Sin voz en la tormenta (Hostes 2) ECOS DEL HIELO PROFUNDO
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ECOS DEL HIELO PROFUNDO

“2 de diciembre. 12:33 PM. Base de la unidad de investigación HOSTES, Salamanca, España.”

Hugo Navarro se encontraba en su despacho, ubicado en la segunda planta del edificio de oficinas que ejercía como base de operaciones de la unidad HOSTES, Habilidades Operativas y Servicios Tácticos Especiales.

Estaba finalizando el expediente de su último caso, la desaparición de un niñato con ínfulas de narcotraficante colombiano, hijo de un acaudalado diputado progresista madrileño al que le gustaba demasiado la fiesta, clubes de striptease y cabinas del Barrio Rojo de Hamburgo y Berlín.

Ese despacho en el que, veintiséis meses atrás, no sabía ni siquiera hacer funcionar la impresora.

Un despacho contiguo al de su mano derecha, la otra agente con rango ST-1 de la unidad HOSTES, la doctora forense Elena Cruz.

Ellos eran los agentes que recolectaban más condecoraciones en los últimos dos años de las fuerzas y cuerpos de seguridad en España.

Numerosas operaciones y colaboraciones para desmantelar grupos organizados de criminales en España y media Europa le habían dado un reconocimiento merecido a su unidad.

Normalmente, los expedientes los solía redactar Elena, pero en esta ocasión, y tras perder una apuesta con el equipo, le tocó hacerlo a él.

Le faltaba, únicamente, cerrar el expediente en el programa informático cuando sintió que una punzada de dolor le golpeaba el costado.

Una herida ya cicatrizada, sufrida meses antes de su incorporación a la unidad, pero que de vez en cuando le recordaba que ningún monstruo moría del todo.

Cuando le ocurría, solía asociarlo a un mal presentimiento.

A la premonición de que pronto llegarían malas noticias.

Ya le ocurrió cuando, investigando a una célula terrorista en Barcelona, hirieron a Elena.

No fue grave, pero fue la primera. También le ocurrió en Holanda, mientras realizaban una redada junto a la Polizei de Ámsterdam en un pequeño pueblo llamado Zaanse Schans, en la que terminaron heridos él y Val, ST-2 y su mejor tiradora.

Roberto, también ST-2, de momento se iba librando.

Bastante tuvo con la primera misión de la unidad en la que casi pierde la vida por recibir dos disparos en el pecho, de un agente corrupto, en las mismas instalaciones de HOSTES.

Esta vez, Hugo, tampoco se equivocaría.

El ordenador emitió un sonido, un tintineo que indicaba que acababa de recibir un correo electrónico seguro.

Su teléfono comenzó a vibrar al tiempo que sonó la melodía “Valhalla calling”.

Atrás quedaban aquellos tonos de llamada más melodiosos de la señorita Lindsay Stirling, que tanto le gustaban al General Castaño y que tanto odiaba el coronel Damián Pastor.

Sin género de dudas, reconoció el tono y a quién se lo tenía asignado.

Únicamente a una persona, anotada en su agenda de contactos con una X, y cuyo alias lo tomó de una niña de 8 años tiempo atrás.

Rebuscado, pero no podía decepcionar a la pequeña, y, que bien mirado, realmente era perfecto para identificarse en los lugares más recónditos de la dark y deep web.

Una agente del Departamento de Policía de Fairfax, ex operadora de su antiguo equipo en la Policía Nacional, la mejor hacker informática que él conocía, y la madrina de su hija.

Al aceptar la llamada, escuchó un sonido agudo que indicaba que la misma estaba siendo cifrada.

—Artemisa. — Masculló al conectar la llamada. — Allí son las 3 y pico de la madrugada. ¿Qué es tan importante a esas horas como para que estés despierta?

—Cuarenta y ocho segundos que no te dejarán dormir.

— Respondió la voz notablemente cansada de Alicia.

—Te he enviado, tanto el video original, como el audio procesado.

Míralo, pero, sobre todo, escúchalo. Usa el regalo que te hice el año pasado por Navidad.

Cuando hayas acabado me llamas. — Un golpe seco y la retroiluminación de la pantalla del teléfono móvil indicaba que la llamada había finalizado.

Hugo sabía que, si debía de hacer uso de lo que contenía la memoria USB que le regaló Alicia un año atrás para analizar esos archivos, debían de ser importantes y sensibles.

El pendrive siempre lo llevaba encima. Únicamente se podía acceder a su contenido con identificación biométrica, y en su interior, se encontraba una sola aplicación, de creación artesanal, para bloquear cualquier tipo de conexión externa no autorizada,

y activar un “modo fantasma” de análisis de archivos.

Una especie de sandbox que no dejaba ningún rastro a posteriori en el equipo informático.

Sacó unas llaves de su bolsillo, en el que se encontraba enganchado el dispositivo.

Quizás no era el lugar más seguro, pero así se aseguraba que siempre lo portaba encima.

Conectó el periférico a su ordenador. Accedió al mismo y activó el ejecutable que había, “ST1_Spectra-Zero.cryt”.

La pantalla parpadeó oscureciéndose varios tonos.

De pronto, el puntero del ratón se movió solo, descargando el video y el audio del correo electrónico, desapareciendo automáticamente el mail recibido.

Hugo se colocó unos auriculares, haciendo, si cabía, más privada la sesión de video que se disponía a disfrutar.

En la parte izquierda del monitor se visualizaba el vídeo, en la derecha, un baile vertical de barras de colores se movían acorde a las ondas de sonido de la reproducción.

Tras ver los cuarenta y ocho segundos de filmación, incluido el mensaje final, Hugo tomó su teléfono en las manos, bastante más tenso y serio que hacía unos segundos, y marcó el contacto cifrado como X.

Tras un silbido agudo y un inapreciable click, la conexión se había encriptado.

—¿Es real?

—Kovac Bay, en Alaska. — Artemisa comenzó con el informe.

—El reloj que aparece… Jack Kodiak, sheriff local.

Al menos, él tiene uno exactamente igual.

Si te das cuenta, en el fotograma que tienes congelado en el monitor, se aprecia un defecto en la correa.

Coincide con un incidente que tuvo hace algún tiempo.

Te resumo, él, una familia de morsas y varios días desaparecido.

Se hartó a contarlo en los periódicos y emisoras locales.

Por eso he podido identificarlo. Pero eso no es lo que me ha quitado el sueño.

— Hugo seguía callado, expectante. La imagen del monitor volvió a cambiar.

Esta vez, se veía una sala, fría, claustrofóbica.

En el centro, una mujer sin ropa. En el fondo, el termómetro digital marcando una temperatura ártica.

—¿Es oficial?

—De momento no. — Artemisa, reprodujo nuevamente el audio.

—Kisimi Ittuq… El TTX es el néctar de los dioses antes del juicio final. Te adormece dulcemente, lentamente, y sin darte cuenta te juzga y te arrebata la vida antes de que sientas que tu destino está en el Kalosi. — El video se detuvo nuevamente.

—Hugo. La última vez que oí hablar de esa sustancia fue…

—Ya lo sé. — El tono de voz denotaba una preocupación máxima.

—Hugo, no puede ser que… ¿Siguen activos?

—No. — Un escalofrío le sacudió por dentro al ver que la imagen volvía al fotograma anterior en que se apreciaba el guante y el reloj.

—Mira lo que he extraído de este fotograma.

Al caerse la cámara, justo antes de cortarse la emisión.

— Un símbolo se acentuó en la etiqueta del frasco que aparecía en vídeo, apenas imperceptible y desde un ángulo imposible.

Artemisa remarcaba, en remoto, la silueta que se intuía, grabada en relieve, en una esquina de la etiqueta y que, de no haberse deslizado la cámara, nunca se hubiera visto.

El ST-1 apretó los puños y el escalofrío se convirtió en un sudor frio.

Reconoció perfectamente el símbolo. Se trataba de la marca de unos laboratorios muy familiares para él.

Unos laboratorios que creía reducidos a un mal recuerdo.

Hugo no podía articular palabra. Reanudó la reproducción nuevamente cuando la voz en off se escuchó de nuevo.

—...TTX es el néctar de los… — Se detuvo la grabación.

—Hacía más de dos años que no oía eso. — Dijo la operadora.

—Yo sí. Pero no le di importancia, por eso no lo sabes. Apareció en una investigación que realizamos en Bilbao. Aquella en la que… — Un recuerdo inundó los pensamientos de Hugo.

«Bilbao, ocho meses atrás.

Un cadáver en un almacén portuario. Polvo blanco sobre una mesa, al parecer cocaína, aunque lo suficientemente adulterada como para dar negativo en el test.

Un caso menor que atribuyeron a una sobredosis, hasta que el equipo encontró un diario, dentro de la mochila que llevaba a sus espaldas el cuerpo.

En una de las páginas se leía, “O.N.O. vive en los que recuerdan su nombre”.

Ya en la morgue, con el pecho totalmente desnudo, y antes de que el forense le realizara la incisión en “Y,” el equipo observó como aquel tipo se había tatuado todos, y cada uno, de los emblemas de la organización “Nuevo Orden Mundial” que habían salido por televisión.

El de la facción Misos, los sicarios de O.N.O. El de Ephytimia, secuestradores y especialistas en el tráfico de seres humanos, y el de Fysia, drogas y armas.

Finalmente, se archivó como un loco, imitador de lo que otrora leyera en periódicos y viera en documentales de crímenes ya resueltos sobre organizaciones clandestinas criminales.

No había conexiones con casos anteriores, nada que diera a entender que no se tratara de un psicótico.

El estudio de la droga hallada no concluyó nada, pues estaba tan adulterada que, si bien se asemejó al TTX de O.N.O., sus efectos no tenían similitud, por lo que se calificó como “droga casera”.

Otra imitación. Un caso más. Un caso sin importancia alguna.»

—¿Y no crees que debiste decírmelo?

—Era un simple imitador enganchado a saber Dios que sustancias. No había indicios de nada más. — Se reprochó a si mismo Hugo.

Resignada y ligeramente indignada, quiso dar la puntilla final. —Pues hay algo más. — Nuevamente, el vídeo dio marcha atrás, y se remarcó digitalmente otro símbolo. Esta vez, grabado en la pared. —¿Te suena?

—No puede ser. — Hugo desconectó los auriculares, agarró el teléfono con fuerza, y comenzó a recorrer el despacho de un lado al otro, visiblemente nervioso e inmerso en sus pensamientos.

Unos golpes en la puerta del despacho le hicieron volver al mundo real.

Roberto y Valeria abrieron la puerta enzarzados en una de sus discusiones banales y totalmente ajenos a la tensión que estaba viviéndose en el interior del despacho, pero se encontraron como respuesta una mano inquisitiva que les detuvo de golpe.

Sabían lo que eso indicaba. El jefe estaba al teléfono, y era importante.

Y su rostro corroboraba aquella teoría. Muy importante. Mejor cerrar la puerta.

Nuevamente en la intimidad de su despacho, Hugo volvió a tomar el control de sus pensamientos.

—Desmantelamos la puta organización. Detuvimos a casi todos sus miembros, y a los que no, los dejamos en depósitos de cadáveres repartidos por Europa.

Recuerdo que Rotterdam y Ámsterdam fueron las últimas operaciones.

Y yo mismo acabé con el último Miso. Yo maté al último que tenía tatuada la luna y la daga.

—¿Acabamos con todos? ¿Estás seguro? — Artemisa hizo una pausa dramática. —Porque, o el sheriff de Kovac Bay es autodidacta y un erudito de las organizaciones secretas, o alguien le está enseñando como trabajan, o peor aún…

—Esto no es O.N.O. — Dijo, tratando de autoconvencerse.

—Al menos… no el que desmantelamos hace dos años.

— Concluyó Hugo. —Es alguien que ha estudiado bien sus crímenes.

Los sicarios de la organización nunca grababan sus trabajos.

Jamás encontramos pruebas en vídeo de sus asesinatos.

Eran muy limpios, especialistas en la muerte.

Este hijo de puta es muy sucio trabajando, es muy torpe.

Para Misos, sus trabajos eran arte. No dejaban nada al azar.

Nadie podía relacionar sus trabajos con la organización.

Pero… el símbolo…. La facción original únicamente tatuaba su emblema en los cuerpos de sus componentes, como una medalla, orgullosos de pertenecer a la organización.

No iban pintando medias lunas atravesadas por una espada y coronadas con estrellas por las paredes.

El auténtico, ese símbolo, el original, no lo voy a olvidar nunca.

—Pues yo creo que es peor. — Susurró Artemisa.

—Te conozco. Tienes una teoría.

—Espero equivocarme. Creo que es alguien que mejoró sus crímenes, pero que ha sido más lerdo, al menos, al grabarlo.

Si no hubiera sido por ese error de cámara, esto no hubiera llegado a mis manos.

Puede, incluso, que la emisión fuera para demostrarle a alguien algo.

Una prueba, o peor aún. Una invitación. — Ambos, en el fondo, esperaban equivocarse con eso.

Hugo se giró hacia la ventana, escudriñando su propio reflejo.

Observando el rostro real de la preocupación, pues él sabía que, si habían vuelto, podría volver a convertirse en algo personal, y no en un simple caso más para él y su equipo.

—Haz las gestiones y solicitudes que tengas que hacer. Pide los favores que tengas que pedir. Yo voy a hablar con Damián, a ver cómo le cuento que nos vamos todos de vacaciones a la otra parte del mundo.

—¿El viejo Coronel sigue dando guerra por allí? ¿No le habían ascendido?

—Si, a General, pero como somos su proyecto personal, ahora es nuestro responsable directo.

—Dale recuerdos de mi parte.

—Lo haré. — La cicatriz del costado le dio un nuevo aviso. Este asunto, cada vez, le gustaba menos.

—Hugo… si pido favores, habrá preguntas. ¿Qué quieres que les diga?

—Si el FBI o esas agencias americanas se enteran, querrán hacerse cargo para apuntarse un tanto. Hay que mantenerlos fuera, molestarán más que otra cosa. Al menos… de momento. Tú te sabes mejor sus protocolos. Invéntate algo.

—A lo mejor no hay que decir nada, de momento. Sobre Kovac Bay hay una tormenta de nieve que durará varios días. El FBI no tiene porqué enterarse de vuestra pequeña… excursión invernal.

—Lo hará, si hablamos con el sheriff. Infórmales que vamos para investigar las condiciones meteorológicas extremas debido al cambio climático. Hoy en día, esas mierdas no se discuten. Cuando se acabe la tormenta, ya tendremos algo más sólido y se lo haremos saber.

—Como en los viejos tiempos.

Al finalizar la llamada, Hugo se giró hacia la pantalla y escudriñó nuevamente las coordenadas. Sabía que sería un problema, puesto que a los norteamericanos no les gustaba que jugasen en su campo. Pero ya se cruzaría ese puente cuando llegase. No era lo que más le preocupaba.

Mientras retiraba el pendrive del ordenador, otra punzada le golpeó el costado.

Con esa, eran tres. Y al tiempo que se susurraba…

—Kovac Bay, el último punto del planeta.

El más alejado y con las condiciones climatológicas más adversas, una noche perpetua y temporal de nieve.

El lugar perfecto para resucitar fantasmas.

— …una idea inundó sus pensamientos. Una revelación que, a Artemisa, tampoco se le había ocurrido.

Si realmente O.N.O. había regresado, aquel error de cámara quizás no hubiera sido ninguna casualidad.

Se dio cuenta que la incertidumbre comenzaba a apoderarse de la razón. Tenía que retomar el control. Tomó nuevamente su teléfono móvil y envió un mensaje a su equipo.

«HOSTES URGENTE. UNIDADES: ST-1, ST-2 Y ST-3, SALA DE REUNIONES. HOSTES URGENTE.»