EL PESO DEL PERMAFROST
“4 de diciembre. 18:43 PM. 71,13º N, 156,96º O. Sobre los lagos helados al oeste de Kovac Bay”
Con el brazo vendado y junto a una mesa de operaciones abandonada, Hugo permanecía en pie con la mirada perdida en sus pensamientos. Su cuerpo ya arrastraba los síntomas que reflejaban la crudeza de la misión y la preocupación por la integridad del equipo iba en aumento a cada minuto que pasaba.
Bajo la tenue luz de los fluorescentes que alumbraban aquel lugar, el escenario que se veía era muy similar a la de los pasadizos hallados bajo el faro de Point Barrow unas horas atrás.
—Rob ¿es seguro el lugar?
—He llegado hasta el final de este nivel.
—¿Este nivel?
—Hay una especie de montacargas que desciende a niveles inferiores.
No sabré cuantos hay hasta que consiga abrir la puñetera puerta.
Está bloqueada. — Estaba claro que aquella estructura, fuera lo que fuese, era más grande que la del faro y además, estaba toda ella perfectamente oculta, enterrada bajo millones de toneladas de barro, nieve y hielo, pues en la superficie, junto a los vehículos del exterior,
no se apreciaba ningún edificio ni nada parecido que diera pistas de su magnitud.
—Lo que si he observado es que tiene una estructura similar a las catacumbas del faro.
Cancelas por todo el pasillo con sus respectivas salas, aunque estas están totalmente vacías.
La sala del fondo es la de control al igual que la de allí. Pero los ordenadores…
—¿Qué ocurre con los ordenadores? — Preguntó Hugo.
—Están bloqueados por una contraseña y… como te lo explico... — Miró dubitativo a Valeria, quien había realizado un repaso rápido de las instalaciones junto con Roberto.
—Que la pantalla indica que tiene que ser un ST-1 quien la desbloquee. — Apremió Val.
La estupefacción, nuevamente se dibujó el rostro de Hugo. Se estaba empezando a malacostumbrar, muy a su pesar, a tener sorpresas desagradables cuando menos lo esperaba.
Elena se aferró al brazo sano de su compañero. En sus ojos ardía una lucha interna contra algo más que el frio o el cansancio. Era una lucha a muerte entre su sentido común y algo que amenazaba con acabar con su sano juicio.
Sin demora, se dirigieron a la sala de control. Como señaló Rob, todo el entramado de pasillo, despachos de vigilancia y celdas, era exactamente igual al soterrado bajo el faro de Kovac.
Valeria rebusco por los estantes y cajones, como hiciera horas antes en el primer punto, localizando los mismos planos, aunque esta vez de la zona y de las instalaciones en los que se encontraban.
Martina, instintivamente, se sentó delante de la pantalla del ordenador, sacó su tablet y la conectó a aquel equipo informático utilizando las herramientas que creó junto a Artemisa, a fin de poder craquear el acceso al sistema informático para saltarse aquel siniestro mensaje.
Acompañando a Martina, Elena y Hugo observaban la pantalla.
Cuando el programa de hackeo de contraseñas estaba llegando al doce por ciento, el monitor se apagó de golpe y, tras un destello cegador, apareció el emblema harto conocido por el equipo.
La daga y la media luna activaron un mensaje de audio reproduciendo una voz grave que hacía retumbar y reverberar los pequeños altavoces del ordenador.
Aquellas pequeñas bocinas distorsionaban el discurso, haciéndolo parecer una tenebrosa homilía.
“Eres listo ST-1, pero no te servirá de nada. Aquí no hay atajos. Creíste acabar con todo lo que creé, pero te equivocaste. Creíste acabar con mi Nuevo Orden Mundial y te equivocaste. Creíste acabar conmigo, y también erraste. He vuelto a la vida recobrando lo que es mío.
El Olimpo Atlante resurgirá nuevamente y tú y tus pobres cerberos seréis exterminados. ¿Quieres detenerme? Intenta no fracasar nuevamente si no quieres saber lo que sienten los dioses caídos. Yerra tres veces o abandona tu trono y conocerás a tu falso creador. Buena suerte ST-1.”
Los altavoces se silenciaron y la pantalla volvió a fundirse en un azul ecléctico, esta vez mostrando únicamente un recuadro gris requiriendo una contraseña.
Nada en el aire gélido del exterior calaba tanto como la muda sentencia que aquel mensaje había instalado en sus huesos.
La joven informática no se movía, al igual que Elena y Roberto. A Hugo se le escapó una mirada fugaz a la propia silla donde Martina estaba sentada.
—No te levantes de la silla Martina. — Valeria ya estaba en cuclillas observando la parte inferior de la silla.
Una gota de sudor frio recorría su frente.
—Tienes un bloque de explosivo plástico C4 pegado al culo con un detonador de presión.
Si te mueves, volamos todos. — La joven informática quiso salir huyendo e instintivamente amagó con levantarse.
—¡Martina, por lo que más quieras! No te levantes. — Suplicó Rob.
Hugo le colocó la mano sobre uno de sus hombros. No le transmitía la presión necesaria para que no se levantase, sino que trataba de transmitirle toda la calma posible posando suavemente su mano sobre ella.
—No te muevas Martina. Sé que es complicado.
Yo no me voy a mover de tu lado así que, si no quieres que pintemos de rojo toda esta sala, vamos a trabajar juntos para salir de esta.
— Las palabras de Hugo no tranquilizaron en demasía a Martina, que nunca se había visto en una situación parecida. —Confía en mí.
—Pues… sí que se ha complicado la tarde, sí.
Yo que quería disfrutar de la piscina del hotel…
— Sobrepasada por la situación, le salió su vena más irónica.
Siempre le ocurría cuando había alguna situación que no podía controlar.
Su sentido del humor pasaba de fan de The Big Bang Theory a novia sarcástica de Deadpool.
— Tu tranquila Val, relájate, hazte las uñas, péinate…
tienes todo el tiempo del mundo. Lo que necesites ahora bien ¿Puedes desactivarla?
Porque yo tengo… ¿cuántos? ¿TRES MALDITOS INTENTOS?
¿ESO ES LO QUE NOS DÁ ESTE PSICÓPATA? — Estalló Martina.
—Voy a intentarlo. Confía en mí. — Valeria no lo tuvo en cuenta, simplemente, sujetó con firmeza su pierna tratando, al igual que Hugo, el tranquilizarla y por qué no, que no se moviese demasiado sobre aquella silla.
Tras un par de inspiraciones profundas, Martina volvió a ironizar.
—Era cuestión de tiempo que muriésemos aquí.
Casi mejor así que contagiados por algún virus hijo puta de esos que han creado, rollo película Estallido o Resident Evil.
— Elena se volvió a sentir culpable y la joven lo notó.
—Lo siento Doc, no quería decir eso, pero es que se me están viniendo a la cabeza demasiadas analogías frikis para esta situación.
—No te preocupes peque.
—“Speed” con la bomba bajo el autobús… no podían bajar de cincuenta millas por hora. Spoiler… el autobús explotó.
—Martina, tranquilízate. — Dijo Hugo.
—En “Batman, el caballero oscuro” Bane controla la bomba de neutrones en las profundidades de Gotham.
— La chiquilla había entrado en modo túnel: su mente se había bloqueado y solo aguardaba lo peor, incapaz de razonar.
A su privilegiado cerebro informático acudían en masa desastres sacados de las películas que tanto había devorado.
—O como en “Arma Letal 2”, donde Riggs y Murtaugh están atrapados en el baño con la bomba.
Yo soy Murtaugh, el que está sentado en el retrete y tú…
— Miraba a Val. —…eres Riggs, el policía loco que trataba de desactivar la bomba.
—Mel Gibson siempre me ha parecido súper atractivo, y te digo una cosa en este arrebato friki que te está dando, spoiler: en Speed, Batman y Arma letal, siempre ganaban los buenos y no explotaba nadie. — Le dijo Val levantando la cabeza y agarrando la mano de Martina.
Roberto no hacía ningún comentario y Elena permanecían en shock.
—Ha sido él. El puto Archor, no está muerto y ésta es la prueba que necesitábamos.
Ahora está claro. — Hugo murmuraba para sí mientras tomaba unos metros de distancia.
Val continuaba agarrando fuertemente la mano a Martina que trataba de recomponerse con respiraciones largas y profundas.
—Dioses caídos, universo, Olimpo Atlante…
nos llama cerberos, habla del Nuevo Orden Mundial y nos prepara esta trampa mortal digna de cualquier sicario de Mysos.
Está claro. Es él, pero… ¿cómo es posible?
—Me he perdido jefe.
—Rob, cuando leímos por primera vez el dosier que confeccionó Diana Martínez hace ya dos años, los nombres que aparecían en la cúpula de O.N.O., los Archor, Basi, Asteros…
—Hostias. Eran dioses Atlantes. No supimos cómo encajarlos en la organización hasta que descubrimos que eran la cúpula dividida que tenía el poder de las distintas facciones de la organización.
—Exacto. Archor era el líder supremo de esa puta secta.
Este hijo de satanás se cree una divinidad atlante, por eso habla así.
A nosotros nos llama cerberos de manera peyorativa.
Los perros policía. — Agarró inconscientemente con fuerza su arma.
—Lo tiene todo tan bien planeado que cree que no hay una solución posible en la que crea que nos podamos salvar, pues si no averiguamos cuál es la contraseña, esto explotará.
Si soltamos el detonador de presión, explotamos igual, pero es que, aún averiguando la combinación y jugando limpio, moriremos en unas horas por contagio.
Da a entender que: o morimos ahora volados por los aires, o más tarde a manos de sus nanomierdas modificadas.
— Todos miraron inconscientemente a Elena.
La doctora mantenía su lucha interna contra un enemigo que no daba tregua.
—Doctora, ayúdeme a estudiar esos planos que hay sobre la mesa. Necesitamos una salida para cuando acabemos aquí.
Elena se dirigió junto con Roberto a la mesa donde Valeria había colocado los planos que encontró en la sala.
Se centraron en ese pasillo y en uno que parecía ser el nivel inferior.
Rob trataba de apoyar a la doctora y darle ánimos.
Se lo debía tras salvarle la vida en un par de ocasiones.
Minutos más tarde, volvieron a la sala donde se encontraban los demás.
—Parece que únicamente hay un nivel más, inferior a este. — Dijo Rob.
—Perfecto. ¿Valeria?
—No metas prisa jefe, esto está muy bien armado.
No hay ningún hueco libre para meter la mano.
Quiero ver si puedo sacar el detonador para que no haga la chispa que haga que…