INSTALACIONES
“3 de diciembre. 11:32 AM (hora local). Latitud aproximada: 71ºN. Estación Meteorológica abandonada.”
Tras varias horas de descanso en aquel refugio, la estancia se había caldeado ligeramente, sin embargo, el olor a oxido, a salitre y a cerrado permanecía en el ambiente. La temperatura había subido hasta los catorce grados centígrados.
—¿Y si amaina? — Preguntó inocentemente Martina, aún con la voz algo temblorosa y sin perder de vista la puerta de acero medio abollada que les separaba de la muerte segura que les reclamaba desde el exterior.
—No va a amainar. Esto no es una tormenta de paso.
—Es un infierno de hielo en el fin del mundo.
— Suspiró. —Esto es mucho peor de lo que esperábamos.
Esta tormenta lo ralentiza todo. Nuestra marcha, la investigación.
Ningúno contábamos con tener bajas desde el minuto cero.
— Inquirió Rob. —Un contratiempo. Tormenta polar nivel “whiteout” y noche polar perpetua por varias semanas.
Joder, sobre el papel se veía mal, pero no tanto. — Tornó nuevamente Val.
Nadie respondió. Solo el viento, que parecía arrastrar voces desde algún lugar más allá del refugio.
Valeria se tomó un par de analgésicos para tratar de aliviar el dolor de su pierna. También se colocó un pequeño vendaje sobre la rodilla derecha mientras estaba sentada junto a la cama de Hugo. —¿Me vas a contar que has visto al otro lado?
—No sé de qué estás hablando.
—Hugo, no me tomes por tonta.
Resignándose ante la mirada compasiva de su amiga, respondió. —Me ha parecido… no lo sé. Ha sido algo muy raro. Era todo muy real. Apenas unos segundos, pero… he visto a mi antiguo equipo. Y a Victoria, diciéndome que no era mi hora.
—¿Victoria, Victoria? ¿Esa Victoria? ¿La que trató de matarte antes de que nos conociésemos? — Preguntó Val.
—Sí.
—¡Pues menuda última visión! —Pensó en voz más alta de lo que pretendía.
—Me transmitía paz. Me dijo que todavía no me necesitaban ahí arriba.
—Vaya. ¿Ahora es la loca de tu excompañera la que dicta nuestro destino? — Preguntó, ligeramente indignada. —Bueno, por lo menos… sabes que vas a ir arriba. — Se le notaba un leve tono de sarcasmo.
—Val, Victoria no estaba loca. Lo que hizo…
tuvo sus motivos. — Ese era un tema de conversación que a Hugo le removía muchos sentimientos.
Aunque tenía mucha confianza con Valeria, ella no entendía que la justificara tras tratar de matarle por venganza.
Sin embargo, y por ese motivo, Val también sabía cuándo debía parar de hablar del tema.
—Vale. No preguntaré más. — Le dio la espalda en la cama. —Solo… que esperaba que tu última visión fuera yo, echándote la bronca por morirte.
La mano dolorida de Hugo, era el menor de sus problemas, aunque al menos, ya volvía a tener algo de movilidad.
Elena también estaba casi recuperada, pero con moratones por todo el cuerpo, al igual que el resto.
El que mejor se había reestablecido era Roberto.
Parecía otra persona. Sereno, compuesto, organizado, cuidando de los demás, como queriendo redimirse por lo ocurrido en el descenso en paracaídas. Nadie había vuelto a hablar del tema.
Mientras su jefe se recuperaba, Rob se puso en marcha, acompañado por Martina. El ST-2 movió ligeramente una estantería y abrió una puerta bloqueada. La única que allí había además de la que daba acceso al descansillo y al exterior.
—Aquí. — Dijo Rob, señalando una puerta en el lateral de la habitación. Lo que asemejaba una sala de comunicaciones, a juzgar por el amasijo de antenas y cables fundidos que colgaban del techo, aparecía al otro lado.
Martina entró la primera. También necesitaba redimirse de su actuación anterior.
Entre cables y tecnología, por muy antigua que esta fuese, se encontraba como en casa.
Logró identificar una batería portátil entre un montón de equipos informáticos tirados por el suelo.
Estaba arrancada de su lugar, aunque no inutilizada totalmente.
Con una soltura denotada, conectó un pequeño inversor que llevaba en uno de sus maletines identificados como “Comunicaciones” y, milagrosamente, un par de luces comenzaron a parpadear en el techo.
—No es Disneyland, pero algo es algo. — Murmuró, arrastrando una sonrisa mientras continuaba inmersa en su mundo. —Este refugio debería generar su propia energía. Ya le hemos dado la chispa inicial y…
—Por lo menos funciona, “peque”. Ya es más de lo que teníamos hace un segundo.
— Asintió Rob, echándole una mano para reforzar la conexión.
Comenzaron a oír zumbidos en la sala, un rumor energético.
Una tímida luz roja bañó la estancia. Era poco, pero suficiente para recomponer mínimamente los ánimos del grupo.
Estaban vivos, tenían cobijo, una fogata que les calentaba y algo de luz.
En la habitación contigua se escuchó un gemido cuando la doctora, de manera tosca pero necesaria, recolocó mejor el brazo luxado de Hugo. También improvisó una férula para la pierna de Val. La doctora, aparentemente estable, trataba de integrarse nuevamente en la situación.
—Tenemos que aguantar aquí hasta que recobremos algo de fuerzas. — Dijo Valeria, mientras buscaba el bolso que arrastró Rob y que contenía las armas. Bloqueó por dentro la puerta del refugio. Nadie entraría por allí salvo que ellos quisieran.
—Hasta dentro de un mes, por lo menos, olvídate de luz natural. Y con esta tormenta, no creo que los repartidores de pizza lleguen hasta aquí. — Murmuró Rob, mirando la penumbra rojiza que parecía engullirlo todo desde la entrada.
—Espero no estar aquí tanto tiempo. — Dijo Martina.
—No esperaba este recibimiento por parte de Alaska. Tengo el cerebro embotado. Daría mi paga de un mes por un café. — Contestó Val.
En ese instante, Rob observó un leve ceño fruncido en el rostro de la benjamina. Algo ocurría. —¿Qué pasa?
—Estoy… detectando… algo. — Respondió ella, sin apartar los ojos de su portátil, que había conectado a la consola central.
—¿A qué te refieres con “algo”? — Inquirió Hugo, apoyado en el hombro de Elena y el quicio de la puerta de la sala de comunicaciones.
—¡Jefe! — Y corriendo hacia él, le abrazó con todas sus fuerzas. La alegría de verle en pie nuevamente la reconfortó. —Joder jefe. Que susto me has pegado. Pensé que te habías ido al lado oscuro.
—No se lo digas a nadie, pero, yo también me he asustado un poco. — Susurró a su oído. — Ahora dinos. ¿Qué es lo que has encontrado?
—Pues verás. La estación estaba muerta, pero he conseguido un poco de energía. También he hecho un bypass a la conexión del satélite, y accediendo a la…
—Martina. En cristiano, por favor. Y resume lo que puedas.
—Sí. Perdón. Y… perdón por no haber sido de mucha ayuda en la caída, y después, y…
—Martina. Tranquila. Resume. — Dijo Hugo tranquilizándola con un gesto paternal.
—Vale. Una señal. Casi imperceptible. Encriptada, algo antigua… puede que militar. No puedo descifrarla todavía ya que no tengo suficiente energía. — Su voz temblaba ligeramente, más de emoción que de miedo.
—Pero eso puede que no tenga nada que ver con nosotros.
—Realmente… creo que sí. Lo único que no está codificada es la frecuencia. Y es la misma que la de nuestro vídeo.
Valeria y Rob intercambiaron una mirada marcada por los interrogantes que se sumaban a cada interacción con el entorno.
Ellos eran los investigadores principales del equipo y nada de eso estaba en sus informes preliminares de inteligencia.
No debería de haber presencia militar en la zona. No desde hacía varias décadas.
Mientras Martina luchaba por mejorar la recepción de la señal, Hugo se recompuso, apartándose lentamente de la sujeción de Val.
Elena revisaba el material de las maletas.
Rob estaba pendiente de los movimientos de su amigo por si se caía.
El ST-1 recorría la sala, inspeccionando cada rincón hasta el fondo de la misma donde algo llamó su atención.
Una pequeña fisura en la pared, prácticamente imperceptible a simple vista.
Se acercó más, colocando su mano desnuda sobre la pared.
Allí estaba, perfectamente escondida detrás de una estantería ranurada con baldas de chapa, cargada de cajas y aparatos cubiertos de escarcha. Una puerta oculta.
—¿Habéis hecho un reconocimiento del lugar?
Valeria y Roberto se volvieron a mirar. “¡Qué fallo!”
pensaron ambos. Roberto desenfundó su arma, Val hizo lo propio.
Hugo alargó la mano hacia Elena que ya le estaba acercando su fusil.
La mayoría de puertas interiores estaban bloqueadas por escombros o escarcha acumulada en un caos natural.
Únicamente aquel acceso oculto se encontraba lo suficientemente bien cubierto como para no ver a simple vista que permanecía libre de todo signo del paso del tiempo.
Daba la impresión de que no hacía mucho que había sido utilizada.
Rob se adelantó, abriendo con el cañón del arma la compuerta.
En su interior, viejas literas y armarios oxidados, y junto a la puerta, clavada en la pared, una cajita metálica, reventada y ennegrecida por el fuego.
Se trataba de una cerradura numérica dañada, de la que únicamente quedaban cables quemados colgando en su interior.
Aquello era evidente: alguien saboteó ese lugar.
Al no encontrar a nadie allí, Valeria y Roberto quitaron los dedos de los gatillos, aunque dejaron las linternas encendidas. Elena y Hugo accedieron también a la sala. Parecían los viejos barracones del refugio.
—Extraño. — Apuntó Elena.
—¿Qué ocurre jefa? — Dijo Roberto.
—Hay algo que no encaja aquí.
—¿Algo? —
—Esta cerradura. Es atemporal. No encaja en el tiempo con el resto de mobiliario. Y sin embargo… parece que la han destrozado para que no pudieran bloquear la puerta.
Sobre uno de los armarios tirados en el suelo y, entre restos de uniformes de expedición civil, Valeria encontró algo.
Se trataba de una pequeña chapa metálica de identificación atada a una cadena dorada y un pequeño Cristo en una cruz.
La alzó con cuidado. La chapa no poseía ningún nombre, rango, unidad, o identificación alguna.
Se trataba de una insignia, ovalada, con un emblema grabado. Lo identificó al instante.
—Jefe, creo que deberías ver esto. — Valeria extendió la mano.
La chapa se encontraba manchada de una sustancia marrón granate, casi negro.
Parecía… sangre. Hugo la tomó con su mano dañada.
Sus dedos, insensibles todavía por el frío, asieron la cadena.
Al verla, instintivamente cerró su puño y respiró profundamente.
Val le puso una mano sobre el hombro. Estremecido por lo que creyó identificar, abrió, lentamente la mano y la colocó sobre el haz de luz de la linterna del arma de Val.
La media luna atravesada por la daga todavía se intuía, a pesar de que la chapa parecía muy deteriorada.
La cadena de oro que lo acompañaba, no tenía aparentemente, nada fuera de lo común.
El silencio en la sala se volvió sobrecogedor.
Notaba que el aire se espesaba a cada segundo que él y su equipo permanecía allí.
Lo único que se atrevía a romper el silencio en ese momento eran los cristales de hielo que las fuertes rachas de viento golpeaban contra las paredes del refugio en el exterior.
—¿Eso era sangre? —Preguntó Rob. Hugo sintió una punzada en el estómago. No era dolor físico. Era el presentimiento nítido de que acababan de retomar una partida en un juego macabro que creía terminado.
La media luna y la daga se reflejaron en las pupilas de los miembros del equipo. Sus peores temores iban tomando forma. O.N.O. acababa de dejar su tarjeta de visita.