Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL ECO DE KOVAC #2
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EL ECO DE KOVAC #2

—Bueno, a ver… Realmente nosotros no somos los investigadores. —Dijo mientras se señalaba a sus ST-2 y a él. —No, verá, las investigadoras son ellas. —Señaló a Martina y Elena. — Nosotros solo somos su escolta para que no les pase nada. —

—No son muy buena escolta, por lo que veo. ¿La señorita esa… no creo que llegue al pueblo?

—Está descansando. Simplemente ha cogido algo de frio.

El hombre se dio la vuelta y lanzó una última advertencia, esta vez, de espaldas a los forasteros antes de ponerse en marcha.

—Nadie me avisó de que venían. Nadie debería estar aquí… con esta tormenta. — Y avanzó hacia la nada con asombrosa velocidad.

Martina fue incapaz de evitarlo y se acercó a la ventana, observando en silencio cómo el sheriff desaparecía en la lejanía engullido por la oscuridad y la tormenta.

El sonido de las pisadas se desvaneció a los pocos segundos.

La puerta de la escuela se cerró. La joven informática permaneció de pie mirando al vacío unos segundos más hasta que no pudo reprimirlo más y sus palabras emergieron, impetuosas y aceleradas.

—¿Habéis visto el reloj? Era él. El asesino. Lo hemos tenido aquí delante.

—¡Martina, cállate! — Le ordenó Hugo. Martina había olvidado por un instante que allí, con el equipo, estaba alguien desconocedor de su misión.

Alguien que perfectamente podía estar involucrado en lo que estaba ocurriendo.

Alguien que les había encontrado en plena tormenta de nieve sin ofrecer ninguna explicación plausible.

Todos se quedaron en silencio con los ojos fijos en Kay y al mismo tiempo, reprobando la metedura de pata involuntaria de Martina.

Nadie sabía que responder a aquello aunque todos esperaban la reacción de Kay que se acercó lentamente hacia ellos.

Notaron rápidamente que su rostro había cambiado.

Ahora no parecía la ermitaña que se encontraron en medio de la nada.

Ahora sus ojos tenían la mirada de alguien distinta, segura de sí misma y que sabía más de lo que había dicho hasta el momento.

—Kovac Bay es peligroso. Y él… él no está solo. El sheriff no es lo que parece. — Dijo con voz grave. —Ya les he contado demasiado.

Kay se colocó su gorro de lana, sus gafas y se cerró el traje de nieve subiéndose el capuz.

Atravesó la sala, deteniéndose unos segundos a la altura de Elena.

—Mejórese. — Miró fijamente a Hugo. —Investiguen rápido y…

abandonen cuanto antes este lugar. Vuelvan por donde han venido.

Aquí no están a salvo. Aquí solo queda desesperación y muerte.

— Abrió la puerta y salió. El frio del exterior inundó nuevamente la habitación pero, antes de cerrar y abandonar definitivamente el cobijo de la antigua escuela iñupiat, les dio una última información que confirmaría el presentimiento de Hugo respecto del Sheriff.

—Por cierto. No hay cámaras de seguridad en cuatrocientos kilómetros a la redonda.

— Desapareció en la oscuridad, al igual que el otro extraño hiciera unos minutos antes.

Martina estaba avergonzada. Había metido la pata, dos veces en pocos minutos. Solo le quedaba cuidar de Elena hasta que se les pasara el enfado al resto de sus compañeros. Sobre todo, a Hugo.

***

La nevada era cada vez más ligera. Poco a poco, la nieve que caía era menos abundante aunque los copos eran más grandes.

La tormenta parecía que daba una tregua dejando ver en el cielo los colores rojos, verdes y azules de las auroras danzando sobre sus cabezas.

Los vientos que mantenían sus rachas de ciento veinte kilómetros por hora, ahora eran prácticamente inexistentes.

El ojo de la tormenta, se descubría ante ellos.

Roberto y Val exploraron aquella antigua escuela.

No había nadie más, estaban solos. En la parte trasera identificaron lo que parecía un cobertizo.

De tamaño mediano y construido en madera, al igual que el edificio principal, estaba alejado unos metros de este.

Dentro, material para la escuela: viejos pupitres, varios generadores, cajas con libros y mucho polvo.

Bajo un par de sábanas ennegrecidas encontraron dos viejas motos de nieve Ski-Doo y un trineo bastante deteriorado.

Las motos estaban sin batería, a parecer como el noventa por ciento de los aparatos eléctricos que se habían encontrado hasta entonces, pero era la mejor opción para poder recorrer rápidamente los diez kilómetros que los separaban de un lugar con electricidad, comida y una buena ducha caliente.

Consiguieron arrancar uno de los generadores y poner a cargar las baterías de las motos.

El combustible que usaban estaba bastante degradado por el tiempo, pero tendría que servir hasta llegar al pueblo.

Roberto trató de reparar el trineo para poder engancharlo a una de las motos y transportar a la doctora de una manera más cómoda y factible.

Gracias al antibiótico, a Elena le estaba remitiendo la fiebre poco a poco, aún así estaba muy débil.

Estable, pero débil. Necesitaba comer, beber y descansar.

Nadie se explicaba cómo había empeorado tanto en tan solo quince horas, desde el salto del C-130, hasta ese momento.

Hugo repasaba con Valeria la estrategia que seguirían a partir de ahora, ya que llevaban unas horas allí y no habían conseguido nada más allá de conocer a dos extraños, amenazas veladas, más preguntas que respuestas y estaban seguros de que si hubiera podido,

al menos uno de ellos los habría abierto en canal como a una ballena en un ballenero.

Desde el interior de la escuela, Hugo volvió a usar el escáner térmico con la intención de ver si, ahora que la ventisca había disminuido, el escáner funcionaba mejor.

Este detectó una nueva anomalía en la señal térmica, un punto móvil a unos dos kilómetros al noreste de la dirección que les llevaría hacia Kovac Bay.

—Martina ¿Se puede mejorar la señal de este trasto?

—No, lo siento. Pero puede que sea Kay o el Sheriff esperando a ver si nos movemos.

— Apuntó Martina. Hugo ya no estaba enfadado con ella.

Realmente, no había sido su culpa el soltar aquella información delante de Kay, pero estaba preocupado por saber en qué situación les dejaba aquello frente al sheriff.

Se notaba que aquellos dos extraños no hacían buenas migas entre sí, pero… ¿Por qué?

—Puede ser, pero debemos empezar a trabajar. — Dijo con firmeza.

Valeria revisaba las comunicaciones que ahora con la aurora activa sobre ellos, volvía a dar algún que otro problema.

—¡Perfecto!

—¿Qué ocurre? — Preguntó Hugo.

—Nos quitamos de encima la nevada y las nubes y este maravilloso y colorido cielo nocturno nos regala más distorsiones y variaciones en el GPS, amén de nuevas interferencias en los comunicadores. — Respondió Val.

—Pues soluciónalo como puedas. Tenemos que salir de aquí antes de que la pared de la tormenta nos vuelva a engullir.

—Las motos ya están operativas y el trineo… creo que resistirá. —Roberto entró en la habitación.

—Elena ¿cómo te encuentras? — Le preguntó la joven informática que había salido para ayudar a Rob con las baterías de las motos.

—Mejor. Gracias a vosotros. Esto ha tenido que ser un efecto secundario del golpe y del cambio tan brusco de temperatura. — No lo decía muy convencida.

—Martina y Roberto te llevarán en trineo hasta el pueblo.

Val y yo nos reuniremos con vosotros allí.

Vamos a ver quién está jugando al escondite con nosotros.

Si es el Sheriff… esta vez les haremos otras preguntas más directas y si es Kay, trataremos de sonsacarle algo más acerca de lo que ocurre en el pueblo.

—¿Nos vamos ya? — Preguntó Valeria, cogiendo su mochila y colgándose el fusil al hombro.

—Nos vamos. ¡Todos preparados! ¡Alfas 4 y 5, cuidad de Alfa 3! Nos vemos en un par de horas.

Dos diminutos puntos negros se alejaban entre sí en la inmensidad ártica. Unos hacia una supuesta civilización, los otros hacia una más que infinita nada.

El primer grupo tardó unos cuarenta minutos, más o menos, en llegar al poblado.

No era lo mismo hacer esos diez kilómetros andando, arrastrando a una persona herida y bajo oscuridad, viento y nieve extrema que sobre un inciso de la tormenta, con luces halógenas alumbrando el camino y a bordo de una moto de nieve.

El pueblo de Kovac Bay parecía un pueblo fantasma.

No había nadie por las calles. Todo estaba cubierto de nieve.

Las luces que iluminaban las diferentes vías y cruces apenas funcionaban.

Era evidente la falta de servicios públicos que limpiasen de nieve de los caminos.

Las ventanas de los edificios estaban cerradas con contraventanas de madera que no dejaba ver el interior de las viviendas.

Los comercios… totalmente cerrados. Únicamente se veía luz en un local, el bar del pueblo próximo a la Oficina del sheriff local.

El equipo sabía dónde debía dirigirse. Habían identificado en el mapa una especie de pensión, muy popular en periodo estival y que ahora estaría totalmente vacía. Perfecta para establecer su base de operaciones encubierta. Sería el lugar de descanso de unos científicos universitarios muy perdidos.

Tras aparcar la moto y acceder a la recepción, encontraron a una joven que apenas llegaría a los veintiún años.

Evidentemente no esperaba tener huéspedes a esas horas.

Rob utilizó sus encantos y consiguieron un buen precio por las cinco habitaciones y pensión completa: desayuno, comida y cena. Todo incluido.

Ya en las habitaciones, Roberto se hizo cargo del material y Martina de Elena.

Le preparó una infusión en unas cafeteras de cortesía que tenían en los dormitorios, la recostó en la cama para que terminase de recuperarse y esperó hasta que se durmió.

Durante unas horas, en la habitación de Elena, la joven informática pudo descansar.

Únicamente se despertó en una ocasión. Cuando la doctora, intranquila, balbuceó algo en sueños.

Una pesadilla la perturbaba probablemente causada por la fiebre.

Tras varios murmullos incomprensibles antes de volver a caer en los brazos de Morfeo, pronunció una palabra que la ST-3 escuchó claramente.

—Kairos.

***

El otro grupo tardó unos cinco minutos en llegar al punto donde el escáner marcó la anomalía desde que salieran de la antigua escuela.

—Tiene que estar por aquí.