INDICIOS EN LA NOCHE POLAR
“3 de diciembre. 10:10 PM (hora local). Pensión Pikalujak, Kobac Bay”
—Ya están aquí. Y con un regalito. — Roberto los vio llegar desde la ventana de la habitación en la que se encontraba.
Sabía que fuera lo que fuese lo que llevaban envuelto en aquella manta, no sería ningún animal atropellado.
Bajó corriendo hasta la entrada, indicándoles que esperasen un instante hasta que consiguiera distraer a la recepcionista.
—Segunda planta. Martina está con Elena.
Vuestras habitaciones tienen las llaves sobre el pomo.
Valeria aparcaba la moto de nieve, mientras Hugo, cargado con el cuerpo a hombros, se acercaba lentamente hacia la entrada de la pensión.
Tenía que reconocerlo. Roberto era un buen amigo y, además, tenía un don especial con el género femenino.
Consiguió que la joven recepcionista le acompañara a la cocina para preparar cinco cenas mientras Hugo, Valeria y el cuerpo de la desconocida, subían por las escaleras hasta la segunda planta.
En ella había cinco habitaciones. Dos de ellas, tal y como les indicó Roberto, tenían la llave colgada en el pomo.
El pasillo era largo y sin mucho mobiliario. Las paredes estaban cubiertas con un papel que emulaba unos jardines repletos de flores, algo que por aquellas latitudes no habían visto nunca. Parqué en el suelo y una iluminación cálida que hacía del lugar un corredor acogedor.
Accedieron a la primera habitación que tenía las llaves colgadas.
Era una continuación del pasillo, pero más espaciosa y privada.
Una estancia cuadrada con un baño, dos camas, una mesa y una silla.
La ventana estaba cerrada y cubierta con una contraventana de madera que, el viento golpeaba constantemente.
En el interior, tenían conectado un sistema de calefacción preparado para esas temperaturas.
El contraste entre el exterior y el interior, ya no de la habitación sino del edificio, era considerable.
Calidez y confort por todas partes. La moqueta de las habitaciones eso sí, había tenido tiempos mejores.
Hugo colocó el cuerpo en la bañera del baño y cerró la puerta.
—Será mejor dejarla hasta que Elena pueda echarle un vistazo.
—Estoy de acuerdo. — Asintió Val.
Instantes después, alguien llamó a la puerta. Al otro lado, Roberto cargaba con cinco bandejas, una sobre otra.
—Creo que deberíais de tomaros el caldito caliente que os traigo.
—Gracias Rob. ¿Cómo está Elena? — Preguntó Hugo.
—Sin fiebre, pero necesita descansar. Martina está con ella. — Miró por la habitación buscando el bulto que traían, aunque no le dio tiempo a preguntar. Tomando dos de las cinco bandejas, Valeria respondió a la pregunta silenciosa.
—Está en la bañera. La encontramos parcialmente enterrada en la nieve.
—¿La?
—Es una mujer y extrañamente, es muy parecida a la víctima del vídeo.
—¿Creéis que es ella?
—No. No lo es. — Respondió Hugo, tomando una de las bandejas de comida y destapándola.
Val hizo lo propio con la suya. Roberto dejó las otras tres sobre una de las camas.
Los tres dieron buena cuenta de la sopa; aceite de foca, carne de caribú y verduras locales que hicieron que sus cuerpos entraran rápidamente en calor y se recompusieran.
—Y esto… — señalaba un plato que contenía unos pequeños cubos de carne. —…me ha dicho que se llama Muktuk, y que es muy típico de aquí. Que da mucha energía.
—Y cuando te lo ha dicho ¿te ha guiñado el ojo? — Contestó Hugo.
—Jefe… — Indicó, soltando una carcajada contagiosa. —Por supuesto que sí.
Cuando dieron cuenta de la cena, Valeria se dirigió a su habitación.
Allí estaba su mochila. Tras una ducha caliente y reconfortante, cayó rendida en la cama.
Roberto llevó las dos bandejas de comida restantes a la habitación donde Martina cuidaba de Elena.
Martina, con la tablet de una mano y el cuenco de sopa de la otra, agradecía a Roberto el gesto con una tímida sonrisa.
A Hugo le costaba conciliar el sueño tumbado en aquella cama.
No dejaba de pensar en que tan solo una plancha de pladur separaba su cama del aseo en el que se encontraba el cadáver de una persona.
Una mujer que intuía iba a traer más preguntas que respuestas a su investigación ya de por sí complicada.
Recordó la advertencia del General.
«Tengan cuidado. Su tapadera no justificará que lleven este tipo de armamento. Si las autoridades les detienen, pueden ser acusados de: tenencia ilícita de armas, estancia ilegal, terrorismo, o sabe Dios qué más delitos que se les ocurran. Recuerden que no es su jurisdicción.»
También, trataba de ubicar el rostro de aquella mujer que le resultaba familiar. Extrañamente familiar. Pero no conseguía terminar de identificarla en su línea temporal.
Finalmente, la sopa de aceite de foca cumplió su cometido y su cuerpo se relajó. Dejó de sentir los golpes del viento arremetiendo contra las ventanas. Sus ojos se cerraron y el reino de los sueños le abrió sus puertas.
***
“4 de diciembre. 09:15 AM (hora local). Pensión Pikalujak, Kobac Bay”
A la mañana siguiente, aunque en el exterior seguía siendo de noche, tres tímidos golpes en la puerta despertaron a Hugo.
Estaba desubicado en aquella habitación.
La cabeza le daba vueltas y una punzada de dolor se había asentado en su costado.
Sentía que todo lo vivido el día anterior había sido un mal sueño.
Escuchó la voz de Roberto y de Valeria al otro lado de la puerta. También Martina, a la que creyó oír decir que Elena estaba casi recuperada.
Se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. Tras ella le esperaba el rostro joven y tímido de la recepcionista y chica para todo del hostal.
—Disculpe que le moleste señor, pero… le traigo el desayuno.
—¿Eh?... ¡Ah! muchas gracias.
—También quiero decirle que hoy el tiempo es mejor que en el día de ayer.
El viento es menos fuerte y tenemos treinta y dos grados en negativo.
— El rostro de la joven expresaba la inexperiencia e inocencia de quién se encuentra realizando su primer trabajo de verano para pagarse la universidad.
Recitaba lo que parecía, se había aprendido minutos antes para agradar a sus huéspedes.
—Muchas gracias. — Repitió.
Ella continuaba con su diatriba bajo las miradas del resto del equipo y la sonrisa de complicidad traviesa de Val. Tras dos años trabajando juntos, sabía que Hugo no era persona hasta que no se tomaba su primer café en la mañana.
—Quiero agradecerle su confianza en nuestra humilde pensión y que cualquier queja, comentario o sugerencia, no dude en… — Hugo tomó su bandeja con el desayuno.
—Está todo perfecto. Muchas gracias. — Trató de finalizar la conversación poniendo su mejor sonrisa.
La joven agradeció con un gesto de su cabeza, se giró hacia el resto de los huéspedes que se encontraban en el pasillo y con tímido gesto con la mano se despidió, para después bajar por las escaleras hasta retomar su puesto en la silla en la recepción.
El resto del equipo esperó hasta que la joven se perdió de vista para soltar abiertamente una carcajada.
—Creíamos que necesitabas un cafecito para despejarte. — Dijo Rob.
—Y yo creo que estáis demasiado despejados, así que en quince minutos os quiero ver en mi habitación.
— Y cerró la puerta para poder tomarse el café tranquilo.
Un nuevo estallido de carcajadas rompía el único rumor que allí se sentía: el viento contra las ventanas.
A Hugo le encantaba ver y escuchar como la complicidad del equipo era inquebrantable.
Quince minutos más tarde, todo el grupo, incluida la doctora, se presentaron en la habitación de Hugo.
Tenían que ordenar sus ideas y comenzar con la investigación.
Habían perdido mucho tiempo y muchas energías en aquel infierno helado.
Su misión seguía siendo el descubrir si O.N.O. había vuelto o si se trataba de un simple imitador fanático y perturbado quién estaba cometiendo aquellos asesinatos.
Ya había dos mujeres asesinadas. Tenían que comenzar en serio con el caso, pues apenas tenían una semana de margen.
Era el tiempo que Artemisa les indicó que duraría aquella tormenta y la ventana de tiempo que tendrían hasta la llegada de las autoridades federales al pueblo.
No convenía que les identificasen y que notificara que un equipo extranjero se encontraba metiendo las narices allí, en depende qué temas y sin su permiso.
Tras dar buena cuenta del desayuno, Hugo abrió la puerta del baño echando un vistazo a la manta que contenía el cuerpo inerte y helado de aquella mujer. Aquel se sabía, era territorio de la doctora.
Ya con todo el equipo reunido en la improvisada sala de reuniones en la que se había convertido la habitación del ST-1, Hugo mostró el cuerpo a Martina y a Elena quienes no disimularon su sorpresa.
—¿Te encuentras mejor? — Preguntó Hugo.
—Sí. Mucho mejor. No entiendo que es lo que me ha pasado. El suero de emergencia me ha dado la vida.
—Me alegro.
—Lo que lamento mucho es haber sido una carga hasta ahora…
—Elena. No te preocupes. Somos una familia.
Todos cuidamos de todos. — Hugo recibió el abrazo de Elena como agradecimiento por sus palabras.
Después se dirigió hacia el cuerpo, retiró la manta que lo cubría y comenzó con su examen preliminar mientras abría sus dos maletines de material médico.
El equipo permanecía fuera del baño, excepto Valeria.
Le gustaba ver como la doctora trabaja. Sentía paz interior al ver la meticulosidad de su técnica de trabajo.
También decía que siempre aprendía algo nuevo como: dónde hundir un cuchillo, qué hueso romper o hacia dónde disparar una bala para infligir el daño que ella quería causar.
La víctima, ahora desnuda sobre la bañera, todavía presentaba un estado avanzado de congelación, si bien había zonas en el torso donde la piel mostraba un patrón extraño de las livideces cadavéricas: un torso violáceo, uniforme, aunque sin lesiones visibles.
Cuando finalizó su examen, la doctora salió del pequeño aseo y se reunió con todos en la habitación.
—Hay varias cosas que no me cuadran. — Su tono de voz tomó la firmeza característica que la doctora empleaba a la hora de exponer sus informes.
—El cuerpo ha pasado doce horas a temperatura sobre cero y hay partes del mismo que permanecen aún congeladas.