Sin voz en la tormenta (Hostes 2) BAJO LA NIEVE
32%

BAJO LA NIEVE

“4 de diciembre. 18:43 PM. 71,13º N, 156,96º O. Sobre los lagos helados al oeste de Kovac Bay”

La ventisca no cesaba y las ráfagas heladas barrían con fuerza la nieve reciente que se posaba en el suelo. El equipo había atravesado Kovac Bay de camino al segundo nodo. El punto desde donde presumiblemente estaba emitiéndose la transmisión secundaria.

Desconectaron unos minutos en el pueblo, lo justo para para comer algo.

Martina había aprovechado para sustituir las pesadas lámparas UV por unas gafas de apariencia algo futurista, cuyos visores proyectaban un resplandor azulado sobre la penumbra.

No creía que usaría este material cuando lo incorporó a su equipaje, pero en vista de lo hallado en el subnivel del faro decidió que probaría esta variante en la nueva salida.

Entregó otras a sus compañeros. Valeria fue más pragmática y recogió munición extra y algo de comida para el resto del día.

La joven recepcionista les preparó encantada un par de platos típicos incluido el suaasat.

A Elena le pareció que el de la recepcionista de la pensión Pikalujak estaba ligeramente más picante que el que probaron, un par de días atrás, en el aeropuerto de Thule.

Sin embargo, el efecto fue el mismo. Le recompuso el cuerpo y la mente casi al instante.

—Este es más auténtico que el que preparan en Groenlandia.

Aquí también hacemos la sopa con carne de foca y además, le añadimos trozos de carne de alce para darle más consistencia.

— Explicó Aniak. Había visto que los grandes chefs explicaban sus platos a los comensales, y ella quería agradar a sus huéspedes.

Lo cierto era que el estofado estaba contundente.

Recobraron fuerzas para llevar a cabo su segunda misión del día.

A Roberto le extrañó que no hubiera ningún rumor relacionado con el hallazgo del cadáver de una mujer en mitad del pueblo.

La misma mujer desconocida que habían abandonado en la calle esa misma mañana.

—Puede que todavía no la hayan encontrado. ¡Qué pena! — Se dijo Rob para sí.

Ya de camino a la segunda ubicación, Val y Hugo continuaban con sus motos de nieve.

En el vehículo oruga, Elena continuaba dándole vueltas al hallazgo encontrado en los laboratorios de experimentación ocultos bajo el faro de Point Barrow, a la implementación de esas sustancias en los planes de O.N.O. y a su aportación involuntaria a dicha investigación mientras,

poco a poco y sin darse cuenta le vencía un leve sopor que le hizo dar una cabezada.

Valeria se dedicaba a repasar mentalmente los antiguos expedientes de O.N.O. y los comparaba con los que unas horas antes habían encontrado en el faro, en el que se estudiaban los síntomas de las sustancias con las que experimentaban.

Hugo trataba de buscar una explicación a la relación que tenían el sheriff de Kovac y Kay, y qué sería lo que ocultaban, pues estaba claro que sabían algo de las desapariciones de aquellas mujeres, a juzgar por como hablaron en la vieja escuela.

Martina colocaba y recolocaba su mochila en el Bv-206 al tiempo que trataba de enviar algún mensaje a Artemisa para darle novedades.

Rob, sin embargo, lidiaba con su conciencia.

La imagen de una joven sin vida, congelada, desnuda, sola y abandonada en la calle no se le iba de la cabeza mientras llevaba las riendas de Sven.

—¿Novedades? — Preguntó Hugo.

—Parece que la señal se hace más fuerte más adelante, apenas un kilómetro. — Indicó Martina.

—Recibido. Entonces seguimos.

Roberto controlaba la oruga cada vez mejor pues, como él decía, no tenía nada que ver con su pequeño utilitario diésel. Ojeaba de vez en cuando a Elena sin olvidar que no hacía ni veinticuatro horas había estado en la cama con fiebre. La doctora dormitaba con una mueca de angustia.

—Martina… — Susurró. —¿No crees que la doctora está un poco pálida?

Martina la miró de soslayo. —Puede que haya perdido un poco de color, pero no le des importancia.

Lleva dos días que no ve el sol y sinceramente, no creo que hayan sido de los mejores días de su vida.

Primero el viajecito sorpresa, después el salto a treinta y pico mil metros de altura, casi mortal, la pérdida de conocimiento y la posterior caminata por la nieve, rememorar lo de O.N.O., lo que descubrimos bajo el faro, y para colmo…

la culpa que siente al imaginar que ella pudo ayudar a un científico loco a orquestar todo esto. Lo raro es que no esté yo igual o peor.

Rob esbozó un amago de sonrisa tratando de parecer ahora despreocupado mientras volvía a ojear a la doctora descansando.

—Llegamos jefe. Ahí delante.

Hugo y Valeria se acercaron a lo que parecía un corte afilado en el permafrost, con una caída hacia el océano congelado.

Más bajo que el anterior pero igual de mortífero si se daba un mal paso.

No se veía nada. La nieve volvía a golpear con fuerza y el viento arreciaba nuevamente.

El cielo se había vuelto a encapotar, lo que significaba que el ojo de la tormenta había pasado de largo y comenzaba el segundo round del combate. El rugido del viento era ensordecedor.

Elena se desperezó, Martina se colocó sobre el gorro las gafas UV y el intercomunicador mientras Rob detenía a Sven.

Hugo y Valeria caminaban ahora por la nieve, sobre el haz de luz que emitía Sven, buscando no sabían el qué. Minutos más tarde, el equipo al completo, helado por las temperaturas gélidas que empujaba la tormenta desde el océano, caminaba hacia el acantilado.

—Mirad allí. Otra boya de señalización. Igual que la que había junto al faro este. — Señaló Elena, pálida como un difunto.

—Es cierto. Unos cincuenta metros mar adentro. ¿Lo veis? — Corroboró Rob.

—No lo tuve en cuenta antes, pero creo que esas boyas marinas pueden ser lo que están usando como repetidores de las señales cifradas.

Su función principal es la de vigilar el estado del océano y enviar esos datos a las centrales receptoras de datos pero, para realizar el envío de esos datos, utilizan la red de satélites Iridium.

Cabe la posibilidad de que estén utilizando esa red de satélites para enviar otro tipo de datos ocultos bajo una frecuencia modificada. — Apuntó la pequeña informática.

—La frecuencia que encontramos.

—No puede ser casualidad. Cuando descendíamos en paracaídas, no vi ninguna baliza así. Y cuando estuvimos recorriendo la carretera de la costa, hasta el faro, tampoco vimos ninguna otra baliza. — Valeria trataba de buscar un nexo entre los dos puntos.

—Esas boyas suelen estar a una distancia de cuatrocientos o quinientos metros unas de las otras. — Continuó Martina.

—Y las únicas dos, activas, con esa luz… ¿están ubicadas en los puntos de emisión de la señal? — Se preguntó Val.

Hugo observó a su compañera Elena. —Hace demasiado frio. La temperatura está descendiendo muy rápidamente. Equipo, si en quince minutos no hemos encontrado algo útil, nos subimos a los vehículos y nos vamos. — Ordenó.

—De acuerdo. — Asintieron todos excepto Elena, que no quería malgastar fuerzas.

El efecto reconfortante del Suassat le había durado poco.

Un instante después, mientras el equipo se desplegaba en formación de abanico para buscar lo que fuese que estuviera emitiendo aquella señal, la doctora se acercaba peligrosamente al borde del precipicio.

Se quedó parada mirando al vacío durante unos instantes antes de que Valeria se diera cuenta.

—Elena ¿te encuentras bien?

El equipo detuvo la búsqueda y se la observaron con preocupación.

—Elena, quizás deberías alejarte un poco del barranco. Te pueden fallar las fuerzas y caer al… — A Hugo no le dio tiempo a terminar la frase. La doctora se derrumbó de rodillas en la nieve, a un metro del borde del precipicio.

Todo el equipo salió corriendo en su dirección.

Elena apoyó sus manos en el frio suelo para tratar de no derrumbarse del todo.

Sentía las vibraciones en el suelo de la estampida que se dirigía hacia ella.

Una acometida de pisadas sobre la nieve y el hielo que se aceleraba a cada zancada.

A parte, también notó algo bajo su cuerpo, algo que no parecía nieve, hielo o roca.

“Todavía me quieren a pesar de lo que he hecho.”

Sus pensamientos eran irreflexivos e ilógicos, y aunque trataba de mantener la compostura, a cada segundo que pasaba le costaba más.

No lo había compartido con nadie, pero desde que abandonara la pensión, una espiral de pensamientos la devoraba por dentro: había fallado a su equipo, al mundo…

a ella misma. Su intelecto, que alguna vez creyera un don, se había convertido en la herramienta principal que había alimentado en ese lugar a la muerte y al sufrimiento, y dentro de poco, no solo allí, sino en todas partes.

El mundo entero pagaría un precio altísimo por culpa de su ignorante brillantez intelectual de años atrás.

Un par de segundos antes de que sus compañeros llegasen a su lado, separó con dificultad la nieve del suelo con las manos, muy lentamente. Golpeó como pudo con sus nudillos y aquello, ante el asombro de todos, sonaba a metal.

—Joder jefa. Qué susto nos hemos llevado. Yo pensando que te encontrabas mal y resulta que eras la única que había visto donde estaba escondido nuestro objetivo. — Roberto ayudó a la doctora a incorporarse.

—¿Te encuentras bien Elena? — Le preguntó Valeria, supervisada por Hugo.

—Sí, perfectamente. No os preocupéis. — Respondió ella, mostrando su característica y hermosa sonrisa. — Creo que hemos encontrado lo que estábamos buscando. — Se apartó de lo que parecía una exclusa metálica sobre el suelo, para dejar paso al equipo de limpieza, como les llamaba ella.

—¿De verdad te encuentras bien? — Insistió Hugo.

—¿Cómo que si de verdad? Déjate de pamplinas. Estoy perfectamente. — Trató de disimular aunque su tono sonaba distinto. No rudo, nada agresivo, no insultante, solo… distinto.

“No entiendo por qué me preguntan tanto por mi salud. Estoy segura de que se están arrepintiendo de tenerme aquí. Si antes me consideraban un peso muerto, ahora que saben que he colaborado en crear un monstruo químico seguro que me odian. Pero… me tratan con tanta amabilidad… o es condescendencia…”