Sin testigos (Nora)
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(Nora)

EPÍLOGO

(Nora)

Tres años después, publiqué el libro.

Se tituló Sin testigos, y vendió más ejemplares de los que pienso admitir aquí, porque la cifra me da una vergüenza que ni yo sé si es por mucha o por poca.

Narraba la historia de David Salinas, el psicólogo del edificio de las dos torres, el niño que sobrevivió a un incendio sin un rasguño y se convirtió en uno de los asesinos más metódicos y discretos del país.

La crítica habló de «frialdad clínica» y de «un retrato escalofriante del mal que se esconde en lo cotidiano».

Una plataforma compró los derechos. En la serie, el actor que interpreta a David es más guapo que David y tiembla mucho más que David, porque el público necesita que los monstruos tiemblen, y yo, que sé que los de verdad no tiemblan, no dije nada.

Ya no digo nada. Es mi nuevo oficio: callar profesionalmente lo que sé.

Borré la grabación. La borré delante de él, en el hospital, como me pidió, y vi desaparecer el archivo de la pantalla, de la nube, de todas partes, mientras lloraba como no había llorado nunca; no por lo que perdía el mundo, sino por lo que ganaba él, que era justo lo que había venido a buscar a esta vida sin saberlo: una condena a la medida de un cariño que nadie le supo dar de otra manera.

Pero hay algo que David no calculó. Él, que lo calculaba todo.

Una sola cosa, igual que su hermana dejó una sola sin calcular.

Y es que soy periodista, y los periodistas padecemos una enfermedad muy parecida a la suya, la de las manías que justificamos diciendo que no cuestan nada: lo apuntamos todo.

Antes de borrar el audio, aquella noche en el hospital, mientras él dormía sedado con las manos vendadas como dos crisálidas, transcribí los cuarenta minutos en una libreta.

De las que apuntan. A mano, con mi letra, que no se parece a la de ellos en nada.

Esa libreta lleva tres años en un cajón con cerradura, bajo unas carpetas, en un piso nuevo que no da a ningún patio, porque ya no soporto los patios.

No la he abierto. No pienso abrirla. La guardo igual que él guardaba su cuaderno: no para usarla, sino para que el esfuerzo de no usarla me obligue, cada día, a decidir otra vez que no la uso.

Es mi penitencia y es mi compañía. Algunas noches me sirvo un té —hojicha, que detesto, que empecé a beber sin saber cuándo y que sigo bebiendo porque, mientras lo aborrezco, hay un hombre en una celda con una ventana pequeña que, de un modo absurdo y privado, continúa al otro lado de mi mesa— y me siento frente al cajón cerrado, y pienso en la única pregunta que el libro no respondió, la que no responderá ningún libro, la que de verdad me quita el sueño.

Porque escuché la grabación. La escuché entera, muchas veces, antes de borrarla.

Y en ningún momento de esos cuarenta minutos dice Marina «yo maté a mamá y a Tomás».

Lo que dice, exactamente, con esa voz de pozo idéntica a la de él, es: «Te conté cómo lo hice, hermano.

Te lo conté aquella noche, en el pasillo, para que lo supieras. Y tú me escuchaste hasta el final.»

Lo conté. Yo lo conté. No: lo hice.

He pasado tres años repitiéndome que es un matiz, una manera rota de hablar, la sintaxis enferma de una asesina que reparte la culpa para diluirla.

Tres años convenciéndome de que David recordó bien aquella última sesión, de que la regresión fue cierta, de que la niña salió al pasillo y remató la faena mientras él se miraba las manos. Casi siempre lo consigo. Casi.

Pero hay noches, frente al cajón cerrado, con el té que odio enfriándose, en que vuelvo a oír su voz en el suelo de aquel piso en llamas, pidiendo una y otra vez que alguien la escuchara hasta el final.

Y me pregunto cuál de los dos hermanos paró en el pasillo, hace ya veinte años, y cuál siguió.

Y me pregunto si el hombre más metódico que he conocido se inventó un monstruo a los quince para esconder a uno real, o si se inventó una hermana monstruo a los treinta y dos para esconderse a sí mismo una última vez, la definitiva, la perfecta, la que nadie podría desmontar porque la única capaz de hacerlo había caído a un patio sin testigos.

Nunca lo sabré. Él se aseguró de eso. Era bueno en lo suyo. El mejor que he visto.

Nada es exacto. Lo decía un poema que encontré, años después, entre sus cosas, escrito de su puño y letra, con esa caligrafía minúscula e inclinada, idéntica a la de ella. O nunca fue un acto.

Apago la luz. Dejo el té sin terminar, como él dejaba siempre la taza vacía sobre la mesa.

Y antes de irme a la cama que hago en doce minutos —se me pegó, como tantas cosas—, hago lo único que me queda de aquella historia que vendí y que no conté: pego el oído un segundo a la puerta del cajón cerrado.

No espero oír nada. Es una manía.

Pero algunas noches, lo juro, oigo el pequeño ruido de una puertecilla que se abre y se cierra con la corriente. Como si dentro de la libreta, todavía, hubiera un pájaro decidiendo si cantar.