SALTO DE FE
“3 de diciembre. 04:22 AM (hora local) - Espacio aéreo estadounidense, 32.800 pies de altura.”
El rugido que inundaba la bodega del C-130 con la rampa bajada era ensordecedor y, aunque no se sintiera la temperatura real desde el interior de los trajes de salto, la simple imagen que tenían enfrente helaba completamente la sangre y congelaba el espíritu.
Bajo los pies del equipo, el aluminio vibraba.
Rob, sobre la rampa, mirando al vacío, respiraba como si de un animal acorralado se tratara.
El oxígeno del traje emitía un chirrido en sus filtros apenas perceptible ahora con el sonido del viento.
El miedo se dibujaba en su rostro. El efecto Venturi que afectaba el interior creaba una zona de baja presión en la bodega que arrastraba hacia fuera todo aquello que no estaba sujeto.
Sus cuerpos se zarandeaban. Varios objetos salieron disparados hacia la más oscura nada, entre ellos, los vasos de suassat que habían dejado en la papelera del avión. Rob saltó.
El resto le siguió en rápida secuencia. Martina y Valeria descendieron como un solo cuerpo.
Hugo con Elena, asegurados el uno al otro.
El vacío les engulló, enmudeciendo el entorno por unos segundos hasta que comenzaron a coger velocidad de descenso.
La brújula digital titilaba incapaz de estabilizarse.
El display de sus visores se apagó de repente.
La boca del infierno acababa de cerrarse sobre ellos.
“28.000 pies”
Sobre ellos, la aurora boreal estallaba silenciosa en colores.
Verdes, azules y purpuras, danzaban en un baile etéreo infinito, al contrario que ellos, que no conseguían armonizar la caída al vacío.
La tormenta solar y las ondas electromagnéticas de las luces del norte habían anulado los sistemas de navegación de los trajes.
—¿Todos bien?
—Alfa-2. En vuelo.
—¿Alfa-3? — Preguntó Hugo. Ninguna respuesta por los auriculares. —Alfa-3 ¿Estás vivo? — Volvió a preguntar. Más silencio. El costado de Hugo recibió una punzada fantasma.
—ALFA-3 ¡CONTESTA! — Gritó esta vez Valeria que obtuvo por respuesta lo mismo. Silencio.
—Calma. Alfa-3 no responde. ¿Alguien le ve? ¡Le he perdido! ¡Mi visor no funciona! — Hugo trataba de localizarlo en la oscuridad del vacío.
—Los visores no funcionan por culpa de las interferencias electromagnéticas de las auroras. — Indicó Martina.
—¡Se ha desviado al este! ¡Va muy rápido! — Confirmó Valeria.
Un parpadeo rojo que apenas duró un par de segundos en el visor de Hugo, localizó a Rob, muy por debajo de donde se encontraban ellos. — ¡Le veo! ¡Joder, va demasiado rápido! ¡Voy a por él! —
Elena no sabía qué hacer, pues las indicaciones de Hugo fueron que, una vez que saltasen, ella solo tendría que poner la cabeza para atrás, cruzas sus piernas, y dejar el cuerpo inerte hasta el aterrizaje.
Del resto se encargaría él, pero al igual que Martina, estaba escuchando a través de su intercomunicador, y notaba que las voces de los que les dirigían se tensaban, lo cual indicaba que algo no iba bien.
Elena, inconscientemente, estiró el brazo para señalar la posición de Roberto, lo que inconscientemente consiguió que perdieran la estabilidad con la que descendían, comenzado a rodar sobre sí de manera descontrolada.
Ahora, tenían dos problemas. Roberto en caída libre sin comunicación y los ST-1 dando vueltas sin poder parar.
“25.000 pies”
—¡ALFA-1! — Valeria vio lo ocurrido e instintivamente agarró los brazos de Martina.
—¡Pase lo que pase, no te muevas! ¡Vas a recibir un golpe bastante fuerte!
— Martina se paralizó, más si cabía. Val estiró hacia atrás sus brazos junto con los de su tándem, consiguiendo ganar velocidad.
Eran como un misil dirigiéndose hacia Hugo y Elena.
Cuando apenas estaba a quince metros de ellos, abrió los brazos, aumentando la resistencia aerodinámica y reducir la velocidad, aunque no lo suficiente como para impactar con el cuerpo de Martina de lleno contra el de Hugo, noqueándola momentáneamente y dejando su cuerpo totalmente inerte.
Por unos instantes, los cuatro miembros del equipo se convirtieron en una bola que giraba incontrolablemente y continuaba el descenso a una velocidad de 200 kilómetros por hora.
Finalmente, y tras un esfuerzo sobrehumano, consiguieron estabilizar el giro, y formar un tándem de cuatro paracaidistas descendiendo al unísono.
El bloque Valeria - Martina, que recuperó poco a poco el sentido, se separó lentamente tratando de localizar nuevamente a Rob, quién había ganado velocidad y descendía casi a 240 kilómetros por hora, en picado.
El grupo era ahora ajeno al vibrar de colores que les regalaba la aurora boreal que se cernía sobre sus cabezas y que continuaba su espectáculo natural en el cielo infinito.
“20.000 pies”
—Segundo intento. — Susurró Hugo. —¡Voy a por él! —Gritó nuevamente, mientras desconectaba el control de altura de su traje y ajustaba el rumbo con su cuerpo y el de Elena.
—¡ALFA-3, REACCIONA! ¡ROBERTO! ¡JODER, ESPABILA! — Valeria trataba de contactar con su compañero, sin conseguirlo.
El frio se sentía ahora como si miles de chinchetas se clavasen contra sus cuerpos.
Los trajes MC-5 resistían, pero el sudor se congelaba en el interior.
Hugo caía en picado, esquivando las bolsas de niebla helada.
Mientras buscaba la silueta de Rob que descendía girando, como unos segundos antes le ocurriera a él.
De repente, unos gritos comenzaron a escucharse por los comunicadores.
Roberto había despertado de una inconsciencia sobrevenida por la tensión y los nervios del salto.
La velocidad de la caída seguía aumentando cuando Elena, ya aprendida la lección, indicó la posición de su compañero por el micrófono de su comunicador sin mover un solo miembro de su cuerpo.
Los instrumentos del visor amagaban con activarse, encendiéndose ligeramente y apagándose de nuevo.
—¡A la derecha, está bajando a toda velocidad!
—¡Alfa-3 ¿Me escuchas? Roberto! — Los gritos de pánico por la caída descontrolada estaban comenzado a levantar dolor de cabeza a Hugo, quién trataba de calmarle suavizando la voz en la medida de lo posible.
— ¡Joder, Rob! ¡Aguanta! — Al igual que antes hizo Valeria con Martina, Hugo sujetó los brazos de Elena, posicionándolos hacia atrás, logrando conseguir una aceleración que la doctora no esperaba.
La aproximación fue rápida hasta que se adentraron en el cúmulo de nubes que formaba la tormenta y que llevaba castigando un par de días la zona.
Valeria, que seguía toda la acción unos pies más arriba, los perdió de vista.
“13.000 pies”
—¡Roberto, tienes que tratar de estabilizarte, no te veo!
— Se estaban acercando rápidamente al suelo.
Hugo sabía que le quedaba menos de la mitad de la caída, y que todavía quedaba la peor parte.
El descenso en la tormenta con los vientos huracanados y los cristales de hielo y nieve golpeándoles durante, al menos, ocho mil pies.
El tándem de ST-1´s había perdido de vista el cuerpo de Roberto.
Martina llevaba unos cuantos segundos con los ojos totalmente cerrados y tan apretados que casi le dolían.
Ese no era su lugar. Su paraíso estaba detrás de los monitores de sus ordenadores, en la base.
No movía ni un músculo, tal y como le indicó, instantes antes, Valeria. Sus pensamientos eran solo suyos.
—¿Pero qué leches hago yo aquí? Yo tenía que estar viendo un maratón de Star Wars, El Señor de los Anillos, o incluso Big Bang Theory, y no aquí. — Apenas había pasado un minuto desde el salto, pero a ella le estaba pareciendo una eternidad.
Caían a plomo a través de la oscuridad, sacudidos por ráfagas brutales.
Hugo luchaba contra la creciente desesperación de una búsqueda imposible.
Sabía que tenía poco margen para encontrarle, estabilizarle y abrir su paracaídas.
El tiempo para salvar a Rob se agotaba a cada segundo de ese accidentado salto.
Trataba de desterrar de su mente las imágenes que mostraban a su compañero y amigo convertido en una masa de sangre y vísceras desparramadas en el níveo manto que cubría el suelo.
Los gritos de Rob se perdían, cada vez más débiles, entre el bramido del viento contra el casco.
Entonces, en ese preciso momento de desesperación, la voz firme y controlada de Valeria irrumpió en el caos existente.
—Cuarenta metros a tu derecha y unos 12 por debajo. Tengo el hub activo. ¡Os veo!
El punto que indicaba la ubicación de Hugo y Elena en su visor, acortaba distancias respecto al de Rob, pero también acortaban distancias en relación al punto de aterrizaje, ahora diez mil pies por debajo y sobre la marca que indicaba que habían alcanzado la velocidad terminal de caída.
Instantes después, los indicadores se fusionaron en uno solo. Habían hecho contacto.
“7.000 pies”
—¡Estáis a siete mil pies, tenéis unos veinte segundos antes de llegar a la zona crítica de apertura!
— Valeria, había llegado también a la zona bajo las nubes, entrando en la zona peligrosa de la tormenta.
El aire ahora era más denso, por lo que la caída no sería tan rápida, pero al tiempo, el viento era mucho más violento.
Ráfagas de 160 kilómetros por hora la golpeaban, zarandeaban, frenaban de golpe y la volvían a acelerar, sintiendo que los trajes se rasgarían en cualquier momento, mientras que eran el blanco de los aguijonazos provocados por los cristales helados que les lanzaba la tormenta.
Martina era la que peor parte se estaba llevando en ese tándem, pues su cuerpo protegía la parte delantera de Valeria.
Aun así, permanecía con los ojos apretados, sin querer abrirlos.
El golpe recibido en el acoplamiento del tándem Hugo-Elena contra Rob fue descomunal.
Tras una lucha desesperada contra el viento y el peso muerto de Rob, quién no dejada de zarandearse, finalmente y con un esfuerzo titánico, Hugo consiguió estabilizarlo lo justo para que pudiera controlar sus giros.
—¡Te tengo! ¡Deja de gritar y céntrate!
—No puedo, mi corazón va a explotar.
—Necesito que te centres, en diez segundos tenemos que abrir los paracaídas, si no, nos matamos los tres.
—¡No puedo, no puedo, NO PUEDOOO!
—Roberto. Escúchame. Vas a tirar de tu anilla.
Sentirás un golpe muy fuerte y creerás que vuelves a subir, pero únicamente estás frenando, aunque el viento no va ayudar.
No sé dónde vamos a caer, pero ahora te tienes que centrar en el aterrizaje.
Cuando veas que vas a tocar tierra, dobla las rodillas y rueda.
Déjate llevar. Y en cuanto puedas, desenganchas el paracaídas.
Como te explicó Valeria en el avión. ¿OK?
—No voy a poder.
—Sí vas a poder. Porque si no lo haces, vas a morir. ¿Lo entiendes? En la caída o congelado. Pero vas a morir, así que ¡hazlo! —
—¡TE JURO QUE COMO NO TIRES DE ESA MALDITA ANILLA, LA QUE TE MATA SOY YO! — Valeria estaba observando, aunque no sin dificultad, la escena, ahora sin nubes entre medias, y escuchando lo que acontecía bajo ella por el auricular que llevaba.
—No, no, no, de verdad. Yo me agarro a vosotros dos y…
Un par de segundos más tarde, Roberto estaba zarandeado por el viento, mientras su velocidad de caída descendía bruscamente. Hugo agarró la anilla que desplegaba el paracaídas de su compañero y tiró con fuerza.
—Lo siento Rob. — Susurró mientras observaba como se perdía sobre ellos. —Elena, nos toca. ¿Estás preparada? —Pero Hugo no obtuvo ningún tipo de respuesta.
“3.000 pies”
Elena había perdido el conocimiento en el golpe, pero Hugo no se dio cuenta pues había estado centrado en no perder definitivamente a Roberto.
El sudor frio aumentó la sensación de miedo que no quería tener.
Ahora, eran sus viejos fantasmas quienes parecían que le sacudían y le drenaban la fuerza de voluntad que le quedaba para no perder el control de la situación.
No podía perder a nadie más. Otra vez no.
Elena no tenía control sobre su cuerpo, y el aterrizaje se presentaba muy complicado.
Un fuerte tirón les zarandeó, sintiendo como su velocidad de descenso se reducía considerablemente.
Les quedaban dos, puede que tres minutos de caída, más lenta, aunque mucho más violenta, en la que veían como el punto de aterrizaje se iba desplazando en su visor, alejándose de ella a cada segundo que pasaba.
—¡Alfas! vamos a caer muy separados. Nos reagrupamos abajo. Rob, mantente despierto y alerta. Comprobar que están activas las balizas ARVA del traje para agruparnos en tierra. —
El viento, más fuerte de lo que tenían previsto, les desplazó casi cuatro kilómetros al este de la posición de aterrizaje inicial.
“800 pies”
La nieve ya era visible, el impacto contra el suelo, inminente.
El sonido de unas olas rompiendo a lo lejos irrumpía sobre el rugido de la tormenta.
Apenas doscientos metros los separaban del final de una experiencia que, tanto Martina como Roberto, no querrían probar nunca más.
Valeria había sobrepasado el cuerpo de Rob, pues esperó un poco más para la apertura de su paracaídas evitando así zarandeos extremos por la vela abierta.
—Abre los ojos, y prepárate para correr nada más que te lo diga.
— La primera en tomar tierra fue Valeria, junto con Martina, que, al tocar la nieve con sus pies, trató de dar unas zancadas para no caer de bruces.
El aterrizaje no fue violento, pero posteriormente, sobre la nieve, fueron arrastradas cuarenta metros has que lograron soltar el domo que desapareció como un fantasma en la noche polar.
Roberto aterrizó descontrolado a pocos metros de Val y Martina. Sus piernas, rígidas de terror, entumecidas por la tensión, no amortiguaron la caída, estrellándose de cabeza contra la nieve virgen del lugar. Martina se acercó corriendo, al igual que Val.
—¿Estás bien? ¿Cómo estás? — Valeria le agarró por los hombros para darle la vuelta.
—Me cago en tu santa madre. Imbécil. ¡Casi consigues sacarme de mis casillas!
— Estaba un poco afónica, con la voz desgarrada por el estado de tensión y angustia sufrido durante el descenso.
Roberto se quitó el casco y la máscara de presión, arrojándolo junto a Martina.
Respiró, no sin dificultad, con ansia el aire helado y el salitre marino del entorno, y sollozó.
—Meado, magullado y herido en mi orgullo, pero vivo.
Valeria apoyó su cabeza contra el pecho de Rob, mientras le agarraba por los pelos, firme, pero aliviada.
—Ponte el casco. A ver si además de meado, magullado y humillado, vas a quedarte congelado. — Los tres rieron entre jadeos de cansancio y tensión.
—¿Dónde están los jefes? — Martina, al ver que Rob había vuelto a ser el mismo tras poner los pies en tierra firme, oteó la tormenta sobre ellos buscando el tercer paracaídas.
Quinientos metros al norte de la posición de sus compañeros, una vela de kevlar de cuatro metros de diámetro, arrastraba torpemente dos cuerpos por una superficie congelada en dirección a las heladas aguas del océano Ártico.