Sin voz en la tormenta (Hostes 2) INDICIOS EN LA NOCHE POLAR #3
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INDICIOS EN LA NOCHE POLAR #3

Mucho menos invasiva y dañina, y más controlable por los médicos responsables de su administración que las formulaciones actuales.

Una vez aplicado el bloqueador, simplemente era cuestión de añadir el suero adecuado para revertir el coma sin los efectos adversos actuales.

Pero los resultados fueron… digamos… erráticos.

—¿Erráticos? — Intervino Rob.

—Sí. Algunos pacientes no despertaban. Otros presentaban necrosis celular o actividad cerebral sin función motora.

— Cerró los ojos. Se había sentado al borde de la cama, sujetándose la cabeza con las manos, arrepentida por lo que no contaba.

Parecía luchar contra su propio pasado, contra sus remordimientos.

—Yo creé la cadena química que sería la base del neuromodulador.

En la fase uno, cuando observé esos resultados, mostré mis dudas a Stern, quién apenas le dio importancia.

Yo… — Vacilaba. —…confiaba en él, así que continué con la creación de la cadena, hasta que vi que los resultados, realmente, no eran los esperados y me planté.

Creí que archivarían la investigación. Me retiraron del proyecto antes de que se cancelara oficialmente, así que no supe más.

Nunca pensé que… pudieran haber seguido adelante.

— Se culpabilizaba en cada pausa y titubeo que inconscientemente le salía.

—¡Joder! Me duele la cabeza solo de pensar en las posibles consecuencias. — Volvió a interrumpir Roberto.

—¿Jugabais a ser dioses con el cerebro de la gente? — Espetó Val.

—Y ahora ese compuesto… — Añadió Hugo, mientras señalaba los resultados del espectrómetro. —…aparece en el cuerpo de una mujer muerta en el culo del mundo, bajo nieve y hielo, y con la firma de uno de tus antiguos colegas.

—¡No es mi colega! — Espetó Elena con un grito.

—Stern… era un visionario, sí, pero sin ética.

Un fanático del progreso sin límites. Hacía todo lo que el Instituto le permitía y lo que no…

también. Los últimos rumores apuntaban a que el Instituto se hartó de las exigencias de Stern y de su mala praxis.

Lo repudiaron y su reputación se desplomó.

Más tarde, lo único que supe de él fue que se había trasladado a un laboratorio privado… sin especificar el destino.

—Si no te conociera, parecería que le idolatrases. — Matizó Valeria que arrojó la callada por respuesta.

—No me juzgues por querer aprender de los mejores.

—¿No intuías hacia donde podía dirigirse la investigación? — Reprochó nuevamente Valeria.

—¡Por supuesto que no! Cuando me di cuenta de las posibles consecuencias, informé de ello inmediatamente a coste de mi beca de investigación, mi trabajo y mi reputación. — Sentenció Elena.

—¿Tienes el dosier de vuestro estudio? — Preguntó Hugo suavizando el tono.

—No. Como he dicho, eso ocurrió hace diez años, y la investigación como tal pertenecía al Instituto. La experimentación se canceló, los laboratorios se clausuraron y el Instituto enterró esos archivos.

—A juzgar por lo visto, permíteme que discrepe doctora. — Replicó Val.

—Una investigación así no se entierra. Puede reportar mucho dinero para mucha gente y, si detrás está un fanático que no atiende a las normas legales ni morales…

mucho menos. De todas formas, a la vista está que ese Érebo-3 o lo que fuera, lo han mutado y están pasando de fase de ensayo en laboratorio a fase de pruebas de campo.

Tú puede que quisieras crear algo bueno, — dijo Hugo dirigiéndose directamente a la doctora.

—pero alguien está jugando a ser Dios, como bien ha dicho Valeria.

Val rabiaba por dentro por la situación, pero al mismo tiempo se estaba dando cuenta que la doctora no tenía culpa de lo que estaba ocurriendo. Ella solo buscaba dejar su impronta en beneficio de la humanidad.

—Puede que… — era incapaz de aceptar la inseguridad con la que hablaba —…el primer borrador del estudio se encuentre… en los servidores de los laboratorios, o del Instituto en Oslo o Zúrich.

—¿Quién tenía acceso a esos datos?

—No sé quién tenía acceso a los datos completos de la investigación. Imagino que el científico jefe del experimento, Stern. En el Érebo-3 participamos: él y yo. De vez en cuando nos asignaban a algún becario que no duraba más de tres días. Stern era muy… especial.

—¿Crees que Stern podía estar vinculado con O.N.O? — Preguntó Roberto.

—¿Stern? Antes te hubiera dicho que no. Pero ahora…

no lo tengo tan claro. Su nombre o el de la sustancia no aparecían en ningún expediente de la investigación contra O.N.O. de hace un par de años.

Pero si este compuesto está aquí, modificado…

y si lleva su firma… significa que alguien tomó Érebo-3 y lo llevó mucho más allá.

— Elena trataba de recomponerse imponiendo una autoridad fingida en su voz.

Ella quería creer que lo que estaba ocurriendo no era culpa suya, pero las pruebas no estaban muy a su favor.

—Esto no es una simple neurotoxina. Es un protocolo científico muy medido que ha creado una muerte de diseño.

Erebo-3 arrojó resultados inesperados. Algunos de los efectos secundarios eran la muerte del paciente, pero alguien lo ha perfeccionado para que ese sea su único efecto.

—¡Para, para, para! ¿Qué quieres decir con “protocolo”? — Preguntó Martina desde el suelo, donde continuaba su trabajo con el ordenador.

—Que esto no es una simple muerte por exposición.

Es un experimento. Una prueba de campo. Este cuerpo…

— Se volvió hacia el pequeño baño de la habitación, como si pudiera ver el cadáver a través de la pared.

—…esta mujer, fue utilizada. Inyectada de forma deliberada, monitorizada, y después abandonada, así que…

o mucho me equivoco, o lo mismo fue lo que le ocurrió a la que apareció en el video que te enviaron. — Ahora señalaba a Hugo.

Para Valeria, existía una pregunta que estaba dándole vueltas desde hacía unos minutos.

—Elena, no creo en las casualidades. Lo sabes.

Así que contéstame con sinceridad ¿crees que fue casualidad que aquí, en sueños o entre delirios febriles, me da igual, y con lo que sabemos ahora, soltases el nombre de Kairos en una pesadilla sin más?

Elena sentía el peso de las miradas de sus compañeros como cuchillas afiladas y, aun percibiendo la condena de sus compañeros, trató de justificarse.

—Aquel fue uno de los dos peores momentos de mi vida.

Y lo sufrí en un lugar muy similar a este.

Frio, lejos de casa, y con un equipo al que cogí mucho aprecio.

Si es casualidad o no… no lo sé. Pero como he podido demostrar, el cerebro es muy caprichoso y no atiende a razones. Únicamente a estímulos.

Tras unos segundos de valoración, Val aceptó la explicación. —Es plausible.

—¿Cuál es el otro? — Preguntó Martina.

—¿El otro?

—El otro peor momento de tu vida. Ya que nos estamos sincerando…

Elena titubeó. No sabía si responder a la pregunta. Le gustaba crear vínculos familiares con su equipo, pero no abrirse más de lo necesario. El problema era que ahora sí que era necesario. Necesitaba más que nunca la confianza de sus compañeros, de sus amigos, de su familia.

—Hace dos años. Ver como casi pierdo a Hugo, a Rob y a Alicia.

— Val sintió el golpe de efecto. —Trabajo con la muerte, pero no me gusta que los míos la tengan que sufrir.

Tuve… miedo de perderos. — Acababa de abrirse en un momento de máxima debilidad emocional.

Los suyos eran ellos. Su equipo. La única familia real que ella había tenido.

Hugo se irguió. Su voz, ahora era la del líder táctico del equipo que emergía para paliar las posibles dudas de confianza que pudieran aparecer y romper el grupo.

—Eres la única que sabe a lo que nos podemos enfrentar.

Eres nuestra jefa científica. Y sabemos que esto no es culpa tuya.

— Elena lo agradeció con la mirada. Valeria trataba de disimular el pequeño remordimiento que sentía.

En un principio sí que la acusaba a ella de ser cómplice de todo aquello.

—Así que, vamos a hacer nuestro trabajo rápido para irnos cuanto antes de aquí, y que Rob pueda dejar otro corazón partido en otra chincheta del mapa.

—¿Estás diciendo que están usando a personas como sujetos de prueba? ¿Aquí? ¿Ahora? — Preguntó Roberto.

—Sí. — Susurró Elena. —Y si el nombre de Kairos está en la cadena base… significa que alguien… ha resucitado el proyecto Érebo.

Martina se quedó en silencio sobrepasado por la tensión palpable. Conocía bien a sus compañeros y, por un instante, pudo observar un milisegundo de desconfianza en los rostros de Valeria y de Roberto.

La automatización del portátil de Martina finalizó hacía unos segundos. No se había dado cuenta hasta que la luz parpadeó y el destello de la pantalla fue patente. Fijó su mirada en el monitor, y tras estudiar los resultados, fue su turno.

—La señal que capté. Tiene intervalos de diecisiete segundos exactos. Tres repeticiones, luego pausa. Luego empieza de nuevo. Como si… como si fuese una señal que espera una respuesta.

—¿Una respuesta? De qué. — Preguntó Val a media voz.

—No lo sé. Pero si esto que está tomando forma con la revelación de Stern es la correcta…

quizás no sea una señal cualquiera. Desde la primera vez que la detectamos en el refugio dimos por sentado que eran señales antiguas.

Repetitivas, pero sin patrón. Únicamente teníamos la frecuencia, pero nada más.

Hugo asintió, girándose hacia la ventana cubierta de escarcha y nieve. El viento no cesaba. Al otro lado, la noche y el frío continuaba escondiendo algo más que el paisaje de Kovac Bay.

—Entonces… tenemos dos cadáveres, una neurotoxina de diseño, una señal repetitiva y codificada emitida desde dos puntos distintos, un de ellas al oeste de nuestra posición y de la que no tenemos ni idea de qué quiere decir ni quién la envía…

y alguien que juega a ser Dios eligiendo quién vive y quién muere con los habitantes de este pueblo en el fin del mundo.

Esto último a juzgar por lo que insinuó Kay antes de la aparición de nuestro amigo, el sheriff de Kovac Bay.

— Un nuevo silencio inundó la habitación, únicamente roto por el golpeteo constante e irregular de las contraventanas que les separaban de aquel abismo ártico del exterior.