Sin voz en la tormenta (Hostes 2) BAJO LA NIEVE #4
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BAJO LA NIEVE #4

si es que estás contagiada. Desde que salimos hace dos días de Salamanca, todos hemos estado en los mismos lugares, comido lo mismo y bebido lo mismo.

Un recuerdo ahogó el resto de sus pensamientos.

—Creo que eso no es del todo cierto. — Apuntó Valeria.

Su memoria fotográfica se activó como un relámpago iluminando la penumbra.

—En el segundo repostaje del C-130, cuando bajamos a la terminal.

Todos pedimos el estofado lugareño. Bromeamos en ponerle picante al de Hugo por hacernos pasar estas fechas fuera de casa y la camarera, cuando trajo los cinco envases, se disculpó, ya que de los cinco suassat, uno de ellos estaba hecho con carne de ballena, no de reno como el resto.

¿Recordáis? Dijo que se les había acabado.

—Sí, es cierto. Venía en otro envase. En principio se lo íbamos a dejar a Hugo porque estaba en un envase para llevar, pero fue Elena la que prefirió quedárselo.

—Tiré la mitad porque no estaba muy bueno. Por eso me tomé un par de cafés después. Para quitarme el mal sabor de la boca.

De pronto, Hugo tuvo una revelación. —¡La víctima, la mujer de la habitación! — Hugo mascullaba mientras Valeria retomó las instrucciones para crear el ungüento para su brazo. —Yo sabía que me sonaba. La vi a través de la ventanilla del avión, en la terminal mientas despegábamos.

—¿La mujer helada? No. La que nos saludó mientras entrabamos al avión no era esa, fue la camarera que nos atendió. La vi perfectamente.

—Si. Esa no fue la camarera que nos sirvió. — Respondió Val refiriéndose a la mujer que halló con Hugo en la nieve.

—He dicho que estaba allí mientras despegábamos. No al subir al avión. Quizás no era la camarera, pero puede que fuera… la cocinera. Recuerdo que tenía una bata blanca, y el pelo recogido… y despidió al avión desde la azotea del restaurante.

—¡Joder! A esa no la vi. — Se lastimó Valeria.

—Pero yo sí. Maldita sea. Esto quiere decir que nuestros pasos están controlados desde que salimos de España. — Terció Hugo. —Hay que volver a la pensión, contactar con Alicia, hacernos todos unos análisis de sangre y… — Afirmó mientras una tos seca le interrumpió.

—¡Hugo! — Se sobrecogió Martina.

Hugo cruzó la mirada con la doctora mientras se colocaba la mano en el costado. —…buscar un antídoto para lo que sea que te ocurre.

—Tenemos que revisar los informes sobre las sustancias químicas que se estaban…

están desarrollando aquí. A juzgar por cómo están discurriendo los acontecimientos, todo hace presagiar que nos han traído aquí a morir como venganza por la operación que desmanteló la cúpula y a la organización de O.N.O..

— Val comenzó a aplicar la mezcla al brazo de Hugo.

—Siendo racional y teniendo presente lo que siento, mis brotes de psicosis mental, mi debilidad muscular…

creo que podría coincidir en un porcentaje muy alto con la estructura del E3.

Son los mismos síntomas que dieron lugar a que cancelaran mi proyecto.

Vamos… el de Stern. — Elena había creído identificar la sustancia.

—Perfecto, ahora solo hay que encontrar el antídoto. Tiene que estar en uno de estos laboratorios.

—Por desgracia, cuando cerró el proyecto Érebo-3, no se había sintetizado ningún antídoto. Os recuerdo que no se trataba de una sustancia para acabar con la humanidad, sino una sustancia farmacológica.

—Que ibais a usar para sustituir el coma inducido, sí. Pero ¿cómo ibais a revertir ese coma? — Preguntó Val.

—No llegamos a esa fase. — Se lamentó Elena.

—De acuerdo, hay que salir de aquí. Pero primero necesitamos estar lo bastante enteros como para sobrevivir un día más. — Murmuró Hugo. —Ahora mismo tenemos dos cuentas atrás sobre nuestras cabezas.

—Jefe, los problemas de uno en uno. — Suplicó Martina.

—De acuerdo. Pensemos. Desde la exposición de las víctimas del faro hasta su… final, pasaron veinticuatro horas más o menos. — Informó Elena.

—No lo pienses. Su dosis puede que fuera más concentrada. Tu misma has dicho que no te la terminaste. Puede que se doble el tiempo de incubación, ahora mismo solo sabemos que eres una prueba de campo de un apocalipsis biológico que no queremos que conozca el mundo.

Hugo permanecía pálido cuando la hemorragia comenzaba a remitir y Roberto se preparó para realizar una transfusión de emergencia a Hugo con los materiales que allí había.

—Tranquilo jefe. No es mi primer rodeo con estas cosas.

Sé que os encanta mi sangre. Es buena, de primera calidad. En cinco minutos estarás como nuevo.

Elena recogió en una bolsa todos los botes de medicamentos que se encontraban en el laboratorio y pasados treinta minutos, Hugo se sentía ligeramente mejor.

Había dejado de sangrar por el brazo, pero tenía un fuerte dolor en la espalda que le duraría varios días.

Tomó su fusil. Valeria había revisado parcialmente la instalación sin perder de vista la esclusa principal, donde la carga explosiva que colocó Roberto todavía seguía sin detonar.

—No tenemos tiempo que perder. Revisamos esto y nos vamos. La misión ha cambiado. Equipo, hay que salvar a la doctora, encontrar y detener a los hijos de puta que han causado esto, destruir cualquier tipo de almacén de O.N.O., y volver a nuestras casas. Tenemos cuatro días.