Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL ECO DE KOVAC #3
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EL ECO DE KOVAC #3

—Aquí no hay nada. El escáner no marca nada más caliente que un cubito de hielo. — Informó Valeria, que iba de paquete en la moto.

— Vigila. Cuando vire con la moto, estate atenta al haz del faro. La luz rebota mucho en este suelo tan blanco. — De repente, Hugo bloqueó el freno de la moto. Deceleraron de golpe y la inercia casi les hizo salir volando por encima del manillar.

—Pero ¿Qué quieres? ¿Que nos matemos?

—Lo siento. Juraría haber visto algo. Ahí. — Tras encender las linternas, Hugo volvió a verlo. Se trataba de una figura semienterrada bajo una capa de nieve y hielo.

—¡Joder! Es un cuerpo.

—No puede ser lo que viste en el escáner. Esta chica lleva aquí más de media hora. Al menos doce horas a juzgar por el estado de congelación. — Dijo Val.

La mujer era joven, de unos treinta y pocos, delgada y de piel clara, yacía boca arriba, desnuda, con los ojos abiertos y cristalizados, los labios azulados por el frío y las manos cruzadas sobre su pecho.

El cuerpo estaba totalmente cubierto por cristales de hielo y sospechosamente desprovisto de la capa de nieve que había estado cayendo durante días.

Hugo hizo un barrido con el escáner de trescientos sesenta grados.

No observó nada. No sabía si la batería estaría perdiendo potencia, si el aparato se había vuelto a estropear por las bajas temperaturas o si realmente la lectura que arrojaba ese aparato era correcta y no había nadie.

No era posible que esa mujer hubiera sido la figura que apareció en el escaneo desde la escuela abandonada.

—No tiene señales visibles de ahorcamiento o estrangulación. Ni sangre, ni heridas. — Señaló Valeria.

—¿Ves algo que la pueda identificar?

—No. —

Hugo pasó el haz de la linterna por la zona. A escasos metros, una pequeña depresión en el hielo le llamó la atención.

—¡A trabajar! Haz fotos del cuerpo. Yo voy a buscar por el perímetro. — Indicó Hugo.

Como un reloj suizo, los dos se pusieron a buscar cualquier tipo de rastro.

—Aquí hubo algo. Pesado. — Señaló Hugo tocando con la mano enguantada el suelo endurecido. — Pero no hay huellas. Solo esta maldita nieve compactada.

Val levantó la mirada hacia el cielo. Las auroras boreales danzaban sobre ellos con movimientos lentos, casi hipnóticos.

—Demasiado bonito para este infierno. — murmuró.

Fuera del cuerpo no había nada, solo nieve.

En el cuerpo, un colgante metálico en forma de proyectil y un anillo en la mano izquierda, de metal dorado engarzando una piedra de color negro.

—¡Hugo! Deberías ver esto. — Al acercarse al cuerpo, Valeria señaló la parte trasera de la oreja donde, bajo la intensa luz de la linterna, se apreciaba una punción.

Una marca circular casi imperceptible, pero que con el rigor mortis había aflorado.

Ahí había un punto de apenas un par de milímetros, más morado que el resto de la zona. —Esta chica no se parece a…

—…la del video. Si no me equivoco, acabamos de encontrar otra víctima.

—Está totalmente desnuda, desprovista de cualquier rastro que la pueda identificar.

¿Por qué le habrán dejado un anillo y un colgante?

— Val sostuvo su mano. En ella, el anillo cobró forma.

Se trataba de un sello de oro engarzando un mineral oscuro, casi negro, sobre el dedo medio.

Hugo se quedó paralizado. Era la confirmación que necesitaba para dar salida a sus peores presagios.

Sacó del bolsillo del abrigo su teléfono móvil.

Apenas tenía un par de minutos antes de que se le congelara la batería por el frio.

No realizó ninguna llamada. No envío ningún mensaje.

Solo accedió a su galería, buscó entre las miles de fotos que tenía hasta llegar a una muy concreta.

La foto de un aro de oro perfectamente labrado engarzando un diamante negro de 210 quilates donde se había realizado un tallado imposible.

—¿Qué haces tú con una foto de este anillo?

—Ese anillo… Yo ya lo había visto. Perteneció a un hombre. Bueno, hombre… el mayor hijo de la gran puta con el que me he cruzado. Lo maté hace dos años. Y es por lo que hemos venido hasta aquí.

—¿Que este anillo era de Archor?

—El cabrón que movía los hilos de O.N.O., el puto titiritero de esta mierda y al que creía muerto.

—Le disparaste, lo mataste, y comprobamos que estaba muerto. Yo estaba allí.

—No lo vi abierto en canal en la sala de autopsias.

—Pero no tenía pulso.

—Para eso no tengo explicación. Pero ese es su anillo. Estoy seguro.

—Hugo, aquí hay más de lo que creíamos. La chapa de la estación meteorológica, la ermitaña y el puto sheriff psicópata, y ahora esta chica… nos están guiando como a ratas por un laberinto. No es casualidad. Alguien quiere que sigamos ese rastro. — Hugo asintió.

—Hay que llevarla con los demás. Quizás Elena pueda encontrar algo más en el cuerpo, si mejora.

—¿Y si es una trampa?

—¿Cómo sería posible?

—No tengo ni idea jefe pero esto es raro de cojones.

—Recibido. Cuanto antes nos reunamos con el resto del equipo, mejor.

Mientras Valeria terminaba de tomar fotografías con su móvil: del rostro, manos y disposición del cuerpo; Hugo se alejó nuevamente unos metros.

Necesitaba espacio. Sus peores temores estaban volviendo a materializarse.

La última vez tuvo que poner a salvo a su mujer e hija para que la organización que asesinó a una periodista, y aquel que fuera su primer caso con su nuevo equipo, no las encontrase y las ejecutase para mandarle un mensaje: ¡déjanos trabajar en paz, madero!

El Nuevo Orden Mundial (Orbis Novi Ordinis) había desaparecido.

Lograron acabar con ellos dos años atrás, pero alguien quería volver a resucitarla.

Se quitó los guantes, la capucha del abrigo y el verdugo.

Un sudor helado le recorrió el cuerpo entero.

Aún así, tenía las manos congeladas y la piel seca y quebrada por el frio.

Sentía el dolor que transmitía aquel lugar.

—He de hablar con Alicia para que las ponga a salvo, otra vez.

— Se susurró a sí mismo, al tiempo que creyó escuchar un pitido, leve, lejano.

El sonido horario de un reloj. Rápido, casi por instinto, sacó el escáner y desenfundó su arma apuntando hacia el horizonte.

Hizo múltiples barridos en la dirección en la que creyó oír el sonido.

Nada. La más absoluta oscuridad. En su cabeza, un pensamiento.

«¿Estaré viendo fantasmas? ¿Tanto me está afectando esto? ¿Me estaré volviendo loco?».

Valeria no se percató de nada. Cuando terminó de hacer el reportaje fotográfico, envolvieron entre los dos a la víctima en una manta térmica de emergencia y la subieron al trineo.

Ya en la moto, antes de iniciar la marcha hacia el pueblo, Valeria preguntó.

—¿Crees que Kay hablaba de esto?

—Estoy empezando a creer que Kay sabe mucho más de lo que dice. Y el sheriff… también. — Hugo observó de nuevo el bulto que formaba, inmóvil, el cuerpo de aquella mujer. Ella le resultaba extrañamente familiar pero no podía ubicarla. Dejó escapar un suspiro cargado de rabia.

No dijeron nada más en todo el trayecto hacia Kovac Bay.