BAJO ÓRDENES NO ESCRITAS #3
— El aparato de búsqueda de víctimas de avalanchas, o sus siglas en francés ARVA, Appareil de Recherche de Victimes d’Avalanches, fue un capricho de Valeria, aficionada a los deportes de nieve.
Esos dispositivos ya la habían salvado de más de un susto.
El problema fue convencer, en su día al General, para que invirtiera parte del presupuesto en dispositivos que aparentemente, no tendrían aplicaciones útiles para aquella unidad.
Roberto trataba de relajarse ensamblando el arnés de su mochila. En ella iría el espectrómetro portátil XL5 de la doctora. Era uno de sus juguetes favoritos, pues servía para detectar nanopartículas y toxinas en tejidos humanos y, seguramente donde se dirigían, no tendrían uno.
Rob estaba un poco más nervioso por el salto, ya que él tendría que hacerlo solo.
El plan era que, nada más abrir la compuerta de carga, él sería el primero en saltar.
Después saltarían Martina y Valeria en tándem, y finalmente Hugo y Elena.
No habría de qué preocuparse, pues tenían treinta y tres mil pies para unirse en un bloque antes de llegar a la altura de apertura de los paracaídas.
Valeria estudiaba meticulosamente la interface del visor del casco.
El punto rojo marcaba el lugar exacto del aterrizaje; los verdes, la ubicación del equipo, y una línea azul, indicaba la dirección a tomar.
Todo estaba tecnológicamente muy controlado y eso aportaba un punto más de fiabilidad al salto.
Sin embargo, durante apenas un segundo, vio a Hugo sujetarse el costado con una mano.
Sabía de su cicatriz y sus augurios. No creía en fantasmas ni en supersticiones, pero creía en lo que su jefe y amigo le había dicho muchas veces, la primera en su misión de iniciación dos años atrás: “Los planes nunca salen como se esperan. Siempre hay variables. El problema no es que las haya,
el problema es no saber afrontarlas.”
Ya con los trajes colocados, y a falta de treinta minutos hasta la zona de luz verde, debían de estar sentados en los incómodos asientos de la nave y hacer uso del oxígeno de los trajes para evitar la hipoxia y caer desmayados mientras la aeronave alcanzaba la altura de salto.
Elena terminaba de asegurar el maletín médico en su mochila cuando el capitán, desde la cabina, informaba que solo quedaban tres minutos para el lanzamiento. La megafonía retumbó en la bodega del avión.
—Altitud de salto, treinta y dos mil ochocientos pies. Temperatura estimada, cuarenta y nueve grados negativos. Vientos en ráfaga de ciento sesenta kilómetros por hora. Comenzamos la descompresión de Bodega.
Las luces rojas de la bodega comenzaron a parpadear.
Dentro de los trajes no sintieron la bajada de temperatura ni se les taponaron los oídos, efectos de la descompresión previa a la apertura.
La rampa de la bodega, empezaba a abrirse, mostrando una capa de hielo en el final de la misma.
El aire helado irrumpió bruscamente en todo el habitáculo.
Hugo enganchó el arnés de la doctora al suyo, quedando íntimamente ligados el uno al otro.
La doctora mantenía los nervios bajo llave.
Trataba de no exteriorizarlos pues, aunque confiaba plenamente en su compañero, nunca había realizado un salto en paracaídas, y mucho menos hubiera pensado que el primero lo realizaría en aquellas condiciones tan adversas.
Val hizo lo mismo con Martina, que ahora, estaba totalmente paralizada escuchando el rugido proveniente del exterior del avión.
Roberto también se quedó inmovilizado al ver aquella lo que les esperaba.
El tiempo parecía ralentizarse por momentos.
Los segundos parecían minutos. Puede que fuera el aspecto que presentaba la compuerta helada, o lo que había al final de esa rampa.
El acceso hacia el mismísimo infierno a treinta y tres mil pies de altitud, señalizado por los destellos parpadeantes de color rojo intensificados en el reflejo sobre los cristales de hielo que ahora flotaban por el ambiente.
—El mismo infierno nos da la bienvenida.
— Susurró Rob para sus adentros mientras se aferraba al fuselaje interno del avión sintiendo el sonido del hielo al estallar contra el metal.
Si bien, no se dio cuenta que los intercomunicadores estaban ya conectados, se percató de que el resto del equipo le miraba fijamente.
Hugo presintió que el miedo iba a poder con él.
—No te preocupes, disfruta de treinta segundos de libertad cuando tras el salto.
Después te agarraré por el brazo y yo te dirigiré.
— Valeria empleaba sus dotes psicológicas para tratar de tranquilizarlo.
Pero rápidamente, Roberto volvió nuevamente la vista hacia el profundo agujero negro lleno de nada que había tras la puerta de la bodega.
—Estamos saltando hacia un lugar en el que no debería existir vida. — Murmuró Elena, quién no se percató que también tenía el comunicador conectado.
La mirada de Hugo permanecía fija en el monitor de coordenadas. —Y sin embargo, habiéndola, alguien está matando allí.
La radio del comandante volvió a sonar. —Aurora magnética activa. Sistemas inerciales inoperativos. ¡Saltad en visual! ¡Buena caza!
El copiloto salió de la cabina con su máscara de oxígeno. Se dirigió al equipo golpeando su casco dos veces con la mano derecha y con la misma, levantando el dedo pulgar hacia arriba, indicando que estaba todo preparado.
—Suerte Equipo Alfa. Cuidado ahí fuera. ¡Buena caza!
—Gracias Aguila-1. Buen viaje de regreso. — Respondió Hugo.
La luz, antes roja, que invitaba a entrar a las puertas del infierno, ahora se tornaba de color verde, dando permiso para traspasarlas y ser recibidos por el mismísimo diablo.
Hacia abajo, oscuridad, hacia arriba, una aurora boreal, hermosa, vibrante.
Lo más hermoso que verían sus ojos en los próximos días.
Hugo observó por un instante a cada uno de los miembros de su equipo y sus auriculares cobraron vida con un chasquido tras el cual se escuchó la voz metálica de su ST-1.
—El cielo está despejado, Alfas, nos vemos abajo. ¡Buena Caza!