Sin testigos 176(Nora)
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176(Nora)

(Nora)

La hija de María Jesús me localizó tres años después de publicar el libro, y nuestra conversación fue la más incómoda de toda mi vida profesional, porque fue la única en la que la persona que tenía delante sabía, sin pruebas pero con certeza, que yo mentía.

Se llamaba Clara. Tenía los ojos serenos de quien ha decidido algo difícil.

Me escribió, insistió, y acabé aceptando un café que no quería tomar.

Fue directa: «He leído su libro. Es brillante.

Y es falso en lo esencial, y usted lo sabe.

» No me acusó con rabia; me lo dijo con una tristeza tranquila que era mil veces peor que la rabia.

«Mi madre era psicóloga. Me enseñó a leer a la gente.

Y la estoy leyendo a usted ahora mismo, señora Vidal, y veo a una mujer que carga con algo.

Usted sabe quién mató a mi madre. No fue David Salinas.

Fue su paciente, la hermana. Y usted lo sabe y lo calla. Lo único que no entiendo es por qué.»

Me quedé sin defensa. Llevaba tres años perfeccionando las respuestas para las entrevistas, las evasivas elegantes, el «la verdad es compleja».

Con Clara no me sirvió ninguna. Porque Clara no quería una entrevista: quería a su madre.

Quería saber. Y yo tenía en un cajón, a media hora de aquel café, la transcripción que le habría dado la verdad entera.

Estuve a punto de contárselo todo. De llevarla a mi casa, abrir el cajón, ponerle los cuarenta minutos de Marina confesando cómo mató a su madre «que no se merecía, esa me dolió».

Estuve a punto. Y no lo hice, porque había hecho una promesa, y porque entendí, mirando los ojos serenos de Clara, que darle la transcripción no le devolvería a su madre, solo le cambiaría el nombre del culpable y la condenaría a perseguir a una muerta el resto de su vida.

Le di lo único que podía darle sin romper mi promesa: una pista.

«No le voy a confirmar nada, Clara —dije—.

Pero si de verdad necesita entenderlo, no me pregunte a mí.

Pregúntele a él. Pida verlo. David Salinas es el único que le dirá la verdad sobre su madre, porque es el único que ya no tiene nada que proteger.

» Era mentira a medias: David sí tenía algo que proteger, la memoria de su hermana.

Pero confié en que, frente a la hija de la mujer buena que casi lo salva todo, David elegiría, por una vez, la verdad por encima de la protección.

Acerté. Meses después supe que Clara lo visitó, que él le dijo lo que necesitaba oír, que se fue en paz.

No me dio las gracias; hizo bien. Yo no merecía las gracias de Clara.

Le había vendido a su madre como víctima de un monstruo equivocado y, a cambio, le había dado una pista para que encontrara la verdad por otra puerta.

Es lo más cobarde y lo más decente que he hecho a la vez.

Mi oficio entero, al final, cabe en esa contradicción.