Sin voz en la tormenta (Hostes 2) BAJO ÓRDENES NO ESCRITAS
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BAJO ÓRDENES NO ESCRITAS

“2 de diciembre. 01:01 PM (Hora local) - Base de la unidad de investigación HOSTES, Salamanca, España.”

Como en tantas ocasiones, el equipo al completo se acababa de congregar en la sala de reuniones del segundo piso.

El ST-1, Hugo Navarro, permanecía de pie junto a la pantalla del proyector.

Brazos cruzados. Expresión impenetrable, grave, fija en los rostros de su equipo.

No era habitual verle tan serio, y esa inusual contención hablaba por sí sola: lo que iba a anunciar no admitía bromas.

La tensión era palpable. La luz ambiente tampoco ayudaba mucho.

Era la una de la tarde, pero el cielo se tornaba plomizo en el exterior de las instalaciones antes de lo previsto.

Una tormenta invernal avanzaba sobre la ciudad, apagando el día antes de tiempo.

Tras unos interminables segundos, Hugo comenzó el briefing.

—La operación es extraoficial. Si alguno quiere salir de la sala, no habrá reproches.

Que siga con alguno de los casos que hay sobre la mesa.

— Su voz, más grave de lo habitual, impuso un silencio de respeto y expectación en todos ellos.

Nadie se levantó de su asiento. Nadie pestañeó, al igual que hacía poco más de dos años, cuando Hugo les pidió ayuda para poner a salvo a su familia.

Exteriormente, mostraba un semblante regio, firme, propio de un jefe de equipo, pero, por dentro, estaba orgulloso de lo que había conseguido.

Su segunda familia nunca dudaba, nunca preguntaba.

Si se intuían problemas, nadie reculaba.

Eso era lo que tuvo en su antigua unidad, y eso es lo que consiguió recrear en esta.

Con voz firme, prosiguió. —Kovac Bay, Alaska.

Un lugar al que ni Dios ni el demonio se atreven a pisar, y menos en invierno.

El lugar más remoto, septentrional e hiperbóreo del continente americano.

Objetivo: verificar si el video que veremos ahora es real, y si está vinculado al antiguo grupo “Nuevo Orden Mundial” o se trata simplemente de un mal imitador.

— Los rostros palidecieron, las miradas se tensaron y un mal recuerdo sobrevoló a los allí presentes.

Incluso, el semblante de la doctora Cruz se endureció.

Ahora, entendían el rostro serio de Hugo.

Su primera misión y los peores recuerdos de un pasado, no muy lejano, retornaban a sus pensamientos.

Hugo se fijó en sus caras. Uno por uno. —En su día os prometí que no tendría más secretos con vosotros, así pues…

— Una chica de rostro infantil, pecas y melena castaña hasta los hombros, que se sentaba junto a Hugo, estiró la mano recogiendo el pendrive que le dio su jefe.

Martina Velázquez, analista informática y ST-3 del equipo.

Con gafas de montura metálica y mirada perspicaz, a sus treinta y un años, había demostrado con creces su valía delante de un ordenador y detrás de un equipo de comunicaciones.

—El archivo que le he entregado a Martina no debe salir de esta sala.

Valeria Rossi ladeó la cabeza. Tenía los codos apoyados sobre la mesa.

Metro noventa de figura esculturalmente proporcionada, belleza salvaje, con el cabello negro perfectamente recogido en una coleta alta y coeficiente intelectual por encima de ciento cuarenta.

Era la mejor tiradora del equipo, incluso por delante de Hugo, y la especialista en inteligencia más eficaz que él conocía.

El archivo de video se reprodujo, nadie dijo nada hasta que finalizó. La primera pregunta llegó de la mano de Elena, como no podía ser de otra manera.

—¿Tenemos algún tipo de permiso diplomático?

—No. Extraoficial ¿Recuerdas?

—Claramente se trata de un asesinato del que es factible su investigación. Podemos pedir colaboración, ¿Por qué ha de ser extraoficial?

—No podemos causar un incidente internacional por una suposición.

Nos han conseguido una autorización provisional de entrada como estudiantes de medio ambiente, nada más.

Nuestro enlace nos ha comunicado que mantendrá a las autoridades federales al margen, por el momento.

Ayudará el clima extremo y que el lugar estará prácticamente incomunicado.

Por ahora, su realidad es que un grupo de universitarios españoles van a estudiar las inferencias meteorológicas del lugar.

Nuestra realidad: vamos a comprobar que nuestro primer caso está completamente cerrado.

No vamos a esperar sentados a autorizaciones burocráticas que tardarían semanas. — Respondió Hugo sin pestañear.

—Has dicho… nuestro… ¿enlace? — Preguntó Rob. ST-2 y el más veterano del equipo.

—Ya la conocéis. Artemisa. — Contestó el ST-1. Roberto asintió.

—Jefe. Todo ese video es muy raro. — Intervino finalmente Val.

—La escena, el silencio, el ángulo… y ese frasco final con la etiqueta TTX.

Además ¿se ve claramente un reloj G Shock Edición Ártico?

Con eso cualquier unidad policial puede identificar perfectamente al asesino en aquel lugar casi desierto.

Algo me huele mal. Creo que está todo muy bien orquestado.

Y esa frase del inicio del video, “kisimi Ittuq”…

creo que es iñupiaq. — Ese era el don de Valeria.

—¿Iñupiaq? ¿Qué? ¿Y cómo has reconocido el reloj? — Roberto Medina, ex Europol. Él no era un hombre de acción pura y dura, pero se defendía con solvencia. Juicioso, moreno, con barba cerrada de varios días y cuerpo de soldado, aunque su guerra era otra. Era la chispa del equipo.

Levantando la mano izquierda, Valeria mostró su reloj.

Era el mismo, pero en diferente color. —Solo se entregan en destacamentos árticos a los equipos especiales.

— Roberto la miró estupefacto. —No voy a contarte como he conseguido yo el mío.

— Se centró otra vez en la pantalla. —Y los nativos de los pueblos iñupiat que, ¡oh!

, casualidad, se establecen en el ártico de Alaska.

Nunca aprendí ese dialecto, pero si lo escuché varias veces en uno de mis despliegues en Groenlandia.

— Rob no le quitaba ojo de encima. —Allí también hay iñupiat.

— La cara de todos los allí presentes era un poema.

Sabían de la inteligencia de Val, pero su retentiva y viveza era prodigiosa.

—¡Perdura la soledad!

—¿Qué has dicho? — Musitó Hugo.

Martina no perdió el tiempo y, en su tablet, aquella que la acompañaba a todas partes, buscó la información que acababa de transmitirles Valeria. —Perdura la soledad, o, permanece en Soledad. Es la traducción literal de Kisimi Ittuq. — Otra demostración de su habilidad.

—Entonces ¿estamos solos? — Añadió Rob, ajustándose a la muñeca, inconscientemente, su reloj que no era ni por asomo tan táctico como el de Val.

Roberto Medina, Rob, siempre estaba alegre y a punto para una buena investigación.

Pero también recordó que, la única vez que casi murió, fue por culpa de O.N.O. y sus sicarios.

Sentada, en silencio, junto al proyector, Elena permanecía pensativa.

El análisis forense era su especialidad, pero, aun así, no dijo nada.

Solo miraba y estudiaba el video. Tenía la piel clara y cabello castaño recogido en un moño bajo.

Su serenidad en los momentos de mayor bloqueo del equipo la hacían perfecta para la codirección del equipo.

Todo el mundo tenía claro que ella era la parte académica e intelectual del equipo de mando, y Hugo la parte práctica y táctica.

Finalmente, concluyó mirando a su compañero Roberto.

—Como siempre.

Seis horas más tarde, y gracias a la ayuda del General Pastor, el equipo estaba a bordo de un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Española, despegando hacia su destino desde la Base Aérea Militar de Torrejón de Ardoz.

Pidiendo algún favor, consiguió que el vuelo se enmascarase como un tránsito logístico bajo normativa OTAN, evitando notificaciones a autoridades civiles estadounidenses.

La logística no era sencilla, pues no existía ningún avión que pudiera cubrir la distancia entre España y Alaska sin realizar al menos dos paradas.

La primera escala se realizó en la Base aérea de Keflavík, en Islandia, sobre las doce y media de la madrugada.

Se respiraba una calma tensa, debido a la impactante noticia del posible regreso de una pesadilla para el equipo.

Martina había realizado un dosier del caso con todos los datos que conocían.

Pero también con las preguntas que se debían responder.

Cada uno había recibido su pasaporte, pertinentemente sellado para la entrada, o salida, en Estados Unidos, y unas nociones básicas de lo que se podían encontrar en el lugar.

La doctora aportó su granito de arena con los conocimientos que tenían en el archivo de la sustancia TTX y sus posibles efectos, así como el tiempo de actuación y cantidad necesaria para causar la muerte de una persona.

Se analizó el video más detenidamente y sacaron varias hipótesis.

Desde la más básica y razonable, que se tratara de una broma de mal gusto, hasta teorías enrevesadas, como la reactivación encubierta de O.N.O., y que algún magnate psicópata se hiciese con el poder de la organización, reclutando nuevo personal,

con el único fin de eliminar a la unidad que los vio caer.

A las dos de la madrugada, los motores del Hércules rugieron de nuevo, inundando de olor a gasoil la bodega donde se encontraban y dejando atrás el antiguo bastión de vigilancia de la OTAN del Atlántico Norte, rumbo esta vez, a Thule, en Groenlandia,

donde realizarían el segundo y último repostaje antes de llegar a su destino.

Otras cinco horas de vuelo a quinientos cuarenta kilómetros por hora, para aterrizar en una base militar con las condiciones climatológicas muy similares a la que poseía Kovac Bay en esa época del año.

Desperezándose, pues durmieron la mayor parte del trayecto entre Keflavik y Thule, vieron como la compuerta de la bodega de carga se abría.

—Tardaremos una hora y media, más o menos, entre repostar, hacer las comprobaciones finales de los sistemas de vuelo y preparar la nave para sobrevolar la tormenta. — Indicó el piloto.

—Perfecto, podremos descansar de avión un rato. Desayunar, ir al baño, y comprar algo en la tiendecita de souvenirs. Nunca había estado en la Gran Verde, aunque… esté blanca. — Roberto tenía el cuerpo entumecido del viaje, pero no perdía el sentido del humor.

—Si te parece, voy a ver si encuentro a algún nativo Kalaallit, que me confirme que la traducción del mensaje que tenemos es la correcta. — Dijo Valeria dirigiéndose a Elena.

—Te acompaño, y así voy al baño yo también.