Sin testigos 184
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De todas las cartas que he recibido en prisión, la que guardo —la única que guardo— no es de Nora, ni de ningún periodista, ni de ninguno de los curiosos que escriben a los monstruos célebres. Es de Adela.

Llegó dos años después de mi condena, reenviada desde no sé qué oficina, con la letra cuidada de quien ha pensado mucho cada palabra.

No mencionaba el caso, ni el pódcast, ni nada de lo que el mundo cree saber de mí.

Decía, simplemente, que se había enterado «de lo mío» por las noticias, que al principio no se lo creyó, que «el hombre que me sentó en aquel banco del juzgado y me esperó tres horas no podía ser el de los titulares».

Decía que ahora vivía bien, lejos, que dormía, que había rehecho su vida, que tenía a alguien que la trataba como hay que tratar a la gente.

Y terminaba con una línea que llevo dos años releyendo las noches en que el módulo baja el volumen y me quedo a solas con quien soy:

«No sé qué hizo usted, doctor, ni quiero saberlo.

Solo sé lo que hizo conmigo. A mí me salvó por las buenas, cuando podría haberlo hecho por las malas, que un hombre como usted, ahora lo entiendo, sabía hacerlo por las malas.

Eligió las buenas conmigo. Me niego a creer que con todos los demás eligiera lo contrario.

Pero, aunque así fuera, aunque sea verdad todo lo que dicen, yo solo puedo dar testimonio de una cosa: de que existió, al menos una vez, al menos conmigo, el hombre bueno que usted decidió ser aquella tarde.

Yo lo vi. Yo estaba allí. Y mientras yo viva, ese hombre habrá existido, diga lo que diga el mundo. »

No le he contestado. No sabría qué decirle sin mentir ni contarle más de lo que merece cargar.

Pero guardo su carta doblada dentro del único libro que tengo en la celda, y a veces, en lugar de rezar, que no sé, la toco, igual que Nora toca una libreta en un cajón que no abre, igual que el señor Bru cambiaba de sitio una carta que no leía.

Cada uno de nosotros custodia un papel que dice una verdad que el mundo no leerá.

El de Nora prueba que no fui el monstruo.

El de Adela prueba que pude ser un hombre.

Entre los dos papeles cabe, entera, la única biografía mía que me importa, la que nadie publicará jamás: la de alguien que, pudiendo elegir el fuego, eligió una vez, una sola, tarde, con una desconocida asustada, acompañarla a la salida.

Es poco. Lo sé. Pero es mío, y es verdad, y existe.

Sin testigos casi. Pero con uno. Con Adela.

Y con uno, ya lo aprendí, a veces basta.