EL NIVEL SELLADO #2
—pero tengo claro que, si logro salir de aquí, alguien, el Coronel, tú, — señalaba a Hugo con el dedo.
— Alicia o quién sea me va a pagar unas buenas vacaciones con sol, hamacas, relax y muchos…
muchísimos San Franciscos y Piñas Coladas.
En ese momento, otra explosión, esta vez menos fuerte, sacudió en la lejanía el nivel superior.
—Esa creo que era la exclusa del nivel superior. Creo que acaban de abrirla. — Dijo Roberto.
—¡Venga ya! — Martina se echó las manos a la cabeza.
—Les va a dar igual. No pueden acceder a este nivel. Cualquier acceso está bloqueado tras el derrumbe. — Aseveró Valeria.
—Mantened la calma y centraos. Aquí no va a bajar nadie, como ha dicho ya Valeria.
Si han logrado abrir aquella escotilla, la explosión los habrá ralentizado o matado.
Tenemos que mirar al frente, encontrar un antídoto para lo que sea que le ocurra a Elena, — Hugo la miró, haciéndose cargo del peso que llevaba encima. —y salir de aquí.
“Me quiere. Me aprecia. Me necesita.”
Elena amagó con vencerse a su propio peso, pero Martina la sostuvo susurrándole esta que se encontraba bien.
Valeria interrumpió aquel momento de desesperación.
—¿Habéis notado que las pisadas, aunque formen un amalgama de huellas en varias direcciones, para donde no van es en aquella?
— Señalaba con un movimiento de brazo hacia el derrumbe.
Por regla general, sus comentarios aportaban calma, serenidad y coherencia en ese tipo de situaciones.
Todos siguieron con la mirada las pisadas.
—Quien sea, o sigue por aquí, escondido, o, si no lo está, quiere decir que hay otra salida. Por donde hemos venido no ha pasado, así que continuamos. — Instó Hugo.
Tratando de mantener alejado el pensamiento de morir sepultados a unos cuantos metros bajo toneladas de tierra, roca, nieve y a miles de kilómetros de sus casas, continuaron, hallando más adelante lo que parecía una sala de observación y vigilancia.
Cristales blindados separaban una habitación de otra en la que se podían intuir pequeños cubículos con camas empotradas.
En uno de ellos todavía había jirones de ropa y manchas secas de lo que parecía sangre seca en las paredes.
En otro de los cubículos, se encontraba una mesa metálica y sobre ella un cuerpo carbonizado reducido casi a huesos.
Martina no pudo contener un suspiro de repulsión.
—¿Esto era un laboratorio, una cárcel o un crematorio?
—Eso son los síntomas del NK-7 que aparecían en los informes del Point Barrow.
Nekro-7. Creado por Stern. — Elena se encontraba estupefacta ante aquel cuerpo, o lo que quedaba de él.
—Este es el lugar al que se esfumó. Se recluyó aquí para desaparecer de la opinión pública y poder continuar con sus investigaciones y…
y recrear sus experimentos. — Una convulsión se apoderó del cuerpo de Elena.
Martina la agarró con fuerza. Hugo la ayudó.
—¿Te encuentras bien? ¿Quieres que paremos un minuto?
—No. Lo que necesito es salir de aquí. Que me dé un poco el aire fresco de fuera. — Con dificultad, trató de esbozar una sonrisa.
“No eres más que una carga para el equipo. Míralo. Se le ve en sus ojos. Hugo te quiere muerta, la pelirroja te quiere muerta, todos te quieren muerta por lo que has hecho. Eres la responsable de la próxima pandemia mundial. La aniquilación de la civilización. Debes morir”
—De verdad, estoy bien. Solo necesito algo de aire.
Hugo sabía que debían salir de allí, pero para ello tenían que acabar de revisar aquella instalación, localizar al responsable de aquellas pisadas y buscar una manera de volver a respirar aire limpio.
Roberto revisó una consola oxidada que se encontraba en una de las salas. Los discos duros rotos por la mitad, la pantalla estaba muerta y el teclado y ratón destrozado a golpes.
—No podemos recuperar nada de aquí. Alguien se encargó de borrar su rastro a conciencia. Y no hace mucho. — Afirmó Rob.
—¿Tras la explosión? — Preguntó Hugo.
—Negativo. Como dice Rob, esto ha sido reciente, pero mucho antes de la explosión. Mira, todo tiene polvo. — Concluyó Valeria.
Al final del corredor encontraron tres puertas, en el punto justo donde convergían todas las pisadas que, entremezclándose sin ningún orden aparente, se superponían unas a otras en un caos imposible de descifrar una dirección a seguir.
La primera, cerrada, cedió con una patada de Hugo, revelando una cámara de almacenaje vacía como las otras que habían encontrado anteriormente.
En ella volvía a rezar el nombre del componente Somnex-9, pero esta vez fue lo que continuaba en ese código lo que le llamó la atención de Elena. La denominación del sujeto de prueba.
«SOMNEX-9 — PROTOCOLO CERO — SUJETO PRIMUS»
—Esta fue la suya.
—¿Qué quieres decir? ¿De quién? —Dijo Rob.
—La catalogación de las capsulas es muy similar a las de mis investigaciones en Oslo.
“Protocolo cero” indica que aquí se aplicó la fase final del tratamiento, y “Sujeto Primus” indica que se trataba de un individuo de referencia para la experimentación.
Así organizábamos los estudios. — Agachó la cabeza culpable.
—Cabría pensar que es la evolución del proyecto Érebo-3 original.
Creo recordar que en el expediente Somnex indicaba que inducía un estado de muerte clínica controlable.
— En los momentos más difíciles era donde Valeria sacaba a relucir sus cualidades, y la memoria fotográfica era una de ellas.
—Eso era lo que pretendías crear ¿me equivoco?
—Sí.
“Esta zorra te vuelve a dejar en evidencia. Te tiene envidia y asco por igual. Hay que matarla antes de que lo haya ella.”
—Vamos, que ese hijo de puta fingió su propia muerte y el puto doctor FrankeStern lo mantuvo aquí vivo, ¿no? — Estalló Hugo.
Hugo se marchó de la sala asqueado llegando a otra puerta en aquel pasillo.
Una puerta con un ojo de buey. Se trataba de una sala cerrada herméticamente, anegada hasta donde se podía apreciar, con bloques congelados danzando en su interior, como cubitos de hielo en un vaso de refresco, que reflejaban la luz de sus linternas creando un espejismo de belleza helada.
Las pisadas no pasaban del umbral de la puerta pues era materialmente imposible abrirla.
—¿Qué es lo que tienen aquí? ¿Un tiburón transgénico? — Bromeó Martina. —Porque ya… ya es lo que me queda por oír hoy.
—Nadie ha accedido aquí. Si lo hubieran hecho habría inundado toda la instalación inferior.
Entre los haces de luz se podía ver restos de mobiliario flotando en el interior, carpetas deshechas y tubos rotos. Fuera lo que fuese que lo que allí se estudiaba, estaba claro que se había perdido para siempre.
La tercera puerta sin embargo estaba sellada, no por ningún candado, sino por un sistema electrónico aún activo. Una luz roja que parpadeaba débilmente indicaba que aquello era lo único en toda la instalación que todavía tenía corriente eléctrica.
—¡Aquí tiene que haber algo! Es la última puerta. — Exclamó Valeria tocando la superficie metálica adelantándose en esta ocasión a Hugo.
—Las huellas entran aquí, mirad. — Masculló Hugo iluminando una huella parcial que atravesaba la puerta. —Es posible que tengamos sorpresa al otro lado.
—Salir no ha salido.
—¿Podemos forzarla? — Preguntó Rob.
Valeria la estuvo estudiando. —No sin horas de trabajo, y sin que quién esté dentro sepa que estamos aquí.
—Creo que tiempo tenemos más que de sobra. — Comentó con sarcasmo Martina. Continuaba sujetando a Elena, quien se encontraba cada vez más pálida.
El grupo debatió unos segundos, tensos. Fuera, la tormenta golpeaba cada vez con más fuerza la superficie de un bunker oculto con la violencia de un huracán nivel tres; dentro, el silencio era aún más sobrecogedor. Hugo tomó una decisión al ver el estado físico de la doctora.
—No tenemos tiempo. Hay que tomar una decisión. — Él también presentaba síntomas de cansancio, aunque sabía que no podía flaquear. Debía sacar a su equipo de allí.
Elena se irguió haciendo acopio de todas sus fuerzas sobre los hombros de Martina, Rob la ayudó tomando el relevo momentáneamente.
—Sea lo que sea que sea que guarden ahí, querían un acceso muy controlado.
Eso significa que ahí dentro hay algo importante.
— De repente, una tos seca la sacudió bruscamente, con un efecto reflejo que la hizo parecer un muñeco de trapo.
En ese instante se zanjó la discusión. Elena estaba empeorando y necesitaban sacarla de allí, con vida.
—Martina, ¿cómo podríamos forzar el mecanismo eléctrico? — Urgió Hugo.
Las posibilidades se sucedían en la mente de Martina.
—No lo sé. Quizás con una sobrecarga eléctrica, no lo sé.
Mi tablet está frita y aunque la tuviera, no veo ninguna conexión externa para tratar de conectarme y hackearla.
Quizás si estuviesen los cables a la vista podría aplicarle una descarga…
—A Roberto le faltó tiempo para sacar de una de las mochilas una pistola eléctrica Taser 7 y pegarla al sistema del que procedía la luz.
Era una maniobra a la desesperada. Realizó una descarga, un chispazo recorrió la cerradura, durante unos segundos se respiró el olor a ozono característico de la reacción térmica.
El metal tomó un color ennegrecido, la pequeña luz del panel se apagó y la puerta metálica quedó liberada con un fuerte crujido.
Hugo y Valeria levantaron sus armas y Rob fue esta vez el que asestó la patada para abrir de golpe y dejar a la vista su interior.
Aquella habitación estaba a oscuras. A simple vista, parecía un almacén de material. Pequeño y claustrofóbico. Una sala de un metro y medio por dos metros donde se disponían escobas, cajas y cubos.
—No es posible. — Bramó Hugo. —¡No puede ser! —
Esperaban una sala de control o un laboratorio experimental. Cualquier cosa antes que un simple trastero de la limpieza. No veían salida posible más que volver hacia atrás e intentar abrir algún hueco entre el derrumbe, aunque les llevase horas.
—¿Qué pasa? ¿Que tenían las escobas bajo llave para que no las robaran? — Soltó Martina, ya de por sí desesperada.
—Tiene que haber algo más.
—¿Qué es eso? — Dijo Valeria apuntando con el arma y apagando la linterna en dirección al zócalo del armario de material de la limpieza, por el que se escapaba un hilo de luz.
—Roberto.