Sin voz en la tormenta (Hostes 2) ARRASTRADOS AL ABISMO
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ARRASTRADOS AL ABISMO

“3 de diciembre. 04:49 AM (hora local). Latitud aproximada: 71ºN. Costas del océano Ártico”

El mundo era viento, nieve, hielo, frio y oscuridad.

Hugo abrió los ojos al mismo tiempo que veía como la vela de su paracaídas se desplegaba y emitía un ruido grave cual garganta de bestia desatada.

Las cuerdas de sujeción que permanecían unidas a él y a la doctora se tensaron de golpe y ambos, atados todavía por los arneses que les convertían en un solo cuerpo, fueron impulsados sobre la superficie helada creada por el permafrost del Ártico.

Atrás quedaba la belleza efímera de una aurora boreal del color verde esperanza.

No había cielo, no existía suelo, solo el blanco infinito y la brutalidad del aire golpeándolos sin tregua.

La cabeza le iba a explotar. Sentía palpitaciones en lo más profundo de su cráneo que le hacían sentir que le iba a estallar en cualquier momento.

No ayudaban los continuos tirones y zarandeos sobre el hielo.

Cuando trataba de incorporarse, la fuerza del viento le mantenía aplastado contra el suelo helado.

Apenas podía mover los brazos. Había perdido uno de los guantes térmicos.

El casco de su traje había desaparecido y la humedad salitrosa le resecaba la piel.

La mano derecha, adormecida por el frío y la caída, buscó a tientas el cuchillo de corte rápido que llevaba antes del salto enganchado al peto del traje.

Elena, inconsciente, se deslizaba a su lado.

Su cuerpo inerte, era zarandeado como un muñeco de trapo en manos de un niño.

—Elena ¿Cómo estás? ¿Elena? — Le golpeó el casco para tratar de despertarla, pero no reaccionaba.

La superficie bajo ellos crujió. No era buena señal.

—Mierda. — Masculló Hugo, apretando los dientes con furia al ver aparecer las primeras grietas abrirse paso en la placa de hielo y nieve que les separaba del agua mortal del océano Ártico.

La vela volvió a tirar de ellos. Implacable.

A su izquierda, sentía el sonido gutural del hielo resquebrajándose, e hizo que su estómago se encogiera.

—Elena, por favor, necesito que despiertes. ¡ELENA!

Un océano hambriento rugía debajo de ellos.

Desesperado, Hugo miró en todas direcciones.

No había vida en ese lugar. Forzó el brazo para alcanzar la cuerda principal que los unía al paracaídas, pero estaba demasiado tensa y en una posición inalcanzable tras la espalda.

Una ráfaga de aire los elevó a unos tres metros del suelo, dejándolos caer con más virulencia si cabía, destensando por un segundo el cabo que les unía a la vela.

Con un movimiento torpe, consiguió alcanzarlo y cortar uno de los cabos.

El desequilibrio en la tensión de arrastre hizo que rodaran durante varios metros antes de lograr alcanzar el segundo cabo y cortarlo, justamente cuando los arrastraba hacia el final del permafrost, a menos de diez metros del límite con el océano embravecido.

La tensión desapareció de repente, y la inercia hizo que fueran despedidos, lanzándolos rodando de forma brutal sobre la superficie resquebrajada hasta el borde del abismo. La doctora permanecía inerte.

Sintió un crujido, pero esta vez no había sido el hielo.

Había ocurrido dentro de él, en su hombro derecho, al chocar contra el trozo de océano helado.

El dolor había lacerado su espalda y le robó el aliento durante unos segundos, que fueron interminables.

Lo peor, no había tiempo para lamentaciones.

A pesar del hombro luxado y los golpes inconscientes recibidos por Elena, Hugo consiguió abrir los mosquetones de seguridad que le unían a la doctora.

Su mano desenguantada, que debía estar ligeramente dolorida tras tratar de proteger la cabeza de la doctora durante el paseo a ras de suelo, no sentía frio, ni dolor, y eso…

no era bueno. Consiguió quitarle el casco y la máscara de oxígeno y, acercando su mejilla a los labios de Elena, comprobó su respiración.

Miraba su pecho. Apenas se elevaba unos milímetros.

Su respiración era débil, pero seguía con vida.

Se aferró a su arnés, levantándola con un esfuerzo sobrehumano mientras la ventisca les castigaba y golpeaba sin piedad.

El ruido del viento, ensordecedor, se mezclaba con el del agua del océano rompiendo contra el hielo a escasos metros.

A su alrededor, la oscuridad era total, iluminada apenas por el resplandor de la aurora que trataba de atravesar las nubes de la borrasca. Facto imposible.

Se colocó los auriculares descolgados dentro del traje que, milagrosamente, no habían salido volando con el casco.

Únicamente se escuchaba ruido blanco entrecortado.

El micrófono de garganta que usaban para comunicarse sin necesidad de apretar ningún pulsador había saltado por los aires, este sí, con el casco.

El auricular de Elena estaba destrozado tras el fuerte impacto de su casco contra el hielo.

Con suma delicadeza, y para facilitar la respiración de Elena, Hugo le quitó su gargantilla y se la colocó él, conectándola a su comunicador. Estaba caliente, esa era buena señal. La doctora no perdía temperatura. Volvió a colocarle el casco.

—¡No contestan, ¿Cómo voy a saber cómo están? ¡joder! ALFA-1, ALFA-1 ¿ME RECIBES? — Era una voz lejana, tensa, preocupada. Valeria trataba de localizarles y comunicarse, pero sin éxito hasta ahora.

Hugo tanteó su comunicador con la mano buena, procurando protegerse la garganta y que las vibraciones de sus cuerdas vocales llegasen sin distorsión a los sensores.

—Aquí Alfa-1 ¿Me oís?

—…

—¡ALFA-2, AQUÍ ALFA-1! ¿ME RECIBÍS?

—Si. — De fondo, un grito de alegría de una voz dulce y chillona, mostraba que Martina estaba bien, al igual que Val.

—Menos mal… — Susurró. —¿Habéis localizado a Roberto?

—Está con nosotros. Entero, pero lo que no encontramos es su dignidad. Creemos que se la ha dejado en el avión. — Hugo siempre estaba dispuesto a reducir la tensión del equipo con humor, pero ese no era ni el momento ni el lugar.

—Dos, Elena está inconsciente. No responde.

El tono de Valeria volvió a oscurecerse. —¡Uno, aguanta, estamos llegando! La nieve es muy espesa y nos está retrasando. Os tenemos fijados con las balizas antiavalanchas. Que no pierda calor corporal.

—Eso no es todo. El hielo se está rompiendo.

No sé…no sé cuánto aguantará. — Los quince kilos que podía pesar cada traje, incluido el peso corporal de cada uno, eran un gran problema para sostenerse en la fina capa de hielo de esa zona.

Desde el otro lado de la comunicación, comenzaron a sentirse respiraciones más agitadas.

—Estamos a trescientos metros. No os mováis.

El viento aullaba como un coro de espectros.

Hugo miró hacia el este. A unos ciento cincuenta metros, grandes bloques de hielo se intuían flotando ya a la deriva.

La vibración bajo sus pies lo confirmaba.

El viento y el oleaje los estaba haciendo golpear contra la enorme superficie helada donde se encontraban.

No podían permanecer allí un minuto más.

Si no se movían rápido, la banquisa bajo sus pies acabaría partiéndose también.

—Vamos pequeña, vamos…— susurró, mientras cargaba a Elena sobre sus hombros.

En ese momento, volvió a sentir el dolor en el hombro derecho, seguido de la tan odiada y temida punzada en el costado.

Cayó al suelo a plomo. No se había dado cuenta de la ingente cantidad de energía que había gastado en el salto.

Sus músculos estaban entumecidos, sus huesos doloridos, su traje estaba incompleto y los casi cincuenta grados bajo cero que marcaba el sensor de temperatura del traje de Elena le hacían saber que, si no salía de allí pronto, la hipotermia acabaría con él.

Arrancó la máscara y el sistema de ventilación asistida de los dos trajes y presurizó nuevamente el de Elena para que no perdiera ella también temperatura.

Todo ese peso extra de oxígeno no lo iban ya a necesitar.

Esta vez, con más esfuerzo, la impulsó sobre su hombro izquierdo. Era demasiado peso, pero tenía que salir de allí o los dos descansarían en una tumba Ártica subacuática. Era instinto de supervivencia, era lealtad, era la condenada promesa que se hizo de no perder a nadie más.

Avanzaba muy lentamente y dando tumbos, al igual que, unos metros más atrás, los glaciares en el agua escamando el borde de la banquisa de permafrost.

Sus cuerpos pesaban como una losa, aún sin el sistema de respiración asistida y cada paso era una lucha por sobrevivir.

Las articulaciones comenzaban a sentir los síntomas de entumecimiento, los ojos dolían por el frio y el viento.

La nieve, traicionera, ocultaba grietas invisibles que podían engullirlos en cualquier momento.

Tras ellos, las olas del océano, ahora unos metros más cerca debido a los bloques de hielo que golpeaban y rompían la fina capa de permafrost, rugían al observar que se estaban acercando a su presa.

Y entre ese rugido, un pitido agudo se colaba.

Era la señal del ARVA, el localizador de emergencias que comenzó a sonar en la oscuridad, unos metros a su derecha, acompañado por un destello rojo que rompía la tenebrosidad del lugar.

Allí apareció Valeria, arrastrando a Martina medio desmayada, avanzando hacia ellos con Rob, recompuesto, aunque tambaleándose detrás como un fantasma cubierto totalmente de nieve.

Se vieron mutuamente. La silueta de Valeria entre la ventisca.

El rojo del ARVA reflejándose en sus gafas térmicas.

Val aceleró el paso entregando a Martina en los brazos de Rob, quién trataba de no resbalarse sobre el hielo.

Fueron segundos interminables hasta que el equipo se reunió.

Cuando finalmente se encontraron, Hugo apenas pudo mantenerse en pie. Valeria aceleró el paso. Rob, comprobando que Martina se valía por sí misma, las adelantó y le sostuvo por el arnés.

—Tranquilo… Ya estás, ya estás…

—Elena… hay que sacarla… — Logró murmurar.

—Lo haremos. Venga, vamos. ¡Arriba joder! — Le dijo Rob mientras le sujetaba.

—¡No te preocupes, Hugo! Ya estamos aquí.

— Valeria veía como los ojos de Hugo luchaban por permanecer abiertos.

Estaba, literalmente, exhausto por el esfuerzo, pero ahora que estaba allí su equipo, podía descansar al menos un minuto, o eso era lo que su cerebro le quería hacer creer.

Tenía que mantenerlo despierto, al menos hasta llegar a algún lugar un poco más resguardado.

—¡Eh! Despierta. — Le decía mientras le daba golpecitos en las mejillas.

—Te digo lo mismo que le dije a Rob antes.

Si te mueres, te mato. No he venido hasta este sitio para que te escaquees y me dejes al cargo de estos dos.

— Dijo Valeria, señalando a Roberto y a Martina.

Rob ayudó a sostener a Elena, mientras Val colocaba a Hugo el hombro dislocado en una posición menos dolorosa. Hugo se recompuso de golpe debido a la punzada de dolor.

La tormenta no daba tregua y apenas podían escuchar sus propias voces entre el rugido del aire y las olas.

Elena continuaba inconsciente, pero seguía respirando.

Val cojeaba ligeramente. No dijo nada, pero Hugo lo notó enseguida.

Roberto, aunque exhausto, había vuelto a su ser, y Martina bastante tenía con tratar de caminar sobre el hielo y la nieve sin caerse.

Todavía le temblaban las piernas del salto.

Ni siquiera habían saludado a Alaska… y ya les estaba asfixiando con su abrazo. Era el primer minuto en tierra, pero les recordaba por qué esta misión no era una operación más: era una condena bajo cero. Una pesadilla mortal.