Sin voz en la tormenta (Hostes 2) BAJO CERO
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BAJO CERO

“3 de diciembre. 04:21 PM (hora local). Estación meteorológica en el permafrost. 71º 156´ N.”

La tormenta parecía no tener fin. El viento cortante, azotaba sus trajes como si el peor de sus enemigos les arrojase millones de agujas afiladas contra sus cuerpos.

La nieve, compactada bajo sus botas, crujía ásperamente de forma sobrecogedora a cada paso.

Tenían la sensación de que el suelo que pisaban, ese permafrost que cubría por igual tierra y agua, estuviera a punto de ceder bajo el peso del equipo.

Habían decidido abandonar la estación. No solo porque no tenían comida, bebida y la energía ahora era muy limitada, sino porque habían sentido que no estaban solos, aún sin encontrar a nadie en sus redadas.

Valeria y Roberto consiguieron trazar una ruta lo más corta posible para poder llegar hasta Kovac Bay.

El pueblecito más cercano y de apenas cuatro mil personas que en su mayoría se trataban de nativos iñupiat.

El asentamiento se encontraba a unos doce kilómetros al oeste de su posición.

Doce kilómetros de ventisca, hielo y oscuridad total.

Estaba lejos, muy lejos, pero no tenían elección.

El viento los desplazó más de lo deseado en la caída, pero tenían que llegar, sino su estancia allí carecería de algún sentido.

Aquel refugio en la tormenta, aquella estación meteorológica únicamente les proporcionó algo de calor, cobijo temporal y más preguntas que respuestas.

Hugo miró a su alrededor. Nada se movía excepto los copos de hielo y nieve empujados por la ventisca, los cuales creaban una danza funesta.

El equipo trataba de mantener la formación, pero el viento se lo impedía.

Anudados unos a otros con una soga de escalada que encontraron en la misma caja en que se encontraba el escáner térmico, trataban de avanzar paso a paso, arrastrando al tiempo los maletines del material técnico.

La visibilidad era apenas de unos metros alrededor.

Nada había cambiado. Las huellas que dejaban tras ellos se tornaban difusas y efímeras, pues desaparecían con rapidez bajo el vendaval.

—¡Quedan nueve kilómetros! ¡No lo lograremos!

— Roberto abría el paso, seguido de Martina y Elena.

Cerraban la marcha Hugo y Valeria. Val no iba a permitir que pasase lo mismo que ocurrió unas horas atrás.

Ella tenía el traje térmico entero, su visor funcionaba, y la protegía de las gélidas temperaturas.

Hugo no tenía esa suerte. Llevaba un traje anticuado y poco funcional que le protegía del frio, pero apenas le protegía el rostro.

—No podemos parar. — Dijo Elena mirando a Martina, quien había caído de rodillas frenando la marcha.

La joven ST-3 no tenía la fortaleza física de sus compañeros.

La doctora tampoco, pero trataba de aguantar la marcha bajo su traje, aunque sentía que la cabeza le iba a explotar.

Le dolía desde que retomó la conciencia en el refugio.

No había querido preocupar a sus compañeros y actuaba como si no ocurriese nada, aunque la verdad era que desde que saltó del C-130, su mente no iba al mismo ritmo que su cuerpo.

Martina asintió, incorporándose nuevamente a la marcha, no sin dificultad.

Su cuerpo no podía ocultar el agotamiento.

Valeria trastabillaba de vez en cuando, agarrándose a Hugo con disimulo.

Sentía que la rodilla se le estaba embotando por momentos.

Aquello no era buena señal pues sentía pinchazos leves, pero dolorosos.

El grupo reanudó la marcha tras la incorporación de la joven informática ayudada por Roberto.

La nieve no daba tregua, cada paso se notaba más espesa y densa.

En silencio, el grupo se dirigió hacia lo que parecía un pequeño claro a lo lejos, donde un espejismo daba a entender que la tormenta amainaba ligeramente, aunque se habían hecho a la idea de que no podían confiar en la calma de esas latitudes.

La tormenta era un monstruo que jugaba con ellos.

Hugo activaba a cada doscientos metros el escáner térmico para comprobar que nadie se perdía y, sobre todo, que nadie les seguía, pero las lecturas eran cada vez más erráticas y confusas.

Aquel terminal no estaba preparado para tan bajas temperaturas.

Trataron de guiarse con la tablet de Martina, pero los casi cuarenta y cinco grados bajo cero no eran una buena combinación con ese tipo de aparatos.

Roberto y Valeria, los ST-2 del equipo, sabían que debían dirigirse al oeste, y lo estaban haciendo gracias a unas brújulas analógicas que encontraron en la estación.

“Esta gente sí que sabía.” Dijo Rob en el refugio, asombrado por cómo se las apañaban los antiguos nativos sin la última tecnología.

Tras lo que pareció una eternidad, el entorno empezó a cambiar sutilmente. El viento aflojó, la nieve se sentía ahora más ligera. Y fue entonces cuando Roberto, en cabeza, lo vio.

—¿Veis eso? — Preguntó, alzando la mano en dirección a la figura que emergía en un cercano horizonte. Hugo apuntó hacia delante con el escáner. Una figura aparecía sobre la nieve a cada paso que daban. Sin escáner, era una sombra, apenas visible pero que se movía hacia ellos.

Valeria alzó su fusil. Hugo hizo lo mismo.

Se separaron de la formación, quedándose ligeramente retrasados.

Mantenían el contacto por los equipos de comunicación de los trajes.

Martina había modificado el canal de comunicación gracias a las indicaciones de Artemisa.

Ahora, la tormenta no afectaba sus transmisiones internas.

—Sí. Lo veo. Parece que está solo. — Respondió Hugo ajustando el visor de su arma. Una silueta aparentemente desarmada caminaba en su dirección.

El equipo se detuvo. El frio comenzaba a traspasar el tejido de los trajes. Al contrario que el abrigo que vestía Hugo, que parecía que aguantaba mejor las bajas temperaturas.

Ninguno esperaba encontrar vida en ese lugar.

Alguien en medio de una tormenta infernal de nieve y hielo.

Alguien que se acercaba sin prisa, lentamente, sin verles como una amenaza y quien parecía que el frio, la tempestad y la tensión armada que se había formado al colocarse la retaguardia del grupo en formación de ataque, no fueran con él.

Finalmente, aquella figura llegó hasta su posición, frente a Roberto.

No se distinguía nada tras el abrigo grueso de lana oscura, muy parecido al que llevaba Hugo, aunque más actual, y un gorro que le cubría parcialmente el rostro.

Sus ojos, protegidos tras unas gafas transparentes, eran penetrantes, pero no hostiles.

En un inglés muy tosco, con una voz no demasiado grave y amortiguada por los ropajes y el viento, preguntó. —¿Están perdidos? — Su voz mostraba calma, contrastando totalmente con aquel entorno tan hostil.

—Pero ¿qué cojones…? —Murmuró Rob.

—Con calma Rob. No le provoques. No queremos problemas.

— Le dijo Hugo por el equipo de transmisión mientras no perdía de vista a aquel expediente X.

Momentáneamente, echó un vistazo al resto de su equipo.

Elena, al parecer más desconcertada que los demás, apretó el hombro de Martina. La tensión era palpable.

—¿Sería este tío el de las huellas? — Preguntó Valeria a Hugo por el intercomunicador, sin darse cuenta que todos estaban conectados.

Elena se giró hacia Valeria. —¿Que huellas? ¿De qué estáis hablando? — Espetó por el equipo. Valeria y Hugo mantuvieron en secreto lo que creyeron haber visto junto al generador.

Roberto titubeó un segundo pero, sin bajar la guardia, le preguntó directamente. —¿Quién eres?

—Alguien que no necesita mucho para saber que necesitan ayuda.

— Respondió sin alterarse lo más mínimo, como si aquella fuera la respuesta más natural del mundo.

Miró al grupo de tres, localizando en los laterales a los dos miembros que les hacían la cobertura.

Ese ser estaba siendo encañonado por dos desconocidos.

Aun así, no se inmutó lo más mínimo. —No creo que estén en condiciones de seguir caminando mucho más tiempo.

Hay un refugio cerca. Una antigua escuela.

No es gran cosa, pero los protegerá del viento.

Su calma contrastaba con el entorno implacable que les rodeaba. Simplemente parecía que ese tipo de encuentros fueran lo más común para él.

Hugo estudió sus movimientos, su tono, su constitución. Algo no encajaba. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Tenía a dos personas apuntándole con dos fusiles de asalto. Rob continuó.

—¿Refugio? Ya venimos de un refugio. — Respondió Rob con suspicacia.

—¿La antigua estación de investigación? Está derruida. No se puede entrar.

—Buenooo, no está tan mal. — Respondió sarcásticamente.

—¿Están de excursión, con este clima?

—Si yo te contara. — Susurró Rob para sus adentros.

Aquel individuo los observó un par de minutos más que se sintieron eternos. No insistió en su interrogatorio. Únicamente señaló en dirección este, donde debía de hallarse una pequeña cabaña a lo lejos oculta tras la espesa capa de nieve.

—Allí. — Señaló más adelante. —Al menos estarán resguardados del viento. — Respondió con lo que se intuía bajo sus ojos que era una leve sonrisa. Su expresión era difícil de leer. Había algo en su mirada que no convencía del todo.

Al agudizar la mirada, tras la oscuridad, se podía imaginar un pequeño edificio de madera. No se trataba de unos cuantos contenedores apilados como la estación que dejaron atrás. Se intuía deshabitado, al igual que todo en aquella tierra olvidada.

—Alfa-2, Escorpio si hace algún movimiento raro.

— Hugo bajó su fusil y se acercó al individuo.

No creía en las casualidades, y aquel encuentro lo era.

No se fiaba, pero también sabía que no tenían muchas más opciones.

Elena no podría resistir mucho más, aunque Martina seguramente menos que ella.

El ST-1 extendió la mano hacia el hombre tanteando un saludo más cordial.

—Discúlpenos. Llevamos recorrido un duro camino.

— Masculló entre los dos, intentando disimular una desconfianza manifiesta.

—No tenemos mucho más que perder. Le agradecemos la información.

El individuo asintió y comenzó a caminar hacia la cabaña, sin volver la vista atrás. El grupo le siguió, manteniendo una distancia prudente.

—Bueno, cuando el agua te llega al cuello, eres capaz de pedirle un flotador hasta al diablo. — Dijo Elena.

—Esperemos que este diablo no venga con algún demonio que le haga compañía. — Respondió Val.

***

La cabaña era rudimentaria, pero acogedora.