Sin testigos 187
97%

187

El edificio de las dos torres sigue en pie, me cuentan.

Lo reformaron tras el incendio; el cuarto piso, el de mi hermana, lo rehabilitaron y lo alquilaron de nuevo, porque las ciudades no guardan luto, y un piso con vistas al cruce vale demasiado para dejarlo vacío por respeto a una historia que casi nadie conoce de verdad.

Vive allí ahora, según Nora, una pareja joven, con un bebé.

No saben nada, o saben lo que sabe todo el mundo: que «pasó algo» en ese piso, un incendio, un caso famoso, «el del pódcast».

Quizá una noche, en una cena, alguien lo cuente entre el café y las copas, con el morbo agradable de las desgracias ajenas: «¿sabéis que aquí vivía la hermana del asesino aquel?

». Y los invitados se estremecerán un poco, mirarán el patio por la ventana, dirán «qué fuerte», y seguirán con sus vidas, porque eso es lo que hace la gente con el horror que no le toca: se estremece un instante y pasa el plato.

No los culpo. Es sano. Es lo que yo no supe hacer, lo que mi hermana no supo hacer, lo que nos habría salvado a los dos: estremecernos un instante y pasar el plato.

Quedarse con el horror dentro, en cambio, te convierte en lo que nos convirtió.

A veces imagino ese piso. La pareja joven, el bebé, los muebles nuevos donde estuvo la pared de mi caso, la ventana donde colgó la jaula.

Imagino al bebé creciendo allí, jugando en un suelo bajo el que no hay ninguna baldosa suelta con una lata de membrillo, en una casa que no arde despacio, con unos padres que —ruego, a mi manera sin dios— se hablen sin gritar y no lleven gafas de sol en enero.

Imagino, en fin, la casa a la que los Salinas no fuimos, ocupando el mismo espacio físico que la que sí fuimos, como si la geografía pudiera redimirse aunque la historia no pueda.

Y me consuela, en la celda, pensar que sobre las cenizas de mi familia crece ahora una familia cualquiera, ruidosa y feliz y normal, que nunca sabrá que pisa el lugar exacto donde una niña preguntó a su tía si el fuego lo arregla todo.

Ojalá no lo arregle, pequeña. Ojalá esa familia nueva familia nunca necesite averiguar si el fuego arregla algo.

Ojalá vivan, sin más, en el piso del cuarto, con la ventana abierta al patio, sin jaula, sin pájaro, sin testigos de nada peor que una vida corriente.

Es lo único que le pido al mundo que me encerró: que sobre lo nuestro crezca algo que no tenga nada que contar.