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(Nora)
Escribir el libro me llevó dos años, y los dos los pasé enferma de una dolencia para la que no hay nombre: la del que conoce la verdad y elige, página a página, no contarla.
Tenía la transcripción en un cajón cerrado.
Cuarenta minutos de Marina confesándolo todo, la prueba que habría reabierto el caso, exonerado a David, devuelto a las cinco familias el rostro real de su dolor.
Cada mañana, antes de empezar a escribir, miraba el cajón.
Cada noche, al terminar, volvía a mirarlo.
Y entre una mirada y otra escribía un libro que sabía falso en lo esencial y verdadero en cada detalle, que es la peor clase de mentira, la que no se puede desmentir porque está hecha de hechos ciertos mal ordenados.
Conté la infancia de David con precisión documental.
Conté el incendio con los datos del atestado.
Conté las cinco ciudades con certificados de defunción reales.
Todo cierto. Y, sobre ese andamiaje de verdades, colgué la única mentira que importaba: que el autor de todo era él.
Me decían, en las entrevistas, que tenía «una sensibilidad especial para el mal».
Sonreía y daba las gracias. No tenían ni idea.
Lo que tenía era una promesa hecha a un hombre con las manos quemadas en la sala de visitas de una prisión, y una libreta en un cajón, y un insomnio que ninguna cifra de ventas curaba.
Porque las ventas llegaron, y los premios, y la serie, y todo aquel ruido que confunde el éxito con el perdón.
Cada ejemplar firmado era una traición más a María Jesús, a la socorrista, al hijo de la tía, a todos los que compraban mi libro buscando comprender a un monstruo que no lo era.
Y, a la vez, cada ejemplar era una promesa cumplida a David, que me había pedido exactamente eso: «cuenta la historia que vendas mejor; la gente quiere un monstruo que tiemble; dáselo».
Hay una pregunta que me hacen siempre y que nunca contesto del todo: ¿por qué este caso, y no otro?
Doy una respuesta profesional, hablo de la fotografía del niño en el jardín, del enigma del superviviente.
La verdadera la guardo, como guardo la transcripción.
Elegí este caso porque, en el fondo, trata de lo único que siempre me ha importado: de un hermano que carga con todo por otro, de la lealtad llevada hasta el punto en que se vuelve indistinguible del crimen.
Yo perdí a un hermano por una escalera hace veinte años.
David perdió a la suya por una ventana en llamas, y eligió perderse él también, voluntariamente, en una celda, antes que dejarla mal recordada.
No escribí un libro sobre un asesino. Escribí, sin que nadie lo sepa salvo yo y este renglón que nadie leerá, un libro sobre el amor más extremo que he visto nunca.
Lo disfracé de crimen porque el amor, en estado puro, no se vende. El crimen, sí.