EL FARO
“4 de diciembre. 12:33 PM. 71,32º N, 156,62º O. Afueras de Kovac Bay.”
El motor del vehículo rugía mientras las orugas se abrían paso por la costa helada.
El equipo había conseguido alquilar un Bandvagn 206 gracias a la ayuda de la joven recepcionista de la pensión donde se instalaron.
Se trataba de un vehículo tipo oruga con remolque y capacidad para diecisiete personas, sin embargo, debido a la cantidad de expediciones científicas que había en la zona desde mediados de la primavera hasta principios del otoño,
la habían acondicionado para que en su conjunto se operase como un vehículo de transporte para material, por lo que las plazas delanteras eran las únicas acondicionadas para el desplazamiento de personas.
Era de los pocos transportes que podían lidiar con aquellas condiciones de tiempo y terreno tan extremas y además, de los pocos vehículos aptos para recorrer el permafrost y aquella parte de la costa Ártica en pleno invierno.
Gracias al pragmatismo diplomático de Roberto, lograron una buena rebaja en el precio.
Sven, como llamaron cariñosamente al Bv-206, junto con las dos motos de nieve que habían encontrado en la antigua escuela, formaban un tándem perfecto para que el equipo se moviera por la zona.
Tenían iluminación extra en la oscuridad y podrían desplazarse mejor bajo la tempestad de viento, frio y nieve.
El asentamiento de Kovac Bay quedaba atrás, reducido a una mancha de estructuras medio enterradas bajo la nieve en la noche polar.
No habría amanecer en muchos días. Únicamente la luz eléctrica de sus vehículos y la certeza de que algo, en algún punto entre el espigón en medio de la nada y el borde del océano Ártico, continuaba emitiendo una extraña señal.
Aquella que detectó Artemisa en el vídeo de la Deep Web.
—Sigo sin entender por qué ir al noreste si la señal más cercana al pueblo llega del oeste.
— Preguntó Rob, que conducía el vehículo oruga.
Como copilotos, junto a él, Elena y Martina, quienes trataban de ver algo a través de la nevada.
La joven informática, ayudada por el escáner térmico, del que no apartaba la mirada.
—Por decimonovena vez: porque la fuente de emisión directa está alterada.
Cuando antes he contactado con Alicia, le he enviado la señal junto con el nombre de Kairo Stern y Érebo.
A ver si ella tenía más suerte. Desde su casa ha podido comprobar que hay un sistema de rebote de señal en la emisión.
Así que, o alguien quiere que encontremos esa señal para llevarnos a algún lugar en concreto, o hay dos lugares comunicados entre sí.
Es cierto que la emisión primaria podría estar redirigida por un amplificador de frecuencia.
Para que lo entiendas, — Explicaba la joven.
—como los amplificadores del wi-fi de tu casa, pero a lo bestia.
Sin embargo, el primer patrón… es idéntico al que vimos en el vídeo de la mujer, pero ligeramente diferente del segundo.
El registro geográfico de la señal más potente apuntaba aquí: el espigón noroeste, donde se encuentra…
—El faro. Vale, entendido. — Y susurró, —Como te gusta escuchar tu propia voz.
—Sí. La verdad que sí me gusta.
Rob aceleró la oruga sin éxito en su intención, ya que trataba de adelantar a Valeria y Hugo en las motos de nieve.
Estas no se alejaban demasiado, pues la potencia de los haces de luz del Sven era bastante superior al de las dos motos juntas.
—Por cierto. Quiero volver a manifestar que no estoy de acuerdo con haber dejado a esa mujer tirada en la calle. No es nuestro estilo.
—No está tirada en la calle. La hemos dejado detrás de la oficina del sheriff. El frio la conservará, y si el sheriff es una persona íntegra, cuando la encuentre le dará el tratamiento que merece. — Terció Elena.
—Si la encuentra. Tú lo has dicho. — La discusión se alargó por unos minutos más.
Fueron los coletazos de una discusión entre Roberto y Valeria, y que sentenció Hugo en la habitación antes de la salida de la expedición.
Rob, finalmente, entendió que no era de recibo el dejar que Aniak, como se llamaba la recepcionista de la pensión, se encontrara con un cadáver en alguna de las habitaciones del equipo cuando fuera a realizar la limpieza diaria.
Supondría un susto de muerte para ella y un problema para el equipo teniendo que justificar aquella situación.
Hugo detuvo su moto de nieve para consultar el mapa en la tablet. Tenía poco tiempo de uso continuo debido al frío extremo. Ya lo sabía.
Tenían conexión GPS gracias a Martina, quien logró triangular sus dispositivos con varios satélites de la Agencia Espacial Federal Rusa de la red GLONASS.
Gracias a las enseñanzas de Artemisa, también logró el hackeo del satélite Ofeq-19.
El satélite óptico israelí, de uso militar y con la última tecnología óptica por microondas, lo que les permitía acceder a las imágenes en tiempo real de una zona concreta, a través del cúmulo tormentoso, humos o total oscuridad.
La nieve se veía absolutamente negra, el material de construcción del faro era ligeramente más brillante y, todo objeto en movimiento o metálico emitía unas ondas blancas que no pasaban desapercibidas.
Con un poco de suerte, tendrían tres horas de señal.
La doctora tomó también una de las tablets de la joven y accedió a la señal en directo del satélite.
—El faro de Kovac fue clausurado en 1993 y sin embargo, parece que hay actividad reciente en los alrededores.
Fuentes de calor provenientes de generadores diésel.
Ahora mismo hay algo en movimiento en el exterior del faro, pero el satélite no puede acercarse lo suficiente para determinar qué es.
Puede ser una moto… un quad, no lo sé. De lo que sí estoy seguro es, de que se trata de un vehículo.
—Nadie en su sano juicio se desplaza en mitad de una tormenta así para ver un simple faro. — Respondió Val.
—Sí. Si sabe que estamos aquí, si quiere ocultar algo o si está cumpliendo órdenes. — Murmuró Elena.
Hugo permanecía en silencio observando la mejor ruta para llegar hasta el último rincón de la tierra. Al escuchar a su compañera insinuar que podía haber movimiento en el fin del mundo, se recolocó su fusil asegurándose que lo llevaba preparado para cualquier sorpresa.
Una hora más tarde vislumbraron la punta del faro a lo lejos.
La estructura se erguía al borde de un pequeño barranco de apenas treinta metros en el extremo norte del espigón, flanqueada por el mar y el permafrost congelado hasta donde alcanzaba la vista, aunque no fuera mucho debido a la oscuridad.
A unos cuarenta metros mar adentro sobre el hielo, una boya inmóvil destacaba por el destello de la luz roja que indicaba su balizamiento marítimo.
Solitaria, funcional y activa a pesar de las condiciones climatológicas del lugar.
El acceso al edificio principal del faro constaba de unas escaleras aparentemente bloqueadas por la nieve acumulada y endurecida.
No se apreciaba ningún signo de vida allí.
El vehículo que la doctora detectó por satélite no estaba.
No había huellas aunque era casi imposible que con la ventisca durasen más de un par de minutos, y el scanner térmico que portaba Martina, únicamente mostraba blancos y negros indefinidos.
Ningún miembro del equipo articuló palabra mientras se acercaban a aquella solitaria y fría construcción.
Mientras bajaban de los vehículos, la calma antinatural del ojo de la tormenta amplificaba cada sonido: el crujido seco del hielo bajo las botas, las pisadas hundiéndose en la nieve, el viento huracanado de la tormenta de fondo cada vez más cerca.
Los miembros más tácticos del equipo: Valeria, Roberto y Hugo aseguraron la entrada. Con las armas preparadas y los cinco sentidos en alerta, barrieron las inmediaciones del faro.
No localizaron nada ni a nadie.
Nuevamente en la puerta de entrada, Rob forzó la puerta con una palanca, cediendo ésta con un quejido oxidado, y logrando el acceso al interior del faro.
Dentro existía una densa oscuridad. Aquello era una estancia pequeña, que inspeccionaron rápida y meticulosamente, como habían hecho en incontables ocasiones en los dos últimos años, en los que habían aprendido a trabajar como un verdadero equipo de intervención.
Tardaron apenas un minuto en asegurar el interior del faro y sus dos pisos superiores.
En la primera planta de la torre se encontraba una pequeña habitación que debió de ejercer las funciones de vivienda y una sala de servicio con herramientas y repuestos que habían visto tiempos mejores.
Arriba del todo: un balcón circular, una cúpula de vidrio protegiendo la lente de Fresnel y la lámpara, y una pequeña puerta de acceso para facilitar el mantenimiento del mecanismo de giro.
En las plantas superiores no quedaba nada más allá de lo que otrora pudieron ser útiles de trabajo del día a día en un faro costero en aquellas latitudes.
Reunidos en la planta baja, Roberto dijo.
—Aquí no hay nadie.
—Aparentemente. Tenemos que poner este lugar patas arriba si es preciso para encontrar lo que quiera que sea que nos ha traído hasta aquí.
—Jefe ¡Mira! — Espetó Martina.
Las miradas se dirigieron hacia una silla colocada a un metro de la pared circular de la entrada, junto a la puerta flanqueada por una pequeña ventana.
Cuatro metros al frente de esta: una mesa cuadrada, vacía y ligeramente torcida en dirección a la silla.
Junto a la mesa, las escaleras que daban acceso a las plantas superiores.
Hugo localizó con la mirada una pequeña marca grabada junto al quicio de la puerta. La reconoció al instante. Aquel era el mismo símbolo que le remarcó Artemisa en el vídeo original un par de días atrás. El que hiciese que un equipo de cinco personas viajase hasta ese infierno.
Grabada junto al único punto de acceso y salida del faro y bajo una capa de escarcha blanquecina, allí se intuía el emblema de Misos, la sección de sicarios de O.N.O.
Hugo pasó la mano por encima para quitar parte de la helada. La luna en fase de cuarto creciente atravesada verticalmente de arriba hacia abajo por una daga y sobre ella, ahora perfectamente visibles, no así en la imagen del vídeo, treinta y tres estrellas.
—Ocurrió aquí. — Susurró Elena.
—¿Qué? — Rob bajó su arma.