Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL PESO DEL PERMAFROST #2
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EL PESO DEL PERMAFROST #2

— Se contuvo un segundo, intentado suavizar lo que estaba a punto de decir.

—…el culito de mi pequeña no salga volando por los aires.

Hugo le lanzó a Val una mirada apremiante. Veía como la joven informática comenzaba a sudar, y ese era el primer síntoma de que estaba perdiendo el control. —Martina; tú y yo vamos a resolver esto. ¿Cuál puede ser la contraseña?

—Jefe, hay mil millones de posibilidades.

—Solo necesitamos una, así que pensemos. Somos más listos que este payaso.

—Pues de momento… nos va ganando por goleada.

—Es un narcisista que se cree intocable.

Un Dios supremo que piensa que está por encima de todo y de todos.

Que maneja su organización con puño de hierro haciendo y deshaciendo lo que le da la gana.

— La descripción de quien creían era su ejecutor era muy visual.

—Pero en el fondo, eres un simple mafioso ególatra, megalómano que quiere que le teman.

Probablemente de pequeño te pegaban collejas en el colegio y te quitaban el bocadillo en el recreo…

— Parecía que le susurraba al oído del mismísimo titiritero que había creado aquella trampa.

—…aunque más tarde te convirtieras en el jefe de una organización criminal.

Caíste hace dos años y debías estar muerto.

—¡Su nombre! Archor. — Exclamó Martina.

—Prueba.

La joven informática introdujo la palabra en el recuadro de solicitud de contraseña.

ARCHOR

Mientras Valeria tomó de su mochila un pequeño juego de herramientas de precisión y se volvió a tumbar en el suelo. Martina pulsó la tecla Enter y un mensaje de error apareció en la pantalla. Le siguió un pitido agudo desde los bajos de la silla.

—No pasa nada, quedan dos intentos. — Apuntó ella mientras trataba de acomodarse en su asiento. De repente, notó como el brazo de Valeria le agarraba por la cintura.

—No te muevas ni un milímetro. — Ordenó Valeria con voz firme sin ocultar la tensión a la que estaba sometida.

—Si vuelves a hacer algo así podemos darnos por muertos.

— Sus dedos comenzaron a temblar ligeramente al ver cómo el sensor digital de presión oscilaba marcando casi el cero.

Ahora volvía a marcar un ochenta y nueve por ciento.

La caja negra situada junto al explosivo era metálica y en ella se podían distinguir cuatro luces led, dos de ellas ahora encendidas, una roja y una azul.

También disponía un display numérico digital en el que se mostraba la presión ejercida sobre el sensor de la silla.

De la caja negra salían nueve cables de color negro divididos en grupos de tres, finalizando en los tres detonadores clavados sobre la plastilina explosiva.

Hugo se agachó y vio como Val respiraba lentamente, tratando de aplacar los nervios. Casi se escuchaba el latir de las sienes de su compañera mientras su mente calculaba voltajes y combinaciones de manipulación de los detonadores. Una pequeña perla de sudor comenzaba también a aflorar en su frente.

Incorporándose nuevamente, Hugo colocó una mano sobre las manos temblorosas de Martina tratando de calmarla. —Rob ¿por qué no os vais tú y Elena a otra sala? Id a la que está en la entrada. Lo más lejos de esta.

—Jefe…

—Es una orden. Si esto explota ha de causar las menos bajas posibles. — La mirada lanzada por Hugo era inquisitiva y apremiante. Roberto y Elena cogieron los planos y salieron de la sala.

La joven pelirroja y el ST-1 continuaban con los ojos fijos en el monitor mientras lanzaban combinaciones posibles para la resolución de aquel enigma.

—Cerberos, Atlantes, Dioses…

—Ha de ser algo más sencillo y sin embargo, algo que le importe mucho.

—Drogas, armas, Érebo… algo así.

—No, este hijo de puta es más simple que eso. Estoy seguro que quiere acabar con nosotros de una forma ridícula. — Sospechó Hugo.

—¿Nuevo Orden Mundial? — Resolvió Martina.

—Nuevo Orden Mundial… pero son tres palabras. Nuevo Orden Mundial… Orbis Novi Ordinis, en latín…el anagrama de su organización… — Hugo abrió sin darse cuenta los ojos, tomó el teclado y escribió.

O.N.O.

—¡Hostias! Avisad antes ¡joder! — Valeria se sobresaltó al escuchar un segundo pitido agudo y ver cómo se iluminaba otro led azul. Únicamente quedaba una bombilla apagada.

Lo que antes era una pequeña gota de sudor nervioso ahora era un mar de perlas que recorrían su hermoso rostro, descendiendo por sus mejillas y mentón hasta caer al suelo. Sus dedos trataban de mantener una precisión quirúrgica al manipular los cables, pero los sobresaltos no ayudaban.

La decepción se mezclaba con pequeños tics de desesperación en los rostros de Hugo y Martina.

—Solo nos queda un intento.

—¿Qué se nos escapa? — Se preguntó Hugo.

—Esto es imposible. ¡Iros! Yo me quedaré aquí sentada hasta que os hayáis marchado y luego terminaré con todo.

Hugo no la escuchaba, pues seguía inmerso en sus pensamientos. “Este hijo de puta nos quiere muertos y lo va a conseguir. Nos odia porque acabamos con él y con su chiringuito de poder… Nos odia…”

—Somos nosotros. — Desveló.

—¿Qué? — Se cuestionó Martina.

—Somo nosotros. La clave. Está obsesionado con nosotros desde que le desmontamos su organización.

Nos ha estado buscando únicamente para vengarse, quitarnos del medio y poder volver a crear su olimpo desde cero.

Cada vez que se dirige a nosotros lo hace con acrónimos nuestros: ST, cerberos o similares.

No nos conoce por nuestros nombres, pero…

si sabe lo de los ST-1. Tenía en nómina al antiguo general, por lo que habrá investigado… y sabrá que pertenecemos a…

Valeria levantó levemente la cabeza.

—Esto es una trampa, no se puede desactivar. Es imposible saber que detonador es el funcional.

Hugo comenzó a teclear.

H…O…S…

Valeria lo miraba mientras sostenía un pequeño alicate de precisión entre las manos. —No, dadme unos minutos más, necesito encontrar una solución…

—Tú lo has dicho Val, no la hay. — Espetó Martina.

T…E…

—Val, vete de aquí. Ya.

—No.

—Que te vayas ya.

S…

—No os voy a dejar. Punto. — Val se incorporó lo suficiente como para agarrar la mano de Martina. Cerraron los ojos. Hugo pulsó la tecla final.

ENTER

El monitor se apagó, la tercera luz azul no se encendió, apagándose sin embargo las otras dos y un pitido grave resonó en la sala.

Roberto y Elena aparecieron por la puerta.

Hugo tenía los ojos muy abiertos, incrédulo por lo que acababa de ocurrir.

Martina, sin embargo, los tenía cerrados con todas sus fuerzas.

Valeria se agachó para comprobar la carga.

—Se han apagado dos luces, pero…

“Te resistes a morir ST-1. Sabía que eras inteligente, así que estoy seguro que intuías que no te iba a dejar salir de aquí con vida de ninguna de las maneras. Adiós”.

La pantalla se volvió a encender tras el mensaje que se escuchó nuevamente desde lo que parecía otra dimensión.

En ella, una cuenta atrás de treinta y tres segundos sin posibilidad de cancelación acompañada por un pitido intermitente que estremecía todo el complejo.