185(Nora)
(Nora)
Visité el rodaje de la serie una sola vez, y salí de allí con la certeza de que el mundo nunca sabría la verdad, no por falta de pruebas, sino por exceso de relato.
Habían reconstruido el edificio de las dos torres en un plató, con una fidelidad que daba escalofríos: el cruce, la portería, hasta la jaula del patio.
Y en mitad de aquel decorado, un actor guapo, más guapo que David, ensayaba la escena del incendio.
Temblaba. Gritaba el nombre de su hermana.
Lloraba de un modo desgarrador y hermoso.
El director estaba encantado: «¡Así, así, que se vea el monstruo sufriendo, que el público necesita que sufra!
». Y yo, sentada en una silla de tela con mi nombre detrás —«Nora Vidal, autora del libro original»—, asistía a la fabricación definitiva de la mentira, la que sustituiría para siempre, en la cabeza de millones, a la verdad que yo guardaba en un cajón.
Porque el David de verdad no temblaba. No gritaba.
No lloraba de forma hermosa. El David de verdad calculaba, empujaba a una testigo hacia la puerta, se quemaba las manos sujetando, y se dejaba arrastrar fuera en silencio.
Pero eso no se rueda bien. Eso no engancha.
El público no quiere a un hombre quieto que carga con la culpa de otra; quiere a un monstruo que tiemble y sufra y pague.
Así que el actor temblaba, el director sonreía y yo callaba, contractualmente obligada a callar, porque había firmado la cesión de derechos, porque me habían pagado bien, porque era cómplice del relato hasta la médula.
En un descanso, el actor se me acercó, amable, profesional, y me preguntó: «Oye, tú lo conociste de verdad.
Para meterme en el personaje… dime, ¿cómo era?
¿Daba miedo?» Tuve, una vez más, la verdad en la punta de la lengua.
Podría haberle dicho: no temblaba, no daba el miedo que tú interpretas, daba otro, el de la quietud; era un hombre que se puso delante toda su vida y al final cargó con todo por amor.
Podría haberle dado, a aquel actor, las llaves del personaje verdadero.
No lo hice. Le dije: «Sí. Daba miedo. Hazlo como lo estás haciendo.
Está perfecto.» Y le sonreí, y volví a mi silla de tela, y me odié con la precisión con que una aprende a odiarse cuando lleva años haciéndolo.
Aquel día comprendí del todo lo que había hecho: no solo había contado la mentira en un libro.
La había convertido en industria, en plató, en serie, en verdad oficial reproducida en millones de pantallas.
La verdad de David ya no tenía ninguna posibilidad.
No competía contra el olvido, que es vencible.
Competía con un relato mejor, más rentable, más satisfactorio, protagonizado por un actor guapo que temblaba.
Y contra un buen relato, la verdad siempre pierde.
Lo sé porque vivo de fabricar los relatos que la derrotan.