EL ECO DE KOVAC
“3 de diciembre. 07:03 PM (hora local). Antiguo distrito escolar. Kovac Bay.”
La cabaña se trataba de una edificación rectangular de una planta baja formada por varios departamentos, con tejado a dos aguas y en el exterior, un mástil con la bandera estadounidense ondeaba ferozmente acorde a las ráfagas de viento.
Esa bandera de la que presumen todos los americanos y que les gusta mostrar tanto en todas las películas u ondeando en sus edificios oficiales y no oficiales, para exponer que son la primera potencia mundial.
En este caso, esa bandera había conocido tiempos mucho mejores.
En el interior, el chisporrotear de las ascuas en la chimenea acompañadas de unas pequeñas y vacilantes llamas, creaban alargadas y tenebrosas sombras contra las paredes.
La sala en la que se encontraban parecía una reconversión, de un aula de estudio a una especie de comedor con un par de camas.
Había dos mesas cubiertas por lonas grises, una pizarra verde con restos de escritura infantil y un mapa de Alaska rasgado en la pared.
Hugo se encontraba inquieto por el estado de salud de Elena, por su equipo, por las condiciones tan adversas de aquel lugar, por la extraña mujer que los acompañaba dentro de la cabaña y por la sombra de un posible asesino en la puerta.
Los miembros activos del equipo se dispersaron en silencio por la sala, alertados por el hombre que estaba al otro lado de la puerta.
Llegados a este punto, a Hugo no era la tormenta lo que le preocupaba, sino algo que no paraba de golpearle en el costado.
Algo que había estado en el aire desde el principio de la misión, un mal presagio desde el momento en que recibió una llamada en su despacho apenas unas horas atrás.
La tormenta no era solo meteorológica, y no estaba solo en el exterior.
El sheriff se mantenía en el umbral de la puerta. No había llamado. No había entrado. Estaba escuchando tras los muros de la antigua escuela iñupiat como una sombra en la oscuridad. Una sombra que se negaba a desvanecerse.
Sombrero calado hasta las cejas y una parka reglamentaria cubriéndole la espalda, su mano descansaba cerca del cinturón donde la empuñadura de su arma reposaba.
Roberto abrió la puerta colocándose de lado.
Tras ella, Val escondida, cubierta y apuntando con su fusil al otro lado.
Hacia el lugar donde se encontraba la sombra.
Martina permanecía junto a la doctora, recostada en la cama y con el gotero inyectándole fuerzas.
Hugo, de frente al sheriff. Nada se interponía entre ellos.
Solo la pobre iluminación del lugar, el aire frio del exterior y una ingente cantidad de desconfianza.
No existía actitud amenazante por parte del sheriff, pero sí una presencia dominante que analizaba cada uno de los movimientos de los presentes. Era como todo allí, una constante interrogante.
—Ustedes… no son de aquí. ¿Son turistas?
— Preguntó por fin. Su voz era grave y raspada que se superponía al rumor del exterior.
Miró a cada uno de los presentes con calma, evaluando y midiendo la situación.
Se intuía que era demasiado calculador y que no le gustaban las sorpresas.
Nadie contestó. La atmosfera se espesaba pues aunque su presencia no parecía hostil en apariencia, la primera impresión desprendía pura maldad.
Hugo no sabía explicarlo, pero lo sentía.
El sheriff continuó, dirigiéndose al hombre que tenía enfrente.
—No me gusta que me apunten con ningún arma.
Por favor, dígale a la señorita que está detrás de la puerta que no lo haga.
Valeria intercambió una mirada rápida con Hugo, haciéndose visible al visitante. En la cama, el rostro de Elena brillaba por las gotas perladas de un sudor frío debido a la fiebre. La respiración comenzaba a ser dificultosa.
—Venimos de fuera. De muy lejos. — Hugo dio un paso hacia el sheriff intentando mantener la compostura aunque su voz, ligeramente tensionada, le delataba. El equipo no estaba en su mejor momento. —Pero no buscamos problemas.
El sheriff asintió levemente. —Nadie lo diría, con esos cacharros que llevan.
— Dijo mientras señalaba las armas que llevaba Hugo y Val.
La ligera inclinación de su cabeza dejó entrever como su mente ya había calculado sus próximos pasos.
Desvió su mirada y pareciera que el suelo fuera más interesante que las personas que tenía ante sí.
La táctica favorita para descentrar a su adversario.
Su muñeca izquierda, oculta por la manga de su abrigo, emitió un reflejo fugaz.
Rob preguntó. —¿Cómo sabía que estábamos aquí?
El sheriff no dudó ni un segundo y con voz baja y controlada, como había hecho hasta el momento, indicó. —Yo lo sé todo. Y lo veo todo. Las cámaras cercanas a la vieja estación de meteorología. Los vi allí. — Kay, ahora al fondo de la sala tras una de las camas, hizo un gesto casi imperceptible.
Hugo volvió a observar rápidamente la muñeca del sheriff. Ahí estaba otra vez. Veía algo que le resultaba familiar. Esfera rota, marcas de fricción, correa desgastada, de color carbono, era inconfundible. Casio, G-Shock, Artic Edition. Valeria y Rob no lo disimularon tanto.
El sheriff parecía inmune ante el interés que causaba su reloj. Hacía ver que no le importaba si bien, un pequeño gesto, sutil a la forma en que lo había girado apenas un cuarto de vuelta de muñeca para evitar la mirada de los allí presentes, despertó aún más la curiosidad de Hugo.
Martina, junto a la doctora, también lo vio.
Sus labios se entreabrieron como queriendo decir algo al resto.
Queriendo dar la voz de alarma ante aquel descubrimiento, pero se detuvo.
Hugo lo percibió y sintió cómo se tensionaba su cuerpo.
Sabía que Martina no era de las que se callaban las cosas y…
estaba en lo cierto. Martina, finalmente, no lo pudo reprimir.
—El reloj… — Murmuró, casi inaudible pero suficiente para que todos la escucharan.
El sheriff levantó la vista de inmediato en dirección a Martina y, la incomodidad en su rostro se hizo más que evidente.
—¿Qué le pasa a mi reloj? — Preguntó.
—Nada, nada. Está buscando un regalo para su novio, simplemente. Nos lleva dadas unas semanas… — Terció Roberto. Val apretaba con fuerza su arma aunque mantenía el cañón bajo tras la orden muda de su jefe. El sheriff no se tragó el embuste y su rostro no lo ocultó.
—¿Qué hacen por aquí? — Su voz ahora era cortante. Su mirada se perdió al fondo de la sala, localizando a Kay en la estancia. Un pequeño gesto en su rostro indicó que no esperaba verla ahí.
Nadie respondió. Los ojos de Kay, que hasta entonces se habían mantenido perdidos en el suelo, se cruzaron finalmente con los del sheriff. Su voz salió rasposa, aunque neutra, pero firme y directa hacia él.
—No es aquí precisamente donde debería estar, sheriff.
El aire se volvió pesado. El sheriff no reaccionó de inmediato. Únicamente la miró con una expresión fija. Una mirada que delataba sorpresa y odio a partes iguales.
—Dices cosas extrañas, Kay. — Gruñó finalmente, sin perder la compostura. —Siempre dices cosas extrañas. Asustas a la gente de bien. — Su tono ironizó por un segundo. —¿Has encontrado ya a tu amiga imaginaria?
Kay no se amedrentó. —No es imaginaria, y no es mi amiga.
Era mi hermana, y seguiré buscándola. ¡Tú sabes dónde está!
— Su rostro permanecía sereno. Parecía que esa no era la primera vez que mantenían esa conversación y también, que había algo más tras ella.
El sheriff se acercó, ligeramente amenazante hacia aquella mujer, dejando de lado a Rob y Valeria y llegando a la altura de Hugo, quien se interpuso en su camino.
—Y algún día lo demostraré. — La dureza de su tono no varió, pero los ojos…
esos ojos grises como las nubes de la tormenta, observaban al sheriff con algo más que desdén.
Era rabia, era odio, y estaba atravesando su alma.
El rostro del sheriff se perturbó por un breve segundo que aprovechó Kay.
—No digo nada extraño. — Levantó la mano en su dirección, apuntándole con un dedo acusador.
—Guías a los demonios. Vienen contigo, te mueves entre ellos y todos lo saben.
El sheriff ni respondió. No se mostró molesto, ni siquiera confundido, si bien, su expresión anteriormente ruda, firme, ahora denotaba arrepentimiento por haber entrado en esa conversación con los forasteros delante.
Finalmente dejó escapar un suspiro, le dio la espalda a los presentes y se acercó a la puerta donde echó un vistazo de reojo a todos, evaluando si debía decir algo más.
Hugo ya no temía que los acusaran de allanamiento de morada o algo parecido.
No en aquellas condiciones. Ahora, solo quería saber cómo los había localizado.
El sheriff bajó su voz nuevamente, pero mantuvo el tono firme y misterioso.
—El pueblo está a diez kilómetros. — Dijo señalando a Hugo. — Kovac Bay. Pero no encontrarán mucho allí. Ni hospitales, ni supermercados. Solo gente que ha aprendido a sobrevivir y a callar. Así que no se molesten en ir. Dense la vuelta y vuelvan por donde han venido.
—Este es un lugar ideal para nuestras investigaciones.
Se giró completamente de nuevo ante aquella información que le había pillado fuera de juego. La sala estaba perdiendo temperatura a cada segundo. —¿Investigaciones? ¿Que investigan?
Hugo soltó su coartada. —Los comportamientos de los nativos de zonas árticas en relación con el cambio climático actual.
La universidad de Oxford está muy interesada en establecer una relación entre el calentamiento del planeta y la escasez de hielo del permafrost polar con los posibles cambios en las costumbres de las tribus locales.
— La cara del sheriff expresaba desconcierto a la par que su ignorancia sobre esos temas pero, si mostraba su desprecio por lo que él denominaba “las mierdas de los abraza árboles”.
—¿Son ustedes de Greenpeace o alguna gilipollez similar?
—¿Nosotros? No. Por supuesto que no. Somos… investigadores. De la Universidad Pontificia de Salamanca, en España. Simplemente. — Respondió Hugo.
—Investigadores. De la universidad. Claro ¿Con esas armas? ¿Tan mal está la seguridad en las universidades españolas?