Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL AISLAMIENTO
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EL AISLAMIENTO

“3 de diciembre. 01:12 PM (hora local). Estación meteorológica en el permafrost. Próximo a Kovac Bay.”

Una vez que el equipo desbloqueó y accedió al interior de todas las puertas del refugio, cada uno asumió su rol.

La estación meteorológica era un esqueleto vacío, en comparación con lo que alguna vez fue.

Tenía tres habitaciones pequeñas: una sala de control, que se convirtió por unas horas en el pequeño universo particular de Martina; depositos semienterrados bajo la nieve en un par de salas semiderruidas; y una especie de enfermería con una camilla sin colchón,

donde la doctora se instaló temporalmente, montando su pequeño laboratorio de campaña.

Aparentemente recuperada, Elena abría uno de los maletines, donde transportaba su material más preciado.

El espectrómetro portátil “Thermo Scientific RMX”.

Quería analizar la muestra hallada en la chapa identificativa metálica que encontraron en la habitación oculta.

Creía estar casi segura de que aquella sustancia no era sangre, pero era una buena forma de pasar el tiempo allí y no perderlo al mismo tiempo.

Martina trataba de ponerse en contacto con Artemisa, haciendo uso del presente informático que le regaló ella tiempo atrás.

Se trataba de un pendrive que contenía un solo archivo, como le gustaba a Alicia.

Un solo ejecutable, de manufactura propia, y que ella misma utilizaba en su día a día en la deep web.

Utilizando los scripts y códigos adecuados, lo mismo podía piratear un teléfono en la otra punta del planeta, como modificar momentáneamente la trayectoria de satélites de países muy desarrollados.

La única limitación… la señal de internet.

Al menos, debía de poder conectarse a algún servidor.

Trataba de enviarle a Artemisa un enlace para que conectase con la señal que había descubierto y que emitía en la misma frecuencia de sincronización que la baliza identificada en el vídeo de la mujer asesinada.

Valeria y Roberto inspeccionaban, esta vez más minuciosamente, todas las estancias, tratando de buscar algún indicio más de que aquella estación meteorológica abandonada pudiera tratarse de algún refugio utilizado recientemente por la organización a la que pertenecía la daga y la media luna.

La doctora se levantó del incómodo taburete que había en la enfermería y se dirigió a la puerta de la sala de comunicaciones.

—Pintalabios.

—No tengo jefa. — Respondió Martina, confusa.

—No. Que la sustancia de la chapa de identificación es pintalabios. Kiko Milano, número seis. Y no lleva más en ella más de un par de días. — Elena identificó la aparente sangre de la chapa encontrada por Valeria. Se trataba de restos de un labial, reciente.

—Pero ¿cómo ha llegado ahí? — Dijo Martina, que seguía concentrada en tratar de conseguir una señal estable.

—Casi, puedo imaginar de quién es. — Con una sequedad quirúrgica, dijo.

—Muéstrame el video de la víctima. — Al escuchar del hallazgo, el equipo se reunió en la sala de comunicaciones.

Nadie hablaba, excepto la doctora, ya recuperada.

—¡Mirad! La mujer de la silla. Los labios no están oscuros por el frio.

Tiene los labios pintados. Carmín Kiko Milano, número seis.

— Todos observaban fijamente la tablet de Martina.

Allí no tenían proyectores ni disponían de la tecnología de la sala de reuniones de la unidad, en su cuartel en Salamanca.

A miles de kilómetros de allí. —Y esto. ¿Os suena?

— Extendió el crucifijo en la palma de su mano mientras con la otra, desplazaba la imagen congelada, unos centímetros hacia abajo, dejando ver el cuello desnudo de la mujer.

—¡Hostias! — Espetó Roberto.

—¿Estás de broma? ¿Me estás diciendo que nuestro director de cine ha colocado esto aquí para que nosotros lo encontremos? — Dijo Val sorprendida.

—Era imposible que supiera que íbamos a venir. Y mucho menos que íbamos a acabar aquí. — Inquirió nuevamente Rob.

Martina no le quitaba ojo a la imagen de la tablet. “¿Cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de aquello cuando hizo el examen preliminar del video durante el vuelo?” Nuevamente, al igual que unas horas antes, su autoestima comenzaba a flaquear.

—Esto está siendo muy raro. Demasiado para lo que estamos acostumbrados. — Murmuró Valeria mientras Hugo agarraba inconscientemente con fuerza su arma en la cintura.

—Vale. Tenemos que salir de aquí. Martina ¿crees que puedes conseguir comunicar con Alicia y enviarle lo que ha descubierto Elena?

—Sí. Faltan un par de minutos. Estoy accediendo a un satélite armenio que está sobrevolando ahora sobre… — Por la cara que estaba poniendo Hugo, supo que se estaba excediendo con las explicaciones. — ¡Dos minutos!

—Valeria. Tú y Roberto trazad un plan para la evacuación. Tenemos que llegar al pueblo. La ruta más rápida.

—¡Recibido! — Dijeron al unísono. Y cogiendo una de las tablets que tenía Martina en sus maletines comenzaron a estudiar la posible ruta.

Mapas térmicos y topográficos de la zona descargados unas horas antes del salto, pues todavía estaban fuera de linera.

No podían acceder a lo que fuera que estuviera ocurriendo en el exterior en tiempo real.

—Elena ¿qué cojones es todo esto? — Le susurró Hugo.

—No lo sé pero, sea lo que sea, es más preocupante que cualquier hipótesis que hubiésemos tenido hasta ahora.

No me hubiera planteado que O.N.O., si han sido ellos, pudieran tener este nivel de operatividad.

De previsión. — Se notaba un sesgo de preocupación en el rostro de la doctora.

—Hay algo más. Este pintalabios… — Apuntaba mientras sujetaba la chapa manchada de carmín entre sus dedos enguantados.

—…tiene restos epiteliales. Al analizarlos, han arrojado restos de una toxina, TTX.

¿La recuerdas? En dosis mínimas, paraliza.

En dosis medias, mata. ¿Recuerdas que en los archivos se mencionaba que uno de los científicos de O.N.O. quería comenzar a experimentar con sustancias más potentes? ¿Recuerdas cómo se llamaba? —

—No aparecía ningún nombre, o al menos yo no lo recuerdo.

Únicamente decía que se preveía la ampliación de los laboratorios, pero no recuerdo más.

De todas formas, Alicia tiene todo el expediente.

Si Martina logra comunicarse con ella, se lo preguntaremos.

No obstante, me sorprende que O.N.O. operase así.

Nuestros informes no lo recogían. Todos los laboratorios que aparecían en los archivos e informes que nos facilitó la hermana de Diana fueron clausurados.

Por un momento, los pensamientos de Hugo recordaron el hermoso rostro y la dulce sonrisa de Isabel al partir desde el aeropuerto de Matacán, en Salamanca, tras recuperar el cuerpo fallecido de su hermana, Diana Martínez, periodista de investigación asesinada por O.N.O..

Dos años atrás, el asesinato de Diana fue, sin saberlo la organización, el peor error que habían cometido.

Hugo fue quien dio su merecido al asesino de la periodista, y el equipo HOSTES quién llevó el caso.

—Tú llevaste la investigación de las sustancias que estaban desarrollando. — Hugo buscaba desesperadamente alguna respuesta.

— Sí, pero con esta nueva información, es cierto que los laboratorios que se clausuraron en Ámsterdam, Róterdam y Hamburgo no tenían mucho en común con el de Noruega.

Aquél estaba todavía en construcción pero, recuerdo un detalle que me llamó la atención.

Aquellas instalaciones tenían una distribución diferente al resto y mucho más material para ventilación de lo normal.

¿Recuerdas que te comenté que seguramente sería porque ese laboratorio tendría el triple de producción que el resto?

—El de Cabo Norte. Sí que lo recuerdo.

—Pues estoy empezando a pensar que no iban por ahí los tiros.

—¿A qué te refieres? ¿Y qué tiene que ver eso con este lugar? Esto es el culo del mundo. —

—Al igual que Cabo Norte en su día ¡Piénsalo Hugo!

Drogas sintéticas puedes desarrollarlas en cualquier laboratorio, incluso en el garaje de cualquier edificio pero, ¿qué mejor lugar para desarrollar armas biológicas o químicas?

Sustancias letales sin control farmacéutico y, este lugar...

un pueblo aislado el noventa y cinco por ciento del tiempo y con víctimas potenciales que no llamarán la atención si desaparecen.

—Aquí hay condiciones extremas, terreno suficiente y los animales salvajes necesarios como para hacer pasar un asesinato por una muerte accidental. Tiene sentido.

—Eso es.

—Pero…no recuerdo que los investigadores químicos de Fysia que detuvimos hubieran alcanzado ese nivel de especialización. — Se susurró Hugo. —Una cosa son pastillas pero, armas químicas o biológicas… estamos hablando de cosas muy diferentes.

—No tan diferentes, si lo piensas. Solo a nivel conceptual.

El fondo ideológico es el mismo. La creación de una sustancia concreta.

Da igual para que se use esa sustancia nueva.

Eso solo lo dicta la meta del proyecto de creación.

Créeme, lo se por experiencia. — Apuntó Elena.

— Y en relación a los investigadores… los que detuvimos, no presentaban esas cualidades.

De los treinta y tres que formaban la facción de investigación, veintiuno fueron eliminados en las redadas, ocho aparecieron muertos en “extrañas circunstancias” en sus celdas de los diferentes centros penitenciarios donde se encontraban,

y el resto se encuentran incomunicados en un correccional de máxima seguridad de nombre impronunciable en Brabante, a ochenta y cinco kilómetros de Ámsterdam.

—Entonces ¿cómo es posible? Se supone que las investigaciones de estas sustancias y sus estudios habían… desaparecido. — Hugo no era investigador per sé, y en numerosas ocasiones las deducciones lógicas le sobrepasaban.

—Tú lo has dicho. Los que detuvimos no han podido ser, y los muertos no hablan desde sus tumbas. Pero puede que sí que existiera alguien que tuviera todos los detalles. — Insinuó Elena.

—¡Sus jefes! ¡Los líderes de la organización… pero, están muertos!

—Sí, eso es cierto, pero ¿y si había alguien más? ¿Alguien que nunca estuvo en la lista?

—¡Conseguido! — Se escuchó en la sala de comunicaciones.

—¡Conexión estable durante unos minutos!

— Martina había establecido conexión con Alicia que trataba de triangular la posición de la señal para ubicarlos.