191(Nora)
Me preguntan, las pocas veces que me preguntan algo, si me arrepiento. Ya he contestado a esa pregunta a un capellán, a una psicóloga, a un abogado, y a cada uno le di la respuesta que podía cargar. Aquí, en la última página que escribiré de mi puño y letra, doy la entera.
No me arrepiento de haber confesado lo que no hice.
Lo volvería a hacer, porque le dio a mi hermana una tumba con su nombre y una versión amable, y a cinco familias un culpable accesible en lugar de un fantasma impune, y a mí el único lugar del mundo que se ajusta a lo que merezco.
No me arrepiento del fuego del pueblo: detuve a un hombre que estaba destruyendo a los suyos, y lo haría otra vez, aunque ahora sé que existían cauces, porque a los quince años no los conocía y nadie me los enseñó.
No me arrepiento de Adela, ni de Néstor, ni de los pacientes a los que, sin apartar la cara, ayudé a no convertirse en lo que huían.
Me arrepiento de una sola cosa, y cabe en una frase: me arrepiento de no haber mirado a mi hermana cuando aún era una niña.
De haberla sacado del pasillo creyendo que la salvaba, sin sentarme con ella en el suelo a mirarla de verdad.
Esa omisión construyó a Marina tanto como la construyó mi padre, tanto como la tía, tanto como un pueblo que prefirió no remover.
Yo fui el último ladrillo de su pared, el que más la quería, el que mejor podría haberla visto, y aparté la cara llamándolo protección.
De eso me arrepiento. Solo de eso. Y por eso, y no por los nueve muertos que el mundo me cuelga, cumplo con gusto cada día de estos treinta años.
Duermo bien, eso no ha cambiado. Sigue inquietando a todos.
Que les inquiete. Mi sueño no es inocencia ni es paz: es la naturaleza con la que nací en una casa que ardía despacio.
Pero hay una diferencia entre el hombre que se durmió a los quince años en un jardín, sin temblar, mirando arder a su familia, y el que se duerme ahora en una celda.
Aquel dormía porque había apartado la cara de todo.
Este duerme porque, al final, una vez, demasiado tarde, no la apartó.
Es poco. Lo sé. Pero es la única redención que conozco, y me la quedo. Buenas noches. Se me da bien.