EL FARO #3
Elena hizo lo mismo, pero más despacio. Todavía resonaba en su cabeza el golpe emocional que inconscientemente la colocaba en posición de colaboradora necesaria en un momento dado, con quién ahora creían que era el responsable de todo aquello.
—Necesito apagar la luz de esta sala para poder… — Indicaba Martina mientras buscaba algún interruptor en ella. —…utilizar bien la lámpara.
—No sé, por aquí no se aprecia ningún… — Elena trataba de explicarse cuando sus oídos quedaron sordos por un pitido agudo. Un disparo. Todos echaron mano a su arma, alarmados por la detonación, excepto Hugo, quién ya la tenía empuñada y apuntando al techo.
La luz de la celda se apagó de golpe.
—Ya está apagada. — Indicó Hugo enfundando el arma.
—Gra…gracias. — Masculló Martina, todavía con el susto en el cuerpo y un tinitus agudo en sus oídos. Hugo había disparado a la lámpara. No podía perder tiempo pues había muchas preguntas y ninguna respuesta. Y cada vez más.
La luz violácea iluminó toda la celda y el descubrimiento sobrecogió a todos los presentes. Un grafiti que helaba la sangre, realizado con pintura fluorescente únicamente visible bajo luz ultravioleta se descubrió en el interior de la puerta.
Esta vez, una calavera coronada con un gallardete químico en ella y debajo, una serpiente autodevorándose inundaba toda la pared.
—Pero… ¿qué cojones es eso? — Susurró Valeria en shock, desde detrás de la ventana.
—Eso no estaba en los archivos originales de O.N.O. — Apuntó Martina.
Aquello no era parte de ningún emblema registrado de ninguna organización conocida. Ni tan siquiera de la que les había llevado hasta allí. Aquello se trataba de un nuevo nivel.
—No, y eso me preocupa más. — Hugo comenzó a hacer fotos con su teléfono móvil mientras la doctora se acercó al cuerpo.
—Este cuerpo es de una mujer. No presenta punciones aparentes en la zona lobular.
Qué raro. — Al moverle la cabeza observó que se encontraba bastante deteriorado.
La piel y los tendones se resquebrajaron como un folio de papel bajo años de luz solar y humedad.
El cuerpo, que se hallaba sentado sobre sus rodillas cayó completamente al suelo, quedando la cabeza en poder de la doctora.
Sus manos no temblaban pues estaba acostumbrada a tratar con la muerte pero, aun así, mostraba sorpresa por lo ocurrido.
—Este individuo presenta síntomas de putrefacción y descomposición avanzada, pero eso implicaría que lleva aquí al menos diez.
La escena que se mostraba en la habitación a través de aquel pequeño marco sobre la pared, con una iluminación de luz ultravioleta y la doctora sujetando una cabeza sobre sus manos, mientras de fondo se exhibía la pintada de una calavera fluorescente,
era digna de una película de terror de los años noventa.
La doctora salió de la habitación y se dirigió hacia la sala donde se encontraba el otro cuerpo. Hugo la acompañó, forzando la puerta de esa segunda sala. Elena señalaba el otro cuerpo sin soltar la cabeza del primer cuerpo de entre sus manos. Inconscientemente, se había aferrado a ella.
—Otra mujer. — Susurró para sí. —Esta, sin embargo… No me cuadra. Las muertes son atemporales. Una lleva aquí al menos una década, la otra, un año.
—Putos salvajes. — Murmuró Rob desde la habitación de vigilancia.
Hugo disparó nuevamente al foco de esa sala y encendió la linterna de su arma dirigiéndolo hacia las paredes y la puerta.
No se apreciaba ningún símbolo hasta que apareció Martina con la luz UV.
En esta ocasión, el grafiti se encontraba en la pared sobre el pequeño ventanuco.
El equipo ni siquiera se había percatado de la escena Shakesperiana que se estaba produciendo a su lado.
Dos mujeres, un cadáver, una cabeza sobre manos vivas de una tercera, miradas perdidas…
La doctora inspeccionó el cráneo de la primera mujer más de cerca.
Hugo se dirigió a Valeria y a Roberto por el equipo de transmisiones.
—Buscad por el resto de las salas que siguen cerradas. Está claro que cada celda tiene una sala de observación y estudio como esta. Aquí se estaban realizando algún tipo de experimentos. Necesitamos saber cuáles eran y encontrar pruebas.
—Recibido. — Contestó Val, que salió disparada hacia otra de las salas.
—Estamos en ello. — Roberto comenzó a buscar en los cajones del escritorio de esa sala.
Tan solo un par de carpetas vacías con el símbolo de Fysia en la portada.
—Lo que está claro es que Fysia estuvo aquí.
Pero todo esto… puede que haya estado aquí desde mucho antes de que acabásemos con ellos.
— Salió de esa sala y se dirigió a otra, y a otra, y a otra, al igual que Val, obteniendo el mismo resultado. Un montón de enorme nada.
Hasta que llegaron a la última puerta al final del pasillo. Una puerta sobre la que se encontraba una cámara de seguridad y un pequeño sensor de movimiento.
Aquella puerta tenía un sistema de cerradura electrónica para su acceso. Un código numérico que se introducía en un pad con diez dígitos. Roberto consiguió forzarla.
Al acceder a su interior, dedujeron que aquella era la sala de control principal de esa prisión.
La habitación no era muy grande. Una de las paredes estaba cubierta de notas y oficios que mostraban las fotografías y diversa información de varias decenas de mujeres, todas ellas con las mismas características físicas.
Rostros todos ellos con la mirada al frente, perdida.
Algunas de las fichas presentaban tachaduras en rojo, otras tenían dibujado círculos o cruces.
En la sala también había un sofá viejo contra la pared, con el cuero roto y los cojines hundidos.
Alguien había dormido allí más de una vez.
Una alfombra polvorienta cubría parcialmente el suelo, mal puesta y con una de sus esquinas doblada.
Las lámparas eran de estilos distintos, como si cada una hubiese sido comprada en un lugar diferente y en un tiempo distinto.
Una de ellas iluminaba con un tono amarillo cálido casi acogedor.
La otra, con un azul eléctrico que hacía que todo lo demás pareciera más sucio.
El escritorio también estaba cubierto de papeles, mapas, cables, y alguna radio antigua. Había una silla giratoria de oficina, rota por un de sus extremos. Sobre la estantería, libros apilados sin orden aparente, varios con marcas, post-its y páginas arrancadas.
Esa sala no tenía ventanas o espejos ocultos.
Sin embargo, sí que continuaban activos dos hileras de monitores contra una de las paredes.
Esos monitores mostraban en riguroso directo todas y cada una de las salas que tenía aquel pasillo, incluidas la sala de acceso bajo la escalera de caracol y el faro exterior.
En uno de esos monitores se encontraban Hugo, Martina y la doctora junto a uno de los cuerpos.
—Jefe, gírate hacia la ventana. ¿Ves algo raro? — Indicó Val.
—Negativo. ¿Qué ocurre?
—Os estamos viendo perfectamente. Tenemos una sala con monitores.
Os vemos. — Eso alertó a Hugo que no se había percatado de que si se trataban de salas de experimentación, era muy probable que tuvieran algún tipo de cámara para documentar lo que allí ocurría.
— Confirmamos que, exceptuando esas dos, el resto de las salas están vacías.
—Espera. — Encendió su linterna. —¿Es esto?
—Afirmativo. — Hugo había colocado el dedo sobre un pequeño agujero en la pared que escondía una microcámara.
—Putos psicópatas. ¿Qué cojones hacían aquí?
— Murmuró Roberto. Buscaba algo dentro de sí que le aportase luz y alguna respuesta.
En la estantería localizaron un par de discos DVD, unos planos y varias carpetas con lo que parecían manuales, protocolos y estudios científicos que añadieron al material que se encontraba sobre la mesa. —Val, creo que tengo algo.
Valeria se acercó y tomó los planos. Se trataban de los planos del subnivel del faro.
Mostraban varias salas catalogadas según su función: observación, experimentación y control.
En otro de los planos, idéntico en medidas, aunque en una lámina transparente y escrito con rotulador azul en las zonas donde debían encontrarse las celdas, simbología y denominaciones de algún estudio.
Las carpetas se encontraban también garabateadas, cada una de ellas con los mismos nombres que aparecían en aquel plano.
—No puede ser. — Valeria tomó una de esas carpetas y se acercó a las fichas que estaban pegadas en la pared.
—Estas mujeres tienen un expediente cada una donde se recoge lo que sea que estaban experimentando con ellas.
Y mira. — Apuntó sobre el plano que estaba en la mesa.
— Cada una tenía su propia celda y su propio compuesto experimental.
Valeria echó un vistazo general a toda la sala. Parada, inmóvil, sobrecogida.
—Doctora. Creo que la vamos a necesitar aquí. — Requirió Val. —Y por cierto. Lo que aquí estuvieran haciendo… es… ha sido… reciente. Nada de una década como indicó.
—¿Por qué dices eso? — Preguntó Hugo.
—Los monitores son de última generación. No tienen más de tres meses. Tengo uno igual en mi casa y salió a la venta en septiembre de este año.
Aquella revelación descolocó totalmente a la doctora.
—¡Es imposible! La descomposición de este cuerpo coincide con la de un cuerpo que lleve, al menos un año sin vida.
Simplemente… no puede ser. —Elena sintió un escalofrío, no solo por la temperatura, sino por lo que su cabeza se estaba aventurando a teorizar.
No podía apartar la imagen de aquel rostro putrefacto y las posibles connotaciones científicas que aquello acarrearía de su mente.
Algo en esas muertes no encajaba. Tenía que dejar de teorizar y aplicar la ciencia conocida para llegar a una conclusión real.
Con esa determinación salió de la sala y se dirigió hacia la sala de monitores en la que el parpadeo de las pantallas y los informes que Val tenía sobre la mesa darían forma a aquella amenaza
Ya en la que denominaron sala de control, estudiaron los informes y extendieron los planos y mapas sobre las mesas. La temperatura era más cálida en aquella sala, probablemente por los aparatos eléctricos. El olor a muerte se había desvanecido levemente, pero la humedad y el moho no.