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(Última anotación del cuaderno del condenado, el cuaderno negro de las listas, requisado y archivado entre sus efectos. Página final. Letra minúscula e inclinada.)
«Ya no hago listas. Aquí no hace falta: el orden lo ponen los muros, los horarios, los recuentos. Por primera vez en mi vida, alguien sostiene la arquitectura por mí, y puedo soltar.
»Pero quería escribir una última cosa, no como lista, sino como lo que es: una despedida. A nadie en concreto. A todos los que no van a leerla.
»A mi madre, que cantaba bajito y ahorraba bajo una baldosa para una huida que no llegó: perdón por haberte dado por perdida. Cantabas. No lo vi a tiempo.
»A Tomás, que se quitó los cascos en el peor momento por ayudar: gracias por aquellos tres minutos de música, hermano. Fue el único sitio sin miedo que conocí de niño.
»A mi padre: nada. Ni perdón ni rencor. Solo la constatación de que a ti también te llevaron de la mano a un pasillo, antes de que nacieras yo. La cadena. Ojalá se rompa en alguien, algún día, en alguna casa.
»A Nora: gracias por callar. Y por una mano sobre la mía, frente a una ventana, una noche. Fue lo más parecido a una vida normal que tuve. Quema la libreta cuando ya no te pese. O no la quemes. Tú sabrás. Confío en ti más que en mí.
»A Marina: voló la primera. Lo puse en tu lápida y lo repito aquí.
De todo lo que ardió en aquella casa, tú fuiste lo único que abrió la puerta y echó a volar, aunque tardaras diecisiete años en caer.
Te quise. Es lo único que firmaría otra vez sin cambiar una coma.
Te miré, al final. Tarde. Pero te miré, y no aparté la cara, y eso, me dijo un capellán que no creo pero que tenía razón, es lo único que rompe la cadena.
No la rompí a tiempo para salvarte. La rompí a tiempo para verte.
Con eso me duermo. Y ya sabes que se me da bien.
»Y a quien encuentre esto algún día, en un archivo, entre cenizas o papeles: no aparte la cara. De su vecino, de su hermano, del desconocido del tren. No la aparte. Es lo único que de verdad salva. Lo aprendí demasiado tarde, como todo. Pero lo aprendí. Y por una vez, lo escribo donde quede.
»Firmado: el del medio. El que se ponía delante. El que, al final, miró.»