Sin voz en la tormenta (Hostes 2) EL REFUGIO OLVIDADO
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EL REFUGIO OLVIDADO

“3 de diciembre. 06:14 AM (hora local). Latitud aproximada: 71ºN. Costas del océano Ártico”

La amenaza palpable del entorno hostil y helador estaba dispuesta a devorarlos.

Entre el rugido de las olas, ahora un poco más lejanas, y el viento que golpeaba cual tambor de guerra, apenas conseguían escucharse unos a otros.

La tormenta mutaba a cada segundo. A veces rugía con furia; otras, solo respiraba en la lejanía.

Pero nunca dormía. La noche polar lo envolvía todo.

—¡Deberíamos estar cerca! ¡La señal de las balizas ARVA de los paracaídas está por aquí!

— El localizador de Valeria marcaba la ubicación del lugar donde debería estar el material arrojado por el C-130.

Mochilas y equipamiento que al igual que ellos, habían acabado lejos de la zona original de aterrizaje.

—¡Allí! — Señaló Rob, ya recompuesto. Echó a correr, no sin dificultad, hacia un pequeño montículo que emitía una luz carmesí, y que se encontraba cubierto por la nieve.

Aquello era inmenso y pesado para arrastrarlo en su conjunto, por lo que, tras abrir los contenedores, cada uno tomó su equipo.

Rob cargó con la mochila de la doctora, todavía inconsciente, y un bolso que se hacía bastante pesado.

Val tuvo que coger un par de maletines extra, con material de la doctora.

Martina, cargó con otro par que contenía sus equipos de comunicación e informática.

Bajo la tempestad de viento y nieve, y el peso extra añadido en el equipo del material recuperado, Hugo tomó nuevamente el control.

—Valeria, creo haber visto una construcción mientras caíamos. En línea recta desde aquí hacia Kovac Bay.

—Yo también. ¡Vamos! el pueblo está hacia el oeste.

Los cristales de hielo que se desprendían del suelo acrecentaban la sensación de hipotermia que Hugo estaba sufriendo.

Su traje, incompleto, le estaba pasando factura.

Martina, se arrodilló en el suelo, soltando ambos maletines para poder acceder a su mochila.

De ella, sacó una tablet. Su tablet. Y con la dificultad añadida de tratar de manejarla en aquellas condiciones, la mostró al equipo.

—Aquí es donde estamos. Aquí donde tenemos que llegar. Hay medio kilómetro en aquella dirección.

—Roberto, ve delante. — Impuso Hugo. — Detrás Martina.

Tú dirigirás la avanzada. — Esa responsabilidad pilló por sorpresa a la pequeña informática.

—Valeria, tu conmigo. Somos las mulas de carga.

— Val asintió. Después de unos minutos en ese lugar infernal, pudo ver de nuevo a su ST-1 tomar el control.

Un esbozo de sonrisa apareció en su cara.

Todos lo notaron. Aquello era como un rayo de sol en la noche más oscura.

Val sintió durante apenas un segundo que todo iría mejor a partir de ese momento. Se equivocaba.

Los quinientos metros hasta la cabaña no fueron fáciles.

Tardaron más de media hora en recorrerlos.

La noche cerrada no permitía ver más allá de ocho o diez metros en la distancia.

La temperatura dentro de los trajes, apenas se sentía como un leve frescor mañanero en primavera, pero en el caso de Hugo, no era así.

Llevaba mucho rato soportando los más de cuarenta grados bajo cero que, poco a poco, se iban colando dentro de su traje por el guantelete desaparecido y por el cuello.

Su mano ya no respondía a estímulos, aunque tratara de esconderla en el interior de la manga.

Sus fuerzas se diluían lentamente. Llevaba cien metros caminando sufriendo visión de túnel, y ese túnel era largo, negro y frio.

Los labios, azulados. Las fuerzas le estaban abandonando a cada segundo que pasaba.

Sin coordinación ninguna, únicamente empujado por la inercia de cada paso, se sumió en el más absoluto silencio entre los rugidos de la tormenta Ártica.

—¡Estamos cerca! — La dulce, aunque ahora peraltada voz seca de Martina irrumpió en la densa cortina de nieve.

Val alzó la mirada a través del mamparo de su máscara. A unos metros, una silueta emergía entre la ventisca. Una estructura metálica, semienterrada y oxidada como una costra vieja bajo el hielo, deformada por décadas de salitre, hielo y tormentas. Era un refugio. O lo que quedaba de él.

El grupo avanzó, tambaleándose. Cada paso se sentía como un mal golpe recibido en un ring de boxeo.

Ron sujetó el brazo de Martina, quién, para sus adentros, se repetía mentalmente que debía seguir adelante, un paso más, otro más, otro y otro.

Ya casi habían llegado hasta aquel refugio.

Val soltó a escasos metros de lo que parecía la puerta de acceso, los maletines para tratar de ayudar a Hugo a cargar con el peso muerto que suponía el cuerpo inerte de Elena.

Ya volvería más tarde a por ellos. Pero, el terror se dibujó en su hermoso rostro.

Hugo y Elena habían desaparecido en la oscuridad.

—¿Hugo? ¡HUGOOOOO! — No obtuvo respuesta. Martina y Roberto, a escasos pasos del refugio, se dieron la vuelta al escuchar los gritos de su compañera.

—¡Abre la puerta! — Le indicó Rob a Martina, mientras salía a la carrera hacia donde debían encontrarse los cuerpos de la doctora y su amigo.

Valeria ya había deshecho unos metros el camino imaginario sobre la nieve, cuyo rastro apenas tardaba unos segundos en hacer desaparecer la ventisca.

Roberto adelantó a Val, que no podía disimular la cojera que le producía el dolor en su rodilla, observando esta como unos metros más adelante Roberto se zambullía en el mar de nieve y hacía esfuerzos tratando de levantar, lo que parecía un cuerpo.

Val llegó a su altura. Con esfuerzo, Rob agarró a Hugo y, como pudo, Valeria tiró de Elena. Los cuatro tomaron dirección hacia donde se intuía que estaría la caseta metálica, pues a esa distancia, aquel refugio improvisado había vuelto a desaparecer.

Mientras, la joven informática trataba de forzar una compuerta metálica, ya vencida sobre sí misma.

Tras forcejear unos segundos con el cerrojo, consiguió entrar en un pequeño vestíbulo lleno de restos de material visiblemente antiguo: cajas rotas, herramientas de caza oxidadas, trajes térmicos desechos por el paso del tiempo.

Esa especie de refugio hacía años que no se utilizaba.

En lo que parecía la estancia principal de aquella estación se encontraban dos literas rodeando una pequeña estufa de carbón.

Tiró las maletas al suelo justo en el instante en el que Rob, con un fuerte golpe en la puerta, accedió al interior, atravesando la sala en dirección a las camas.

Tiró encima de una de ellas a Hugo y volvió para ayudar a Val, quien irrumpía trastabillándose, en la sala, cargando con Elena al hombro.

Con delicadeza, Roberto cogió a la doctora en brazos y la depositó en la otra cama.

Le quitó el casco y sintió su respiración.

Valeria intentó hacer lo mismo con Hugo, pero este no respondía. Era como si alguien hubiera apagado su interruptor de conexión con el mundo. Ni un grito, ni un gesto. Solo dejó de respirar. No hubo tiempo de echarle por encima ni una manta para que recobrase temperatura.

Un fuerte golpe sobresaltó a Martina a espaldas de Rob. Valeria acababa de tirar al suelo a Hugo, boca arriba, y con su propio cuchillo, rasgaba desde abajo el traje de vuelo MC-5. El ahora recompuesto Rob, estupefacto ya que no sabía que estaba ocurriendo, le protestó.

—¿Qué haces? Se va a helar.

Val, con la responsabilidad de quien tiene la vida de su hermano entre sus manos, respondió secamente haciéndose cargo de la situación. —¡Está en parada! Encended la calefacción o lo que sea. Vamos a morir congelados sino subimos la temperatura. — Comenzó a hacerle compresiones en el pecho.

La luz de las linternas que, a ras del suelo erigía unas sombras gigantescas sobre las paredes, creaban una fúnebre atmósfera.

Martina se encontraba paralizada, sobrepasada por no poder ser de más utilidad.

Ella se sentía en paz en el mundo virtual, en su caos controlado, no allí, donde su vida dependía de sus habilidades físicas.

Rob la sujetó por los hombros mientras la miraba fijamente a los ojos.

—¡Martina, necesito que reacciones! Enciende la estufa, voy a ver si consigo despertar a Elena. — La apartó ligeramente y comenzó a buscar en el interior del botiquín de campaña que Hugo siempre llevaba en su mochila. Nada. Únicamente había material de primeros auxilios para heridas de batalla.

—¡Mira a ver en el material de la doctora! — Dijo Val.

Martina acababa de meter varios trozos de carbón helado y algo de hojarasca seca, que se encontraba almacenada en un rincón de la sala, en la estufa de hierro y los prendió con un pedernal que había sobre ella.

Rob vació sobre el suelo el contenido de la mochila de la doctora.

Nada. Desesperada, salió al exterior a por los maletines que habían olvidado en la nieve.

Los arrastró al interior y abrió uno de ellos.

Contenía material para cirugías y un espectrómetro.

Nada útil. Abrió el otro. Herramientas para más cirugías y…

—¡Toma! — Le entregó a Val una jeringuilla y un pequeño bote de cristal que contenía adrenalina.

Rob la había relevado, realizando ahora, él, las compresiones en el pecho.

Valeria se lo inyectó. Martina solo observaba.

Val arrojó a un lado la jeringuilla y retiró a Rob, continuando con las compresiones sobre Hugo.

Cada treinta, juntaba su boca a la de Hugo para insuflarle aire.

Lenta y con movimientos torpes, Elena se incorporaba, aturdida, desorientada.

Como si le hubiera hecho efecto a ella el estimulante.

En los ojos de Val afloraba una lágrima.

Martina no las ocultaba. Elena trataba de ubicarse en la habitación.

Intentó levantarse, pero las piernas no le respondían.

Ella era la doctora, pero no podía hacer nada.

Rob, con la mirada fija sobre el pecho de su amigo, intuía el desenlace funesto.

La estufa de hierro fundido comenzaba a repartir el calor de las llamas de su interior.

La temperatura iba aumentando muy lentamente, pero esa sensación de aumento no se apreciaba todavía.

Lo que si se apreciaba era que el frio que desprendía la sensación de muerte en el cuerpo inerte de Hugo estaba ganando la batalla al calentador.

El viento, aunque ahora atenuado, seguía golpeando entre las paredes deformadas de aquel lugar.

Ahora, las lágrimas inundaban los ojos de todos ellos, excepto los de uno.

« Hugo… no ha llegado tu hora. No te puedes dejar vencer por una tormenta de nieve después de todo lo que has pasado. Todavía no te necesitamos aquí arriba, hermano. »

Roberto seguía sin reaccionar. Martina se derrumbó en el suelo.

Val se dejó caer hacia atrás. Extenuada, pero con fuerzas suficientes como para tratar de reprimir las lágrimas, ahora de felicidad.

Como si le hubieran colocado un resorte, Hugo se había incorporado, de golpe buscando desesperadamente una bocanada infinita de aire.

—¡Vicky…!