EL FARO #2
—El asesinato de la primera víctima. Se grabó aquí. — Señaló la mesa. — Ahí estaba la cámara. Y aquí… — Ahora dirigía su otra mano hacia la silla. —…aquella mujer.
El ambiente en el interior del faro estaba impregnado de un hediondo olor a grasa de ballena ranciada con una mezcla de óxido, moho, madera podrida y salitre.
El polvo muerto bailaba en suspensión por la habitación, iluminado únicamente por las linternas de los fusiles del equipo.
El suelo crujía bajo sus pasos al igual que lo hacía la nieve y el hielo en el exterior.
—Esto es imposible. Ninguno de los tatuajes de los miembros que detuvimos tenía tantas estrellas. — Dijo Hugo.
—Treinta y tres. ¿No eran treinta y tres los miembros confirmados de Misos? — Preguntó Val antes de responderse a sí misma. —¡Joder!
—¿Qué pasa?
—Están homenajeando a los sicarios de Misos. A los treinta y tres con los que acabamos y esto tiene pinta de ser una especia de homenaje o advertencia… para nosotros.
En la puerta, Martina se colocó unas gafas UV sobre sus enormes y vivarachos ojos almendrados, encendió una linterna de luz ultravioleta y la dirigió hacia la estructura metálica corroída de la entrada, iluminando toda la estancia de un tono violáceo.
—Alguien ha querido traernos hasta aquí por algún motivo, y creo que estamos empezando a saber cuál es. — Dijo Elena.
—Toma Valeria. — Martina entregó un receptor de señales a Val con el que escaneó el lugar en busca de la fuente de emisión del mensaje pero los resultados que arrojó, no fueron los esperados por la informática.
Roberto inició una inspección más meticulosa de la estancia.
—¡Que extraño! — Dijo Martina.
—¿Pero hay algo normal aquí? — Respondió Rob.
—La señal, no viene de aquí. — Murmuró Martina tras ver los resultados que le mostró Valeria obtenidos del receptor.
— Es decir, sí vienen de aquí, pero no. El escáner de frecuencia no muestra la potencia que debería de tener la emisión que hemos venido siguiendo.
— Se dirigió a Valeria y Roberto. —¿Habéis encontrado arriba algún tipo de transmisor antiguo o algo parecido?
—No. — Respondieron los dos al unísono.
Todos los allí presentes, instintivamente, inclinaron la cabeza hacia atrás mirando al techo, como intentando atravesar las paredes y los techos superiores con la vista.
El único que inclinó su cabeza hacia el suelo fue Hugo.
En aquel oscuro, frio y apartado lugar debía de haber algo más aparte de un enorme montón de nada.
No podía ser invisible pero sí podía estar oculto, y si no estaba fuera del faro ni en los pisos superiores, solo podía venir de un lugar.
Roberto bajó la mirada hasta ver que Hugo miraba fijamente hacia el suelo.
—¡Joder! — Tomó su Glock 19 con la mano derecha y se puso a revisar palmo por palmo el suelo en busca de alguna grieta.
Valeria, al ver que su compañero empuñaba el arma, entendió lo que buscaba e hizo lo mismo que él, comenzando por el otro lado de la habitación.
Martina continuaba repasando la estancia con su lámpara.
—¡Un momento! — Gritó Elena que, agarrando la mano que sostenía la luz negra de Martina, iluminando sobre el icono de Misos grabado en el marco de la puerta.
—Ahí está. — Dijo.
Sobre la luna y la daga apareció algo más: un resplandor azulado reveló un símbolo pintado para ser invisible sobre el anterior, aunque visible en condiciones muy específicas. Una serpiente coronando una balanza en la que se encontraban enfrentados un matraz y la muerte.
—¡Fysia! Cada segundo que pasa estoy más convencida que esto no un el simple faro o lo que sea que nos quieren hacer ver. — Dijo Martina
—Mira las estrellas de Misos, se solapan con estas y también… brillan bajo la luz ultravioleta. — Matizó Elena. —Hay que documentarlo. Esto es importante.
De repente, un golpe sordo alertó a todos. Roberto acababa de abrir un pasaje escondido tras la escalera de acceso a los pisos superiores. Un trampantojo tras un pequeño armario que ocultaba la puerta de acceso a lo que parecía ser un nivel inferior.
El primero en acceder por la escalera fue Hugo.
Aquel pasaje era muy angosto y oscuro, únicamente iluminado por la linterna de su H&K 416, su fusil de asalto.
Podía apreciar que la escalera descendía en espiral, de manera claustrofóbica por lo que normalmente hubieran sido unos dos o tres pisos hasta llegar a una habitación de unos cinco metros cuadrados con una puerta.
El resto descendió con cautela. Martina sacó el escáner térmico de la mochila y lo encendió. Apuntó con él al otro lado de la puerta e hizo un barrido de trescientos sesenta grados. Las lecturas no eran concluyentes pues mostraba estelas de calor aunque ninguna figura definida.
—Preparados ¡Entramos! — Dijo Hugo.
El pasillo que apareció al atravesar la puerta mantenía el hedor del faro, aunque el matiz a grasa de ballena rancia había dado paso a otra sensación. Una en la que se sentía como algo carente de vida rondaba por allí.
Las luces azules que iluminaban parcialmente aquel pasillo parpadeaban sin ritmo. El techo era alto, calcularon unos cinco metros de altura. Las paredes de hormigón agrietado estaban cubiertas de humedad semi congelada.
Había puertas a ambos lados, todas ellas cerradas.
La inmensa mayoría de aquellas habitaciones presentaban unas puertas gruesas de acero remachado y con un mecanismo central que parecía más una trampa industrial que una cerradura.
No tenían pomo, tan solo un sistema de cierre que necesitaba de dos manos y fuerza extrema para su apertura.
Las que no, tenían unos simples picaportes de metal que se sentían a punto de ceder con un simple empujón.
No se oía nada orgánico. Nada, excepto el zumbido eléctrico constante de una instalación en desuso y el crujido ocasional del sistema de ventilación que se abría paso por el techo como si fuera una gigantesca anaconda metálica.
No había ventanas por lo que no había posibilidad de que la luz natural inundase aquellas instalaciones. Únicamente metal, hormigón y silencio.
Tras las puertas de seguridad, las celdas eran más asfixiantes que cualquier fosa.
Tres metros de largo por dos de ancho. El techo era bastante más bajo que el del pasillo y con una rejilla oxidada en la parte central por donde goteaba una sustancia densa y oleosa.
Las paredes presentaban manchas de moho y suciedad.
Colores verdes y marrones que contrastaban con el blanco nuclear de la estancia bajo la luz de las linternas.
No había camas. En cada habitación, únicamente había un par de planchas metálicas soldadas al muro.
Un retrete sin tapa en una esquina y una pequeña compuerta en uno de los laterales de la habitación.
Aquellas aperturas se asemejaban a las ventanas de vigilancia de una celda convencional comunicándola con la habitación contigua.
Únicamente con aquellas que no tenían más que un pomo normal y corriente para su apertura.
El ambiente se había vuelto más pesado a cada paso que avanzaban por la estructura.
Allí se respiraba encierro, miedo, y aunque ahora el silencio de esas instalaciones fuera sobrecogedor, se podían sentir las voces de cientos de personas que allí habían gritado, chillado y suplicado por su vida, para nada, a lo largo de la historia.
Lo peor era que, a pesar de todas esas sensaciones, parecía que esas puertas estaban hechas para evitar a toda costa que lo que hubiera dentro, fuera lo que fuese, no saliese de allí.
—¿Esto son marcas de uñas? — Observó Martina.
Habitación tras habitación, fueron verificando que realmente estaban solos en aquel lugar. Se trataba de un aseguramiento de instalaciones de manual. Dos equipos separados únicamente por el ancho del pasillo asegurando cada puerta lateral.
El pasillo tenía una longitud aproximada de unos cincuenta metros. El frio se solidificaba en las paredes de aquel subnivel convirtiendo la humedad en escarcha.
—¿Oléis eso? — Preguntó Val. — Huele a…
—Muerte. — Respondió Elena.
—¿Qué estaba ocurriendo aquí?
—¿Os habéis fijado en el grosor de estas puertas? — Apuntó Roberto.
—Estas dos salas no se pueden abrir. — Indicó Val mientras hacía fuerza sobre una de las cerraduras.
—Hay que abrir esas dos que se encuentran cerradas. Tenemos que averiguar qué cojones era esto. — Impuso Hugo que estaba ejerciendo de líder táctico. En este tipo de situaciones, nadie le cuestionaba sus decisiones. Él lideraba, el resto le seguía.
—¡Joder! — Gritó Roberto sobresaltado.
Se encontraba en uno de esos despachos pequeños, observando su reflejo en un cuadro sobre la pared cuando todas las luces se encendieron de repente. Trastabilló hacia atrás, golpeándose con el escritorio que se encontraba en el centro de la sala.
—Al final del pasillo, sobre aquella puerta. Parece un sensor de movimiento. — Apuntó Val.
—Y una cámara de vigilancia.
—Debemos haber activado la luz al acercarnos a esta sala. — Justificó Martina.
Lo que sobresaltó a Roberto no fueron los estallidos de un par de bombillas en alguna de las habitaciones, sino lo que vio a través del espejo.
Las habitaciones menos seguras parecían ser salas de estudio.
Tenían un par de mesas, sillas, unos marcos colgados en las paredes y conexiones eléctricas que las otras salas no tenían.
Roberto se había detenido frente a uno de los marcos de la habitación que simulaban ser cuadros, aunque nada más lejos de su utilidad.
Aquel marco ofrecía un reflejo ciego de la sala de estudio hasta que se iluminaba el interior de la celda contigua, convirtiéndose en ese momento en una ventana espía. Desde allí se podía observar todo lo que ocurría en la celda adyacente. Y esa sala tenía dos marcos.
—¡Aquí! — Indicó Roberto.
—¡Y aquí! — Dijo Val.
Dos cuerpos. Uno casi momificado, el otro en avanzado estado de putrefacción. Ambos yacían junto a las puertas de salida de las habitaciones. El equipo se arremolinó entorno a las pequeñas ventanas.
—Trataban de escapar. — Dijo Elena.
Inesperadamente, una de las puertas se abrió de golpe.
Hugo la forzó desde el pasillo. Martina salió corriendo tras él mientras sacaba su lámpara ultravioleta y se volvía a colocar las gafas.