Sin voz en la tormenta (Hostes 2) BAJO ÓRDENES NO ESCRITAS #2
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BAJO ÓRDENES NO ESCRITAS #2

— Martina estaba fuera de su zona de confort, y todos lo sabían.

Desde que subió al avión en Madrid, no se había apartado de Valeria o de Rob en ningún momento.

Roberto escudriñó a Val mientras continuaba andando hacia la zona de acceso al aeropuerto.

La admiraba, no solo por su inteligencia, sino por su determinación y ella se dio cuenta.

Sabía que no la deseaba físicamente, y eso elevaba su amistad a un nivel superior.

—El gentilicio lo he buscado en internet. No lo sé todo. — Espetó Valeria consiguiendo que todos soltaran una carcajada que redujo ligeramente la tensión que estaba soportando el equipo. Elena se dirigió, como los demás, hacia la compuerta de carga, por donde descendieron de la nave.

—Necesito un café. Hace mucho frio aquí.

—Lo hace, pero donde vamos, hace bastante más.

— Indicó Hugo. —No te tomes un café. Pide algo caliente, pero sin cafeína.

Cuando volvamos, tendremos que dormir. Quedan otras cinco horas, aproximadamente, de vuelo.

— Habían investigado muchos casos juntos desde la primera vez que actuaron como un verdadero equipo, pero Elena no conseguía aplacar los nervios que la abordaban cuando salía de su laboratorio, se apartaba de sus informes, y se alejaba de su mesa de autopsias.

Pero Hugo confiaba plenamente en ella. La había visto actuar bajo presión muchas veces, en especial una, dos años atrás.

Y en aquella ocasión lo hizo bien. Muy bien.

«Autopista AP-6. Madrugada del 5 de noviembre de 2023.

—Necesito el botiquín del maletero ¡RÁPIDO! —Elena trataba de mantener el control de lo que allí acababa de ocurrir, pero en esas circunstancias, la situación le estaba desbordando, al igual que a todos los allí presentes. Alicia apretó la mano a Hugo, y tirando hacia ella, le susurró.

—Ponlas a salvo, sigue el plan. — El miedo por perderla, junto con la ira que sentía y la determinación que debía de tener al tratar de poner a su familia a salvo, se apoderó de él. No se iba a quedar allí parado mientras Alicia moría desangrada.

—Os pondré a todos a salvo, no me volverá a pasar.

— La soltó y, volviendo a empuñar su G-36 con más fuerza de la que creía tener, tomó el control del caos.

—¿El resto estáis bien? — Miró fijamente a su mujer e hija.

—¿Estáis bien? — Una afirmación generalizada y, sobre todo la de Laura, su esposa, que observando a Elena asistir a Alicia se centró en su hija, le devolvió la esperanza en la misión.

—¿Doctora…? — Esperaba de ella malas noticias.

—La estabilizaré, pero necesita cirugía lo antes posible.

—Veinte minutos, solo te pido eso.

—No sé si aguantará. — Hugo la miró suplicante. —Yo me encargo de ella.

Artemisa, inmóvil y en shock debido al disparo que se coló por la parte superior del chaleco al caer en una emboscada mientras trataba de salvar a la familia de Hugo, perdía el color de sus mejillas por segundos.

En el ambiente, un hedor a sangre fresca.

Rob se ofreció para hacerle una transfusión de urgencia al ver la cantidad ingente de sangre que inundaba la parte trasera del SUV todoterreno.

La comunicación a la central fue precisa.

—Operador, comunique con la Base Aérea, llevamos un herido de bala en estado grave. — Martina, al otro lado de la comunicación, preguntó.

—Bravo-1 ¿Qué ha ocurrido? ¿Quién es el herido?

—Artemisa. Ha recibido un impacto directo en el pecho. Está grave. La doctora está tratando de estabilizarla. Seguimos la misión, pero necesita cirugía urgente.»

—Desde luego… te veo en tu salsa.

—No te voy a negar que después de meses de despacho, un poco de acción no viene mal.

— Le contestó. — Venga, ve dentro, que aquí fuera la temperatura no perdona.

Hazme un favor, pídeme un termo de café para antes del salto.

Es lo que tiene no viajar en primera clase, que los refrescos y los cacahuetes no están incluidos.

—Sabía que un poco de humor siempre aplacaba los nervios y elevaba la moral.

—Te quejas de los cacahuetes, pero de lo que no te podrás quejar es de las azafatas del vuelo. — Dijo Elena mientras señalaba a sus compañeras. El esbozo de una sonrisa se dibujó en sus rostros.

Cuarenta minutos más tarde, y mientras el equipo tomaba un tentempié en la cafetería del aeropuerto, Valeria localizó a Hugo en el hangar donde estaban acabando de hacer las comprobaciones en la aeronave.

Llevaba una cazadora negra, perfecta para suplir el frio polar, y en las manos, un par de vasos desechables de los que salía vapor.

—¿Qué haces aquí? Se te echa de menos dentro. Y ya no aguanto más los chistes de Rob. Los he escuchado cientos de veces. — Dijo Valeria, al tiempo que le extendía uno de los vasos.

—Estoy preocupado. Solo tú y yo hemos realizado salto en paracaídas, somos cinco, impares, y no va a ser un salto fácil.

Me acaban de decir que los vientos rondan los cien kilómetros por hora, y la temperatura es de -37° y bajando.

No esperaba eso. Esto es una locura. No sé cómo he dado luz verde a este plan de…

— Valeria le conocía perfectamente. Era su mano derecha cuando la situación requería pasar de los despachos a la acción.

Tomó la mano que sostenía el vaso humeante de Hugo y lo acompañó a la boca, como si estuviera dando de beber a un niño pequeño.

—Mi madre decía que: “Cuando no veas el futuro claro, simplemente, cierra los ojos, siéntate, respira hondo y no pienses en nada durante un par de minutos. Cuando abras los ojos, verás todo desde una nueva perspectiva.”

—¿Y si eso no funciona?

—Le pregunté eso una sola vez, y su contestación fue: “si eso no funciona, bebe”. Las botellas de vino en mi casa duraban un día, con suerte. No pregunté más.

—Nunca me has hablado de tus padres. — Dijo, mientras tomaba un sorbo del vaso.

—Ni lo voy a hacer. — Su cara, por un momento, se tensó en una mueca sombría que pareció evocar fantasmas de su infancia.

Hugo decidió darle un sorbo a aquel líquido humeante. —¡Joder, quema! Y… ¿Qué es esto? — Le ardía el esófago, pero al mismo tiempo, y poco a poco, podía sentir como se desbloqueaba la maraña de nervios y dudas que se había formado en su estómago.

—Suaasat. Una versión iñupiat de nuestro caldo de cocido. Tiene carne de reno, cebolla y cebada.

—Está bueno. ¿Por cierto, has encontrado algún nativo por aquí?

—Si, y la traducción es literal a lo que dijo Martina. Lo que me da que pensar que… lo que ese tipo quería es que le situásemos en el mapa. — La expresión de preocupación, volvió a retomar el semblante de Hugo, hasta que tomó otro sorbo del reconstituyente.

—¡Genial! — Lo que dejó para sí fue: “así que puede que vayamos hacia una trampa.” Hugo sabía que debía decir y cuando decirlo, aunque lo más importante era que también sabía que callar y cuando callar.

—¿Estos son los trajes? — Señaló Valeria con su vaso en dirección a unos trajes de vuelo, poco discretos, colocados sobre una mesa.

—Había leído sobre ellos, pero nunca había visto uno físicamente.

Son trajes MC-5. — Dio otro sorbo al vaso.

— Diseñado específicamente para saltos de gran altitud y temperaturas extremas.

Trae calefacción y un módulo respiratorio autónomo.

— Valeria dejó su vaso vacío sobre la mesa y tomó uno de los trajes.

Estaban recién desempaquetados, pues se apreciaba perfectamente el olor a plásticos y gore-tex dentro del casco.

De los cinco trajes: uno gris ártico, dos blancos opalinos y dos totalmente negros, el gris era ligeramente más pequeño.

Se trataba de modelos en pruebas. Prototipos en los cuales, sus visores frontales presentaban un Hud.

Una pantalla transparente, muy básica, con brújula y altímetro retroiluminado, suficiente para poder orientarse en cualquier salto a ciegas o en condiciones de muy poca visibilidad.

En los puntos críticos, cuello, muñecas y tobillos, presentaban una presurización total, no como en los anteriores modelos.

El material aislante del que estaban compuestos, supuestamente, tenía una resistencia térmica probada de hasta -60° centígrados. Y lo mejor, no pesaban casi nada.

—Me pido el negro.

—Les he pedido uno más pequeño, para Martina. Tú descenderás con ella en tándem. Yo lo haré con Elena. El problema viene con Rob. Nunca se ha tirado de una simple tirolina.

—¿Quieres que lleve yo a Rob?

—Dejaríamos a Martina o a Elena solas. No veo seguro realizar un salto a tres a tanta altitud y menos con esos vientos que tengo en la previsión. Podríamos matarnos los tres.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Tú tienes tres horas para descansar. Te necesito fresca. Yo tengo cuatro para entrenarlos. — Cogieron los trajes y los colocaron en un baúl para subirlo al avión.

Tras darle las gracias por su hospitalidad al retén de soldados que quedaban en aquella base, el equipo al completo embarcó de vuelta en el C-130 que serviría como caballo de Troya en aquella misión.

Una mujer saludaba desde la cristalera del aeródromo al equipo.

Martina le devolvió el saludo. Rob, sin mirar, levantó también la mano en la que llevaba una botella con, lo que parecía, más Suaasat.

Cuando despegaron, Hugo les informó que tenían una hora para descansar, ya que durante el último tramo del viaje se centrarían en preparar el salto. Al despegar de Thule, la sensación del grupo era clara: ya no había vuelta atrás.

Un par de horas después, ya que Hugo les dejó descansar una más, tomaron contacto con sus trajes, incluida Valeria. No iba a dejar solo, en esa tarea, a su ST-1. Eran un equipo.

Val comprobaba la estanqueidad de su traje y del de Martina con movimientos medidos, casi mecánicos.

La chaqueta presurizada crujía con cada gesto.

Estos ruidos de los trajes asustaron un poco a la informática, hasta que recibió un OK desde el interior del traje de Hugo, entendiendo que eso era algo normal.

Hugo comprobó una última vez el estado de los trajes con un escáner térmico facilitado por los soldados groenlandeses para localizar posibles fugas.

—Sellados. — Confirmó con un leve asentimiento.

—No os olvidéis de coger, cada uno, un dispositivo ARVA.

Si os pierdo abajo, en la nieve, quiero encontraros lo antes posible.