BAJO CERO #2
El exterior mostraba signos de abandono sin embargo, en su interior el ambiente estaba atemperado.
Una chimenea apagada, aunque preparada para encenderse en cualquier momento con los maderos secos que tenía apilados al lado.
Las paredes estaban revestidas con paneles de madera.
El polvo flotaba en el ambiente. Daba la impresión de haber estado cerrada durante años y sin embargo, algo en ella hacía sentir un confort natural.
El extraño encendió una lámpara de aceite que ardía ahora en una esquina de la sala. Junto a la puerta, una pequeña ventana semienterrada por la nieve y que dibujaba copos de hielo danzando sobre la oscuridad exterior.
Aquel anfitrión también hizo un gesto en dirección a una mesa. Un pequeño escritorio bajo la ventana donde se encontraba una pequeña radio antigua que parecía la única fuente de comunicación con el exterior en ese lugar.
—Si necesitan descansar, pueden hacerlo. — Dijo, señalando un par de camas en uno de los rincones. —No me quedaré mucho tiempo. El sheriff de estos lares está… buscando carroña.
Ese comentario no tranquilizó a Hugo, para quien las casualidades no existían y ese extraño, con quien habían hecho contacto en la inmensidad de la nada, en plena ventisca, les había mostrado un refugio en el peor momento y había sacado la figura del sheriff a colación, no era el destino.
Aquello no podía ser una casualidad. No sabía cómo pero ese individuo sabía que ellos estaban allí.
Tenía que ser el fantasma que dejó las huellas junto al generador en el otro refugio.
—¿Nos has estado siguiendo? — Nadie se esperaba esa pregunta. El desconocido contestó secamente, calmado, pero tajante.
—No.
—¿Has estado hace un par de horas en la estación de investigación? — Val no había soltado el fusil, pero si había bajado la boca de fuego al suelo al encontrar paz en aquel refugio. Ahora, volvía a levantarlo lentamente.
—No. — Volvió a contestar.
—¿Hay por aquí alguien más que se atreva a salir con este tiempo a jugar al escondite en plena ventisca? — Insistió Hugo.
—Aquí hay muchos fantasmas. Y algunos… no son del tipo que uno quiere conocer.
—¿Qué quieres decir con eso? Y, ¿qué has querido decir con que el sheriff de aquí está “buscando carroña”? ¿A qué te refieres con “carroña”? — Esta vez, fue Rob el que continuó con el interrogatorio.
—Bueno. Si llegan a conocerle, lo entenderán. Es… especial.
Hugo frunció el ceño ante la respuesta. La tensión aumentaba, pero antes de que pudiera seguir interrogando al extraño, Elena se tambaleó.
Hugo tenía que cuidar de su equipo, y hasta el momento, Elena era la que más había sufrido.
Había estado demasiado tiempo inconsciente por su culpa.
Hugo trató de sujetarla pero el extraño se le adelantó con un rápido movimiento, agarrando por el brazo a la doctora.
Valeria, sobresaltada, levantó el fusil apuntando directamente a su cabeza.
Él la ayudó a recostarse en la cama sin percatarse de que tenía un arma apuntándole a la cabeza.
Sin percatarse de ello, el capuz del abrigo de aquel individuo se cayó, dejando al descubierto una melena amarilla y un bello rostro.
Hugo le hizo un gesto tranquilizador a Val al ver con el cuidado que tomó el cuerpo de la doctora, que bajó la boca de fuego de su arma sin relajar la presión sobre el disparador.
Martina trataba de utilizar la vieja radio ajena a todo lo demás.
No conectaría con Artemisa desde allí, pero podría buscar alguna frecuencia amiga.
Cuando se giró para darle novedades a su jefe, se sorprendió al ver que bajo aquella parka no se encontraba un hombre ermitaño con claros ademanes homicidas.
Él no era él, sino ella. Una mujer hermosa de tez pálida y cabello rubio.
Con la piel curtida por esas latitudes y temperaturas extremas.
De unos treinta y pocos años, su voz era ruda y un poco tosca.
Todos allí se asombraron al verla. Incluido Hugo, que trató de disimular y continuar con el pequeño interrogatorio. Martina espetó.
—¡Es una mujer! —Todos pensaban lo mismo, pero ella fue la única que lo exteriorizó. La mujer no le dio importancia.
Hugo, al ver la suavidad con la que colocó a Elena sobre la cama, y como le daba una manta a Martina para que la tapase, suavizó el tono pero no se fue por las ramas en sus preguntas.
La manera con la que hablara aquella extraña del sheriff, más bien de la manera en la que no hablaba, daba a entender muchas cosas.
—¿Ocurre algo en el pueblo? —Valeria se fijó en un pequeño gesto que hizo con los ojos la desconocida cuando Hugo le hizo la pregunta.
El sonido de la ventisca volvía a azotar con fuerza sobre las paredes de la cabaña.
La mujer se sentó en una silla junto a la chimenea.
Cogió varios leños secos y la encendió sin problemas.
Por primera vez, miraba directamente a todos y cada uno de los miembros del equipo.
Su mirada era intensa, difícil de sostener, pero en el fondo se trataba de una mirada suplicatoria. Luego, suspiró.
—Este lugar… — dijo lentamente, mientras se quitaba el gorro estilo beani de lana y las gafas de nieve.
—…antes era un pueblo ballenero. Sus gentes eran iñupiak de séptima generación que compartían conocimientos con un centro de investigación ártica estatal.
Antes de que todo cambiara. Antes de que se convirtiera en un centro de investigación privado y la gente…
— Hizo un gesto hacia el exterior de la cabaña.
Hacia la tormenta. —Algunos de nosotros seguimos aquí y algunos otros…
simplemente, han desaparecido. Yo salgo, de vez en cuando.
— Hizo una pequeña pausa. —Por si regresan.
—Entonces la pregunta no es si ocurre algo en el pueblo. La pregunta es: ¿qué ocurre en este pueblo? —
—¿Y quién está detrás? — Murmuró Elena, recostada en la cama. Todos la miraron. Hugo tocó su frente. Fiebre. Escalofríos. Su temperatura había subido y tenía un sudor helador. Todo empeoraba por momentos.
Martina volvió a trastear con la radio. Roberto abrió la mochila de la doctora para buscar algo que le fuera útil.
En ella, la doctora llevaba una bolsa con sueros, material de enfermería y antibióticos para una emergencia.
No dudó en hacer uso de sus conocimientos en primeros auxilios, otra vez.
Tomó suavemente la mano de la doctora y le colocó la aguja del gotero de campaña.
Hugo le entregó una de las bolsas de suero salino con antibiótico.
No había duda de que esto les retrasaría aún más.
Aquella extraña mujer ahora no miraba el fuego que calentaba la estancia. Miraba a aquel grupo, y como cuidaban de uno de los suyos.
Elena, simplemente, se dejó hacer. No sabía que le estaba ocurriendo. Trataba de aguantar pero su cuerpo no respondía a sus órdenes. Estaba exhausta y lo peor era que no sabía por qué.
Había algo en la forma en que su anfitriona hablaba.
La calma, la pausa. Algo en su forma de actuar que no pasaba desapercibido.
¿Era aquello lo más normal del mundo para ella?
¿El encontrarse a gente perdida en una tormenta?
¿Quién era? ¿Qué hacía allí? Y ¿Por qué sacó a relucir al sheriff, su principal sospechoso, nada más resguardarse en la cabaña? ¿Era aquello una trampa?
Roberto sintió un escalofrío. —No me gusta esto.
Val no perdía de vista a la extraña mujer.
—Nada. Solo la señal que encontramos en el refugio.
— Martina dejó la radio y se acercó a la ventana, buscando inspiración en la tormenta.
En el exterior, únicamente la noche perpetua de Alaska y su tenebrosa oscuridad.
De repente, —¡Joder! Hay alguien más… ahí fuera.
— Dio un paso atrás tapándose la boca. Una figura, grande, corpulenta, estaba a unos diez metros del umbral de la puerta.
—¿Quién? — Preguntó Rob, alzando el arma. Valeria cambió su objetivo, levantando su arma hacia la puerta. Hugo encañonó a su anfitriona, junto a la chimenea.
—Ya llegó. El sheriff de Kovac Bay está ahí fuera. Nos está observando.
¿Qué posibilidades había de que en esa situación, en ese lugar, hubiera dos extraños vagando por la planicie ártica y que, por casualidad, se topen con un equipo de investigación recién aterrizado en Alaska? Por unos segundos, primó el silencio. Un silencio más denso que la oscuridad del exterior.
—Kay. Es mi nombre. — La desconocida se giró en la silla para calentarse las manos al fuego. —No sé qué hacen aquí. Pero no deberían haber venido.