecturas del escáner”, pensó.

—Les he dado yo. — Dijo Roberto.

—Tú no le das ni a un elefante en la galería de tiro. Los he neutralizado yo. — Afirmó Val.

—¡Ya! Se acabó la discusión. Bravo 5, ¿alguno más?

Martina seguía estudiando el terreno. Ninguna silueta se apreciaba en la pantalla. —Negativo jefe.

—Perfecto, avanzamos. — Se levantó y con él el resto del equipo, comenzando la carrera hacia la puerta lateral del hangar. —Y he sido yo. — Valeria soltó una carcajada humillante por el transmisor.

Ya en la puerta, Roberto la abrió lentamente, permitiendo que el resto del equipo accediese al interior.

Aquel era lo suficientemente grande como para guardar una avioneta de tamaño medio, si bien, ahora estaba ocupada por un par de camionetas Ford Raptor con doble eje trasero y ruedas de nieve.

Al fondo, unas voces discutían dentro de un pequeño despacho iluminado por la tenue luz de una lámpara. La oscuridad les daba cobertura.

—Jefe, este hangar no existe en los mapas que tenemos. Ni siquiera en los del satélite. Recuerdo perfectamente los aeródromos de la zona, y salvo el del propio Kovac Bay, no hay ningún otro en doscientos kilómetros a la redonda. — Susurró Martina

Se dispersaron por todo el hangar, tomando posiciones con el fin de asegurarse que únicamente los acompañaban allí, los dueños de aquellas siluetas que se encontraban en el despacho medio iluminado.

Elena y Martina permanecieron en el piso principal junto a Hugo, tratando de escuchar más de cerca aquella airada conversación.

Hugo, con el vendaje de su brazo y la mandíbula apretada por las molestias que sentía, apoyó su mano contra la chapa de la pared del hangar tras trastabillar ligeramente.

Las fuerzas ya le comenzaban a fallar. Valeria subió por la escalera que conducía a la planta superior.

Roberto tomó el lado opuesto a Valeria en la primera planta del hangar.

Observaba los vehículos trazando un plan de huida en caso de que fuera necesario.

La doctora se detuvo de golpe. Su rostro se tensó y volvieron los sudores fríos. No fue porque el suero inyectado en el laboratorio le dejase de hacer efecto, sino porque apenas le bastó un segundo para sobrecogerse al escuchar una de las voces que salían del interior de aquel despacho.

—Elena ¿estás bien?

—Esa voz…

—¿Vuelves a oír voces? Por favor, no me digas eso. — Le suplicó Martina.

—¿Eh? No… no. — Airó una mano tratando de silenciar a su compañera mientras adelantaba a Hugo, quien llegaba a ocultarse tras una pila de neumáticos junto a los despachos. Ese lugar les proporcionaría una fantástica cobertura y les facilitaba la escucha.

—¿Cómo se llamaba…? ¿Cómo se llamaba…?

—Elena, por favor ¿Qué te ocurre ahora? — Le susurró con voz queda Martina.