Sin voz en la tormenta (Hostes 2) INDICIOS EN LA NOCHE POLAR #2
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INDICIOS EN LA NOCHE POLAR #2

A parte de la punción que tiene detrás de la oreja de la que ahora os hablaré, presenta unas livideces muy regulares.

Eso no es natural. Ese tipo de marcas se forman tras estar en una posición muy concreta y sobre una superficie muy concreta durante más de setenta y dos horas tras la muerte o…

— En ese momento creyó recordar algo similar que vio cuando ella era todavía una joven científica, aunque rápidamente lo descartó.

—¿Estás segura de que no es solo necrosis tras la congelación? — Interrumpió Roberto.

—No. — Respondió ella sin vacilar. —Este Rigor Mortis ha sido modificado.

Aquí hay algo extraño. Creo que fue víctima de algún tipo de sumisión química, y que ese producto es el causante del retraso de la descomposición normal del cuerpo.

Tiene también marcas circulares, como las que producen las ventosas de los antiguos electrocardiógrafos, por lo que me da a entender que la han tenido monitorizada.

En relación a la punción, he encontrado más.

Hay unas marcas indefinidas que las rodean, tanto en la región retroauricular derecha como en la fosa axilar derecha.

— La doctora tomó una pequeña lámpara de luz blanca y la deslizó tras la oreja y bajo la axila derecha de la víctima.

Luego hizo lo mismo con un filtro UV portátil.

Pudo mostrar que lo que parecía una piel lisa y nívea, revelaba una red de líneas irregulares bajo la dermis.

—¿Qué es eso? — Preguntó Valeria.

—¿Lo viste? — Preguntó. —¡Aquí! ¡Justo aquí! Bajo la piel.

Hugo frunció el ceño tratando de ver algo mientras se acercaba sin interrumpir. Para Hugo, un cuerpo muerto era un cuerpo muerto.

—¿Qué es?

—No tiene sentido. Es una marca intradérmica, oculta a la vista.

El grado postmortem parece menos acuciante alrededor de las zonas próximas a los pinchazos.

Para que nos entendamos, el horario de la muerte de unas zonas del cuerpo no coincide con el de otras.

Habría que hacer más pruebas, pero aquí no disponemos del material.

—¿Y esto en la muñeca? ¿Una quemadura? — Preguntó Martina.

—Esa marca no es térmica sino que parece química, y muy específica.

— Sacó con cuidado una muestra tisular de la zona afectada y la colocó sobre una placa de análisis.

Activó el espectrómetro portátil que había colocado en la mesa donde unos minutos antes, había estado el desayuno de Hugo.

Su habitación, antes sala de reuniones, ahora se había convertido en una sala de autopsias.

—Esto tardará unos minutos. — Siguió revisando el cuerpo.

—¡Aquí! en la mano izquierda, dedo medio.

¿Lo veis? Ha tenido un anillo. Quizás se lo quitaron para evitar la identificación.

—Creo que ahí puedo arrojar algo de luz. — Explicó Hugo. —Aquí está el anillo. Se lo quité cuando la encontramos. No quería perderlo. — Lo sacó de su bolsillo y lo colocó sobre la mesa. Elena lo reconoció al momento.

—¿Qué tiene ese anillo de especial? — Se preguntó Rob.

—Archor. — Espetó Elena.

—Sí. Queda confirmado lo que nos temíamos.

Todos quedaron en silencio asimilando la noticia. O.N.O. no había desaparecido. No habían acabado con ella, lo que significaba que tanto ellos como sus familias y el mundo continuaban en peligro.

Mientras el análisis procesaba la muestra de tejido, Martina trataba de conectar sus portátiles a una red wi-fi segura.

—Se me había olvidado deciros algo. Con todo lo que hemos pasado, esta noche apenas pude dormir.

La caída, la nieve, la estación meteorológica abandonada, la escuela, Kay, el sheriff, el pueblo…

Era imposible pegar ojo, así que me puse a investigar un poco por mi cuenta.

Quise decíroslo cuando lo encontré, pero…

— Miró a sus compañeros. Volvía a dar demasiadas explicaciones vacías aunque bajo la mirada orgullosa de Valeria y Hugo.

Ellos sabían que Martina no era investigadora.

—Vale. Resumo. Capté algo. Otra señal. La misma frecuencia que la primera transmisión, pero…

más débil. He determinado que hay un ochenta por ciento de posibilidades de que venga del oeste de nuestra posición.

—¿Puede tratarse de un eco de la transmisión original? — Preguntó Valeria.

—No lo creo. El espectro es casi idéntico, pero tiene matices que no coinciden con una repetición o un eco. Hay pausas. Pausas demasiado regulares. Como si fuera parte de una secuencia.

—¿Un código? ¿Una cuenta atrás? ¿Un mensaje cifrado? — Preguntó Hugo alertado.

—Parece… un código. — La tensión en la sala era palpable.

Martina comenzó a aplicar a la muestra filtros de reducción de ruido.

—No pude hacerlo antes, ya que no quería despertar a Elena buscando el material que necesitaba.

— Tras rebuscar en el interior de su mochila, sacó un modulador de frecuencias que conectó al portátil.

El sonido que emitió era muy estridente por lo que conectó unos auriculares que se colgó al cuello.

Mientras tanto, la doctora revisó los resultados parciales en su tablet que estaba arrojando el espectrómetro y entonces se cayó en la cuenta de lo que tenía entre manos.

—TTX modificado.

—TTX. Pero esto no lo hace el TTX. ¿No, doctora? Al menos, el que encontramos en Bilbao no. Y la droga que fabricaba O.N.O. distaba mucho de estos efectos secundarios. — Apuntó Hugo al ver el resultado.

—No. No solo es la tetrodotoxina. Esto… — Balbuceó.

—Esto… no puede ser. — Se retiró del espectrómetro y retrocedió un paso.

Trastabilló. Se chocó contra Martina que se encontraba en cuclillas en el suelo junto a la cama.

Esta apenas levantó la mirada de su ordenador, pues estaba totalmente concentrada.

—¿Qué ocurre? — Preguntó Val. Nuevamente todas las miradas recaían en la doctora, pero por otro motivo diferente al informe de la autopsia.

Su rostro, ya pálido por el frío local, se volvió casi cetrino. Los ojos se clavaron en el resultado parcial del análisis químico donde se listaba una cadena sintética con una firma digital.

K-117 [Stern, K.]

—¿Doctora? — Preguntó Hugo. El miedo y la inseguridad se apoderaron de la voz de Elena.

—Yo… creé esto. — Los rostros de los allí presentes eran de asombro e incredulidad. Nadie se esperaba una revelación así.

—Elena ¿qué quieres decir? — Valeria no entendía nada, al igual que el resto del equipo. La doctora tragó saliva para intentar aclarar la voz, sus piernas se doblaron hasta sentarse en una de las camas y, sin perder de vista el resultado mostrado en la pantalla, balbuceó.

—Pero no sabía que… — Se llevó una mano a la boca, aterrada, pensando en las consecuencias de su descubrimiento.

Martina levantó la vista del monitor. Su trabajo ahora automatizado requería unos minutos de computación. —¿Qué pasa?

—El nombre que aparece en la cadena base del espectrógrafo… Stern. ¿Sabes de qué se trata? — Preguntó Hugo.

—El doctor Kairos Stern. —Ahora, las miradas se tornaron hacia Martina.

—¿Le… conoces? — Titubeó Elena.

—No. Hasta anoche cuando hablaste en sueños.

No se te entendía casi nada, pero una palabra me llamó la atención: Kairos.

Solo una vez, pero muy clara. Parecía que la pesadilla era demasiado inmersiva.

— Explicaba Martina. —Evidentemente no tenía contexto.

No sabía ni siquiera si se trataría de una palabra real, así que probé la conexión buscándolo en internet.

En vista de los resultados obtenidos, pude intuir que podría tratarse de una persona, y parece que acerté.

Aparecieron varios Kairos en el sistema.

Uno era un cantante colombiano de hip hop.

Otro era un animalista sueco. Había un surfista californiano que ganó varios concursos en la Costa Este de Estados Unidos…

pero que realmente me llamase la atención, solo uno.

Un científico alemán, desaparecido hace nueve años de la faz de la tierra y llamado Kairos Stern.

El silencio se alargó. Hugo intercambió una mirada rápida con Valeria.

—Elena… — Dijo, sin levantar la voz, pero con toda la firmeza de alguien que busca un poco de luz en la oscuridad. —¿De qué conoces tú a Kairos Stern?

La doctora apretó los labios y tragó saliva mientras respiraba con dificultad.

—Fue el autor de varios estudios experimentales en el terreno de la neurociencia y alguien muy respetado en la comunidad científica, hasta…

— Su voz se tornó más precavida y oscura.

—…que fue repudiado por el Instituto de Ciencias de Zúrich.

Se dedicó a presentar estudios relacionados con ciertos ensayos en fase dos no autorizados, sobre neuromoduladores sintéticos.

Digamos que… se saltó la burocracia de las fases alfa y uno.

Eso no es ético en ciencia, aparte de muy peligroso.

Su reputación en los círculos académicos se resintió, y todas sus investigaciones y estudios se enterraron en un cajón. Posteriormente… desapareció.

—¿Cómo que desapareció?

—Las malas lenguas, y alguna leyenda urbana entre los círculos académicos decían que había perdido la vida en Suiza, ahogado en el lago donde jugaba de niño, en Lucerna.

— Su cerebro se estaba adelantando a los acontecimientos, y la culpa y el remordimiento ya pesaba más y más con cada palabra que decía.

—Pero ¿qué tienes que ver tú con él? —Irrumpió Roberto.

Inspiró profundamente y soltó el aire muy despacio. Parecía que se estuviera preparando para correr una maratón.

—Fue… mi mentor. Se trataba de… — Sabía lo que parecería lo que iba a decir.

—…del director de investigación del primer ensayo clínico en el que participé, hace años.

Cuando aún estaba en el Instituto Global de Farmacología Aplicada de Oslo.

Trabajábamos en un compuesto neuromodulador para enfermedades neurodegenerativas.

Lo llamaban Érebo-3. Pero… se suspendió. O eso nos dijeron.

—¿Y los dos anteriores?

—Los descartó porque eran inocuos en más del noventa por ciento de la población estudiada.

—¿Participaste de los anteriores?

—No. Me asignaron al laboratorio para el comienzo de ese nuevo proyecto.

—¿Qué tipo de compuesto era? —Preguntó Valeria. El viento continuaba golpeando en la ventana, aunque parecía que ahora lo hacía con más rabia. Elena la miró, recordando uno de los momentos más duros de su carrera.

—Un bloqueador nervioso. Eso era lo que debía ser.

Se suponía que su acción era reversible.

Una alternativa segura al coma inducido para pacientes con traumas cerebrales.