Sin testigos 183
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A mi hermana la enterré yo, aunque no me dejaron salir para hacerlo.

Su cuerpo, el que cayó al patio de aquel edificio imposible de no ver, no lo reclamó nadie durante semanas.

No tenía nombre legal vigente —Carla Mond no existía, y Marina Salinas llevaba diecisiete años oficialmente muerta en otro incendio—, de modo que el cadáver de mi hermana quedó atrapado en la misma grieta administrativa por la que ella se había deslizado toda su vida: viva sin constar, muerta sin reclamar, sin testigos hasta el final.

Hizo falta que yo, desde la cárcel, a través de mi abogado, iniciara el trámite imposible de demostrar que la mujer del patio era la niña de un incendio de hacía diecisiete años, para que el Estado le concediera, por fin, el único derecho que nunca tuvo: el de un nombre sobre una lápida.

No me dejaron asistir. Lo entiendo; soy quien soy a ojos de la ley, el monstruo que la empujó.

Pagué, con el poco dinero de los derechos de un libro que detesto y que firmó por mí no sé qué gestoría, un entierro modesto en el pueblo, en La Vega, junto a la tumba colectiva donde diecisiete años atrás se habían depositado los restos de nuestros padres y de Tomás.

Pedí una sola cosa, y Nora se encargó de que se cumpliera: que en la lápida no pusiera «asesina», ni fechas que delataran la mentira de su primera muerte, ni nada de las cinco ciudades.

Que pusiera solo su nombre, Marina, y debajo, una línea que elegí yo y que nadie entendió: «Voló la primera.

» Por el canario. Porque ella lo soltó. Porque, de todos los habitantes de aquella casa, fue la que abrió la puerta y echó a volar, aunque tardara diecisiete años en caer.

A veces imagino el pueblo, la tumba, la lápida con esa frase absurda que los vecinos comentarán sin entender —«voló la primera», qué cosa más rara de poner—.

Y me consuela, en mi celda, pensar que al menos en un cementerio de provincias existe una piedra que dice la verdad sin que nadie la lea: que mi hermana, antes de ser lo que fue, fue una niña que le ponía a un pájaro un nombre grande para que no tuviera miedo, y que cuando todo ardió, lo primero que hizo, antes que matar, antes que huir, fue abrir una puertecilla para que algo inocente saliera volando.

Enterré a esa niña, no a la otra. La otra la enterró el mundo con su libro y su pódcast y su monstruo.

Yo enterré a la de la acequia. Cada uno entierra al muerto que puede querer.

Yo solo podía querer a ese. Y lo quise. Y lo quiero.

Es lo único de toda esta historia que diría otra vez, igual, sin cambiar una coma: que la quise.

Hasta el final. Hasta debajo de una lápida con un pájaro.